Anituy Rebolledo Ayerdi
El señor diputado
Luis Bedolla
Alto, muy grueso y con voz de trueno. Así es el recién llegado. Viste camisa blanca de manta, pantalones amplios con cuatro pinzas, botines con estoperoles y la cabeza tocada con sombrero de fieltro de la marca Tardán (“de Sonora a Yucatán todos usan sombreros Tardán”, pregonaba la radio). La parroquia acoge al recién llegado con muestras de respeto y afecto. Él, ceremonioso y afable, corresponde de igual forma prodigando abrazos y recuerdos filiales.
Nadie escapa a su saludo, el típico saludo del momento: eleva el brazo derecho agitando la mano abierta. Si un mudo leyera sus labios, siempre en movimiento, leería una mentada y no el “gracias, muchas gracias” que él aparenta. Usa el militante “compañero” en lugar de los localismos zanca, cuatezón o chómpira y su dicción sería perfecta para el teatro de no ser por la siseante intromisión de la lengua entre los incisivos.
Un cliente fuereño de La Marina, taberna acapulqueña en pleno Zócalo del puerto (hoy Bancomer), indaga la identidad de quien ha robado la atención de la parroquia: “Ya hasta parece presidente o gobernador”, acota.
–¡Pero, hombre, luego se ve que es usted “frastero”! –le responde un vecino de mesa. Es don Luis Bedolla, un líder agrario de aquí cerca, de La Garita. Pero no un líder como la mayoría, éste sí es honrado y tiene palabra. Por eso lo quiere tanto la gente.
A la mesa del diputado Bedolla, como le llaman todos, llega solícito el tabernero Doroteo Lobato, conocido popularmente como Doroche. Coloca en ella una botella del habanero Ripoll (“De los astros, el Sol, de los habaneros, Ripoll”, machaca la radio), y un platón con cilíos fritos acompañados por una cazuela con salsa verde. ¡Bienvenido, mi diputado!, ofrece el homenaje de la casa. Apenas unos minutos más tarde se suma a la mesa un joven reportero del diario Trópico. El líder Bedolla le ha concedido una entrevista condicionada a que no le haga preguntas “que comprometan su integridad”.
–Bien lo digo yo, compañero periodista –abre Bedolla la conversación–, este Doroche es como el Ganímedes que escanciaba el vino para los Dioses del Olimpo. Era tan hermoso el chamaco que el propio Zeus lo raptó para que le calentara el vino… y el lecho. Y esto no lo repita aquí, compañero reportero, no sea que Doroteo infiera que lo comparo con un putito griego. ¡Capaz que me quita el habla!
El metiche
–Estarían a mano –habla por primera vez el reportero. ¿No él le dice “señor diputado” sin usted serlo. ¿No lo considera una burla?
–¡No señor, de ninguna manera! Me llaman diputado no en son de burla o como apodo sino porque lo fui. Y le digo una cosa: me gusta que me llamen diputado como tratamiento institucional y respetuoso. Porque, mire usted, quien ocupe la Casa Blanca en Washington recibirá de por vida el tratamiento de míster president y lo mismo sucede con los miembros del poder judicial. La considero una sabia tradición a la que me sumé a partir de que dejé la cámara.
–¿Legislatura local o federal?
–¡Federal, por supuesto que federal! Mira, chamaco, casualmente traigo conmigo la credencial que me acreditó como miembro de la gloriosa XXXV Legislatura Federal (1932-35). Una legislatura histórica por más de una razón. Como Congreso resolvió la crisis derivada de la renuncia del presidente Pascual Ortiz Rubio y la designación del sustituto Abelardo L. Rodríguez.
–El reportero de Trópico anota casi textualmente las palabras del diputado Bedolla. Se sobresalta de pronto al escuchar una voz estentórea procedente de una mesa vecina:
–Esas son pamplinas, señor diputado, viles pamplinas! –reprocha tonante con inocultable acento hispano. ¡Fue Calles el que tumbó al pendejo Nopalito (apodo de Ortiz Rubio) y entronizó al tahúr Rodríguez (dueño de los más importantes casinos de México, todos ligados a la mafia). ¿El Congreso? ¡mis tompiates!
