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Arturo Santamaría Gómez

La peñata y “el lunar”

 

“No quiero oro ni quiero plata, sino lo que quiero es romper la peñata”. La peñata, dice una nota del diario El Mañana de Nuevo Laredo, “es una creación del ilustrador y director de arte Mario Flores, quien a través de sus cuentas de Twitter e Instagram compartió una fotografía del personaje copetudo, que gusta vestir corbatas rojo intenso PRI y que sonríe a pesar de que muchos mexicanos no lo hagan”.
Las piñatas, aunque no son de origen mexicano sino chino, en nuestro suelo han sido transformadas creativamente por el ingenio popular a lo largo del tiempo. Las piñatas usualmente son objetos bellos o simpáticos. Su diseño busca la aceptación de los niños más que la de los adultos, quizá por esa razón los artesanos hace años les dieron forma de personajes infantiles o superhéroes. La paradoja es que, quizá inconscientemente, los niños golpean a las piñatas transfiguradas en personajes entrañables para arrebatarles de sus vientres dulces y frutas, como si fuera una venganza de una causa que desconocemos.
Este pasado diciembre, en un santiamén el diseño de Mario Flores fue copiado en gran parte del territorio nacional y vendido con mucho éxito.
Años antes se comercializaron máscaras de Salinas de Gortari y Vicente Fox, pero la memoria no rescata un caso anterior en el que un presidente haya sido esculpido como una piñata. Peña Nieto quizá sea el primero en tener ese privilegio, al grado tal que ya no sólo hay piñatas, sino también peñatas. Sin embargo, en esta ocasión, parece ser que los adultos impusieron sus gustos a los niños porque ahora el objetivo, más que golpear y desentrañar a una figura simpática, era descargar coraje y frustración, combinado con la risa, sobre el personaje mexicano más denostado del año 2014.
Y cómo no, si 2015 nos recibe con una fuga de más de 50 mil millones de dólares a fines de diciembre, un dólar a más de 15 pesos y con el anuncio de la Secretaría de Hacienda de que siempre sí podría haber un aumento a la gasolina después del que se dio el 1 de enero. Esto sin contar que, en Los Pinos ya dieron por cerrado el caso Ayotzinapa y esperan que ya nadie hable de los normalistas en unos cuantas semanas.
El pésimo manejo de la economía del país y la enorme torpeza con la que han enfrentado la crisis política nacional que se abrió con Iguala nos presenta a una generación de políticos incapaces de darse cuenta de que en el subsuelo del territorio nacional corre un río pletórico de frustración, coraje y deseos de cambio real.
El lenguaje de los priistas cuando se refieren a Ayotzinapa es muy revelador, “ya me cansé” (Murillo Karam), “olvidar el momento de dolor” (Peña Nieto), hasta el reciente del diputado sinaloense Heriberto Galindo, “ese lunar de Iguala”, minimiza, desprecia y no comprende el hartazgo y la náusea que expresa gran parte de la sociedad mexicana por el estado actual de cosas.
El guamuchilense sólo ve un lunar en Iguala cuando lo que padecemos es un enorme tumor canceroso en todo el territorio nacional. Si el hijo de Chuy Galindo fuera dermatólogo lo mejor sería no consultarlo.
Cuando se hablaba del sólido oficio de los tricolores para hacer política en su regreso a Los Pinos, en realidad se veía un México del pasado y no del que ya conoce la alternancia y que se comunica a través de las redes sociales. Los hijos de Plutarco Elías Calles de la era peñista, al igual que gran parte de la clase política mexicana contemporánea, poseen un oficio anacrónico, pletórico de mañas, triquiñuelas, maromas y añeja retórica, muy lejos de la honestidad, capacidad y sinceridad que se necesita con una población que accede a la información alternativa en cosa de horas.
Lo serio del asunto es que no se dan cuenta, quizá por su irrefrenable ambición de riqueza mal habida y de poder sordo, que hay urgencia y apetencia por gobiernos capaces, honestos y justos.
No se dan cuenta de que cuando la gente convierte a sus gobernantes en máscaras para la mofa y peñatas para descarga del coraje es que éstos han llegado a los niveles más altos de repudio de la mayoría de los ciudadanos.
Y el repudio, señores Murillo Karam, Peña Nieto y Heriberto Galindo, no es de ocasión, es de fondo.

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