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Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

*La plancha de azul bajito

La señora llegó de prisa con la plancha en su regazo, y aunque su descompostura nada tenía que ver con aquel mal temporal que provocó la salida del río y la inundación de medio pueblo, ella aprovechó el anuncio de la radio que ponía a disposición de la gente el trabajo gratuito de los estudiantes de la Universidad Tecnológica, adscritos al área de mantenimiento.
Para sus fines los muchachos de la UT habían conseguido que el ayuntamiento les asignara un espacio donde pudieran recibir y reparar los aparatos electrodomésticos que quedaron inservibles por la inundación.
Los estudiantes habían hecho ya el experimento de que con un lavado a conciencia y luego con una sopleteada, después de varias horas expuestos al sol, los aparatos eléctricos, los ventiladores, las planchas, las televisiones y las licuadoras volvían a funcionar.
Cuando las autoridades de la UT expusieron al presidente municipal su proyecto, éste lo abrazó con entusiasmo y lo comenzó a promocionar como parte de la respuesta de apoyo que su gobierno ofrecía gratuitamente a la población afectada por la creciente del río de Petatlán en 2013.
Tanto éxito tuvo la iniciativa del gobierno municipal que pronto consiguió becas de apoyo para los estudiantes que así colaboraban atendiendo a la población.
Que nunca hayan llegado a manos de los estudiantes el apoyo económico gestionado porque se desvió para otros fines más “urgentes”, es un cuento ya sabido.
Pero el hecho es que cuando doña Eduviges se presentó con su plancha descompuesta, ya los muchachos de la UT habían sido desalojados del palacio municipal y hasta la fuente de energía eléctrica les habían quitado con el argumento de que gastaban mucha luz.
En esa situación, los estudiantes sólo esperaban terminar de arreglar los aparatos pendientes para retirarse a su escuela, cuando la señora de la plancha llegó y se las dejó.
Al otro día la plancha era el último aparato por arreglar y la repararon antes de que doña Eduviges regresara por ella como había quedado.
Contentos los muchachos le entregaron la plancha funcionando, pero en el acto se sorprendieron porque la señora después de revisar la plancha de p a pa les dijo:
–Chachos, esta plancha no es la mía.
–Señora, no tenemos otra plancha. Es la que usted nos trajo.
–No, la mía era de un azul más bajito, ¿verdad Nando?, dijo refiriéndose a su marido.
Entonces los muchachos se dirigieron con el marido para hacer que la señora entendiera, pero pronto se dieron cuenta de que no era un buen aliado cuando el marido les respondió.
–Ustedes entiéndanse con la señora, lo que diga es, porque ella manda.
Al final fue la dirección de la UT la que repuso la plancha a doña Eduviges, azul bajito, como ella la quiso.

Hasta donde sembró Goche

Goche era un campesino de Pantla, municipio de Zihuatanejo, tan popular que nadie ocupaba saber su nombre de pila.
Goche era un hombre pacífico, siempre que no estuviera tomado, porque cuando tomaba era valiente a más no poder, y con todos quería pelear:
–¡Díganme dónde venden el miedo para comprar, porque yo no lo conozco!, gritaba arrogante.
Un día que Goche andaba tomando, sus amigos quisieron espantarlo con una broma. Llevaron de invitado a un policía judicial mal encarado y se lo presentaron a Goche.
-Nada más no vayas a ofenderlo porque éste sí te va a meter unos balazos, le recomendaron.
Cuando todos esperaban la reacción recatada de Goche, éste respondió sin miramientos de cara al judicial:
-¡A éste pinche indio qué miedo le voy a tener!
Sus amigos tuvieron que intervenir para evitar que Goche y el judicial se comprometieran.
En otra ocasión iba Goche para la sierra de San Ignacio montado en la canastilla de la camioneta de redilas cuando al encontrarse con otra troca que bajaba, se dio cuenta de que una cervatilla adolescente quedó atrapada entre medio de las dos camionetas, muy asustada se veía porque parecía que se daba cuenta de la trampa mortal en la que había caído, pues cuando salió al camino venía de una barranca honda y frente a ella solamente quedaba un “paderón” como de diez metros de alto entre las dos camionetas que se acercaban.
A Goche le pareció inadmisible desaprovechar la oportunidad que se le presentaba, de modo que se bajó rápido de la camioneta pretendiendo capturar al animal con sus propias manos a falta de un arma.
La temeridad de Goche era tanta que no tenía oídos para escuchar a sus compañeros que le llamaban a no arriesgarse.
Lo que sucedió después fue tan rápido que a todos sorprendió, pues la cervatilla acosada por la camioneta se vio de pronto enfrentada a Goche pegándole tan fuerte tope en el pecho que el hombre cayó al suelo desmayado mientras el animal escapaba, primero saltando al cofre de la camioneta y después hasta arriba del “paderón” para escapar por la falda del cerro.
Ni el golpe que casi lo mata afectó tanto a Goche como el gasto que tuvo que hacer para pagar el daño de la camioneta.
Así era Goche, pero su popularidad traspasó las fronteras de Pantla gracias al dicho que inspiró en uno de sus paisanos por lo que hizo una temporada.
Era un año como cualquier otro, salvo porque las lluvias del temporal comenzaron temprano y porque en México José López Portillo se hacía cargo de las riendas del país.
Todos los días madrugaba Goche a su parcela intrigando a sus vecinos por tanta laboriosidad.
Fue hasta que las milpas crecieron cuando todos se dieron cuenta de que Goche había sembrado de más.
–Goche sembró de más, se pasó los límites de su parcela y llegó hasta el pie del cerro, informó el presidente del comisariado ejidal en la asamblea.
Sin congoja el aludido respondió:
–¿Pues qué ustedes no atienden lo que dice el presidente?, “que sólo los caminos se queden sin sembrar”, yo nomás obedecí.
A raíz de esa ocurrencia, cada vez que alguien hacía algo más allá de los límites permitidos, surgía el dicho aquel que lo inmortalizó: “Hasta donde sembró Goche”.

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