Llevan productores de Petacalco 20 años de afectaciones por la termoeléctrica
Brenda Escobar
Petacalco
Hasta antes de 1992, año en que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) eligió la comunidad Petacalco, en el municipio de La Unión, para construir y poner en funcionamiento su planta generadora de energía eléctrica denominada Central Termoeléctrica Plutarco Elías Calles, los habitantes de este poblado eran “bendecidos por Dios” pues tenían buena pesca, pero además, por su cercanía con el brazo izquierdo del río Balsas, sus campos siempre estaban cultivados.
El representante de 22 productores de mango afectados directamente por la termoeléctrica al estar sus tierras ubicadas a menos de 200 metros del cementerio de cenizas, Arturo Vargas Ramos, cuenta que hasta antes de que la termoeléctrica llegara a la comunidad, “no padecíamos de pobreza, porque nuestros mangos, elotes y demás fruta que aquí sembrábamos era reconocida en toda la región por su buena calidad”.
Cuenta que los 365 días del año tanto en el campo como en el poblado, siempre había agua limpia, sin embargo, la central termoeléctrica convirtió literalmente a Petacalco en una isla, al abrir dos grandes canales, uno de llamada y otro de descarga –el primero abastece de agua a la planta para los sistemas de enfriamiento; y el segundo, por donde sale toda esa agua más los químicos con los que lavan las turbinas–, “al abrir esos dos canales, nos cortaron los mantos freáticos que venían del río y de los que nos abastecíamos de agua; de hecho, el primer año que empezó la planta, nos quedamos sin una gota de agua”.
Actualmente consumen el agua potable que llega entubada de un pozo que se ubica en lo alto de un cerro al lado poniente de la central, “nosotros decimos que no está contaminada, pero la verdad, quién sabe”, dice el campesino.
Con la inclusión de carbón mineral para generar la energía eléctrica, la termoeléctrica requirió de un terreno de 358 hectáreas de las cuales utiliza 158 hectáreas para su depósito de ceniza, que se ubica cerca de la zona de playa e incluye el estero Boca Vieja, una otrora hermosa laguna de poco más de 10 mil metros cuadrados de espejo de agua.
El depósito, patio o cementerio de cenizas como lo conocen los pobladores de Petacalco, se ubica muy cerca de las 65 hectáreas de terreno propiedad de los 22 productores de mango –algunas de esas tierras están en el poblado San Francisco, comunidad vecina de Petacalco, cuyos pobladores también padecen la contaminación que emite la termoeléctrica–, quienes desde el 2005 empezaron a observar la baja productividad de sus árboles de mango de las especies manila, tommy, ataulfo y Heidi.
Don Arturo Vargas señala que debido al mal manejo de las cenizas, los árboles de mango, tamarindo, limón y coco, empezaron a dejar de producir, “antes de que empezara la afectación, en promedio sacábamos unas 30 cajas de mango por árbol; si hacemos un cálculo, le estoy diciendo que entre los 22 productores tenemos unos seis mil árboles que a precio de compra actual, así, barato, a 80 pesos por caja, estamos hablando de 1 millón 440 mil pesos que dejamos de ganar por cosecha, le estoy hablando de que al año sacábamos dos cosechas, ahora échele usted números”.
Con voz firme, el campesino asevera que los mangos de Petacalco estaban bien cotizados en el mercado, “venían los compradores a la segura, sabían que aquí iban a comprar mangos bien dados, pero para desgracia de todos nosotros, las cenizas de la termoeléctrica empezaron a afectarnos desde el 2005, porque nuestros árboles empezaron a malograr la flor, otros empezaron a secarse y la fruta que se logra, sale manchada, ya no podemos venderla porque los compradores no la quieren así”.
Agrega que además de las manchas grisáceas que quedan en los mangos, se corrió la voz de que la fruta de Petacalco está contaminada, “tampoco nos la quisieron comprar más porque se dice que tiene plomo, eso fue en los primeros años, actualmente ya no cosechamos nada; lo que vino a hacernos la ceniza es a manchar la fruta y los compradores dijeron que les sale más caro meterla a otro proceso para desmancharla”.
Enseguida, asegura que la termoeléctrica no cumple con los requisitos medioambientales para el manejo correcto de las cenizas, “son montañas como de unos 60 metros de alto de pura ceniza, según deben de usar un sistema de riego por aspersión con agua que agarran del canal de llamada, pero desde hace mucho que no lo usan, no sabemos si para ahorrarse el dinero en gastos de operación o por qué, pero lo cierto es que toda esa ceniza vuela y cae en nuestros árboles, no hay un solo árbol que no esté con sus hojas cubiertas de ceniza”.