–Mire usted, señor anarquista! –responde don Luis–, le paso su grosera intromisión porque estamos en casa de un muy querido amigo y no quiero ser causante de que tenga problemas con la autoridad. Por eso le voy a aceptar que mi general Calles haya insinuado la renuncia a don Pascual, pero no que haya ordenado el nombramiento de Abelardo (Ave lerdo, le decían) ¿Y sabe usted por qué no pudo ser ello posible? Muy sencillo señor hijo de la madre patria: ¡porque Calles quería para presidente a un reaccionario como él, a don Alberto José Pani Arteaga!
(Ingeniero civil aguascalentense, Alberto Pani fue secretario de estado con diversos gobiernos revolucionarios: de Industria y Comercio, de Relaciones Exteriores y dos veces de Hacienda. Fundador del Banco de México, del Banco de Crédito Agrícola y de Banobras. Además, embajador de México en Francia y España).
–Perdón pero ya se me resecó el gañote, se disculpa el señor diputado, tomando la botella de Ripoll para pegársela como si fuera mamila. Luego sugiere a su acompañante pedir una limonada Trébol (creada y embotellada por la familia Pintos). Un guiño y continúa su exposición histórica:
–Le decía, amigo churumbel, que Calles nada tuvo que ver con la presidencia de Abelardo Rodríguez. Se trató –y eso yo lo viví–, de una maniobra genial del bloque acaudillado por Gonzalo Santos, el famoso Alazán tostado. Y con él los diputados guerrerenses: Ezequiel Padilla, Dipno Mendiola, Ángel Barrios, Cirilo Heredia, Ángel Tapia Alarcón (acapulqueño) y su servidor.
–¡Usted lo dice!, susurra apenas el metiche gachupín.
–Y lo digo amparado por la verdad histórica, paisano de Cortés–, sostiene Bedolla. ¿Acaso sería usted capaz de negar que fue mi gloriosa Legislatura XXXV la que libró a Guerrero del gobernador Gabriel L. Guevara, acusado de masacrar agraristas? Misma que nombró gobernador sustituto al íntegro licenciado José Inocente Lugo. ¡Esas no son pamplinas, señor denostador!
Vereda tropical
¡Lo conseguí mi diputado Bedolla!, por fin lo conseguí!, vocea Lobato al tiempo que desenfunda un disco fonográfico para mostrarlo a la mesa y evitar a tiempo una zacapela México-hispana.
(Victor 75775-B Vereda Tropical, canción afrocubana de la película Hombres del mar. Gonzalo Curiel, Lupita Palomera, orquesta de Gonzalo Curiel).
Terminada la lectura contenida en el redondel blanco del negro acetato, Doroche corre a instalarlo en la luminosa rockola del lugar.
Voy por la vereda tropical
la noche plena de quietud
con su perfume de humedad.
–Gracias, hermano Doroche –atruena un Bedolla puesto de pie y saludando a la concurrencia con la copa en la mano. ¡Mi canción favorita!, confiesa presuntuoso. ¡Salud por mi novia Lupita Palomera!
Es la brisa que viene del mar
se oye el rumor de una canción
canción de amor y de piedad
–¿Conoce usted, señor diputado, la versión de que Vereda Tropical nació en Acapulco? –, interroga el reportero de Trópico.
–¿ Puede ser verdad tal prodigio? ¡ Cuéntame, muchacho, cuéntame!
–Se cuenta, señor, que el compositor jalisciense Gonzalo Curiel se ligó durante una estancia acapulqueña una costeñita de rostro virginal y caderamen suculento.
Llevado por ella recorrían una vereda que los llevaba a la playa de Manzanillo. Se iniciaba en el barrio del Rincón (La Playa) subía el cerro de Los Dragos hasta llegar a una roca enorme con un nicho labrado. Había en su interior una cruz a la que nunca le faltaban flores frescas.
El camino se descolgaba entre palmeras, mangos y marañonas (hoy gasolinera) hasta llegar finalmente a un entonces paradisíaco Manzanillo.
–¡Me gusta, claro que gusta, mucho me gusta!
El Llanta baja
En la mesa del señor diputado las cosas parecen haber tomado los derroteros políticos convenidos entre entrevistado y entrevistador. El diálogo no ha sido fácil por intentarse en un entorno caótico-etílico. Sin embargo, la gana del reportero de serlo cabalmente ha logrado llevarlo por buen camino. Ello siempre y cuando no sean interrumpidos por vendedores, pedigüeños y “húngaras” que adivinan el futuro. Una de tales interrupciones será particularmente desagradable.
La del vendedor de huevos de tortuga apodado el Llanta baja por tener una extremidad inferior más corta que la otra (o más larga, según se viera).
En su propósito de exaltar las bondades afrodisiacas de su producto, el hombrecillo desigual intenta un chascarrillo a costa de la virilidad del señor diputado y más valía que no lo hubiera hecho.
El rostro del lépero adquiere lividez cadavérica cuando tiene frente a sus ojos la boca de fuego de una pavonada pistola .45 bautizada como La Mitotera.
¡Gañán insolente!, apostrofa el diputado Bedolla al tiempo de dar el cerrojazo a su artillería.
Aquel sonido ominoso paraliza no solo al Llanta baja sino a toda la asamblea. No faltarán los parroquianos que hagan un elegante mutis, mientras que otros no disimularán el tropel hacia los baños o a la calle.
Siempre conciliador, Doroche llega al punto para evitar un desaguisado. Esta vez, sin embargo, no serán necesarios sus buenos oficios porque el Llanta baja ha logrado la calle de un triple salto mortal. Doblemente encorajinado, el anfitrión no puede contener un “¡Cojo jijo de la chingada, mal rayo te parta!”. Enseguida pronuncia el clásico “aquí no ha pasado nada” y ofrece las de la casa.
¿Usted también, don Luis?
–Usted también, don Luis? –reprocha el reportero de Trópico. ¡Armado hasta los dientes como vulgar matasiete! Por un momento llegué a pensar que estaba frente a un político decente, pero que va: dejaría usted de ser guerrerense.
–¡Qué sabes tú, chamaco! No me vengas con clases de moral si no entiendes la realidad de esta tierra en la que matar o morir es la disyuntiva. En Guerrero, mi amigo, la pistola está integrada al cuadril de los hombres hasta formar un hueso extra de su humanidad. ¿Te ríes? Te digo que tengo un compadre que cuando no trae fajada la súper se balancea como barco en temporal. ¿Por qué? Porque le falta equilibrio y te hablo de equilibrio biológico y emocional. Mi propio caso: sin mi 45 voy como desnudo por la vida.
–¡Usted lo dice, señor diputado…!
–Y te voy a decir otra cosa: cuando salí electo diputado me hice el propósito de no portar armas porque consideré que no iba bien con la imagen de un representante popular. Pero, ¿qué paso? Que al llegar a Donceles fui objeto de burlas y chirigotas por ser el único desarmado. Sin embargo, debo decirte con orgullo que en mi Legislatura nunca se dio un hecho de sangre como en la 34. Fue el 25 de agosto de 1931:
–El diputado “X” pide al diputado “Z” retractarse por haber llamado Nopalito al señor presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio. (Nopalito, por baboso y arrastrado).
–¡Me retracto solo que tu madre me tome la foto! –responde burlón y ofensivo el diputado “Z” ya echando mano a sus fierros.
Las pistolas braman en “la más alta tribuna de la nación” y cuando el humo se disipa tres legisladores chorrean sangre. Sin vida Manuel H. Ruiz y lesionados gravemente Sebastián Allende y Esteban García de Alba.
–Si bien la costumbre parlamentaria mexicana de legislar a balazos fue famosa en el mundo –comenta el periodista–, hoy es diferente.
La gran diferencia consiste en que los cañonazos no llevan pólvora y sí muchos millones de pesos.
–¡Ah que compañero periodista tan ocurrente!