A medida que aumentaba la contaminación y por ende, la producción en los árboles mermó, los campesinos buscaron un acercamiento con la CFE para demostrarles con hechos “toda la afectación que nos están haciendo”, por lo que en una mesa de negociación con funcionarios de la paraestatal consiguieron que se levantara un censo por productor sobre la cantidad de árboles de mango sembrados y se les pagaría lo correspondiente a su producción, “pero únicamente nos pagaron dos años, 2007-2008, después se nos escondieron”.
Por tal razón, los productores de mango se han sumado a las movilizaciones contra la CFE que han llevado a cabo los pescadores en los últimos años, “porque en el 2009, los funcionarios de la Comisión, específicamente el superintendente de la zona Pacífico-Sur, Francisco Javier Aguilar Aguiluz, nos dijo que nos iban a comprar nuestras tierras, que para eso teníamos que cumplir con todos los requisitos como contar con el dominio pleno por parte del ejido, entre otros más, nos dijo que tuviéramos toda la documentación, entonces habría otra reunión en la que ya se acordaría la compra-venta, pero ha sido la CFE la que se nos ha escondido porque nosotros ya tenemos todo lo que nos pidieron”.
“Ya llevamos tres años esperando a que la Comisión nos atienda, y la verdad sí nos decepciona que incluso buscamos al gobernador Ángel Aguirre para que intercediera por nosotros y no nos ha respondido como nosotros esperábamos”, se lamenta.
Los campesinos ofrecieron a esta corresponsal un recorrido por sus huertas afectadas; en ellas se observa que la tierra no es de color café, sino grisácea; las hojas de los árboles están completamente cubiertos por ceniza al igual que los escasos mangos, que además de ceniza presentan manchas obscuras; algunos de los árboles están completamente secos y otros empiezan a morir a partir de la copa, “ya no tiene caso meterle dinero que no tenemos a nuestras huertas, porque ya ni siquiera crece el maíz”.
Don Arturo y el resto de sus compañeros coinciden en que así como a los pescadores la contaminación de la planta termoeléctrica les cambió su vida, a ellos les pasó igual, “nosotros sabíamos cultivar la tierra, además de nuestros mangos, tamarindos, cocos y limones, sembrábamos maíz, chile, tomate, frijol, realmente éramos bendecidos por Dios porque nos puso a vivir en una tierra fértil y teníamos agua limpia en abundancia”.
“Pero ahora, así como los pescadores pasaron de pescar peces a recolectar piedras en las playas de la bahía, nosotros, de campesinos, ahora pasamos a ser vendedores de comida, de tacos, otros somos albañiles o nos empleamos en lo que salga porque aquí no hay fuentes de empleo, la termoeléctrica sólo contrata a gente de afuera aunque aquí hayamos hecho el esfuerzo por mandar a nuestros hijos a la escuela con la esperanza de que los contraten ahí adentro, pero no nos dan trabajo”.
El campesino se duele de la situación económica, social, laboral y de salud que ahora viven todos los pobladores de Petacalco e incluso de comunidades aledañas tales como San Francisco, que es la principal afectada por colindar con el patio de cenizas, “cuando la CFE vino a decirnos que iban a construir la planta, nos prometieron que iban a arreglarnos el pueblo, que íbamos a tener un pueblo de primer mundo, con calles pavimentadas, con servicios, con drenaje, nos prometieron tantas cosas que no nos han cumplido”.
Con un dejo de frustración en el tono de su voz, don Arturo señala que la CFE, “nos vino a dar en toda la torre porque todos los pueblos de aquí cerquita de la planta pagamos los recibos de luz más caros; sí, muchos nos queremos ir pero ni modo de dejar así nuestras casas, sí hay quien venda su casa, pero no hay quién las compre y los que al principio se fueron, las malbarataron, siquiera ellos ya se salieron de esta contaminación”.
“Pregúntele usted a quien quiera aquí en la comunidad y le va a contestar que vivíamos felices porque teníamos naturaleza y agua limpia, seguido llovía en esta zona y sinceramente no padecíamos todo lo que estamos viviendo ahora, todo se nos ha acabado, hasta la vida”.




