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Jesús Mendoza Zaragoza

¿Buenos y malos?

Va ganando terreno el discurso, y la práctica correspondiente, que clasifica a la gente y a los actores sociales y políticos que interactúan, a partir de categorías supuestamente éticas. Una de ellas es hablar de “buenos” y de “malos”. Quien discurre así se entiende a sí mismo ubicado entre los “buenos” y define a los adversarios como los “malos”. Este discurso es parte de una visión maniquea del mundo, que todo lo ve en blanco y negro, así, de manera simplista y sin rigor analítico. Es más una visión que tiene antecedentes ideológicos y políticos, y connotaciones viscerales. Por lo mismo, poco tiene de racional y en lugar de ayudar a entender los problemas para buscar soluciones, expresa una visión distorsionada de la realidad y complica más la búsqueda de soluciones.
Un caso es el que se refiere a la manera como se habla de la gente involucrada en las organizaciones criminales o de los delincuentes comunes. Ya tenemos un término socialmente aceptado para aplicarlo a ellos: son unos malandrines. Otro caso es el que se da, en esta crisis sociopolítica que se está dando en el estado de Guerrero, cuando la partes en conflicto suelen aplicarse esta manera maniquea de verse. Gobierno y algunos sectores radicales del movimiento social se califican unos a otros de “malos” en su discurso. Y, como no puede negociarse ni se puede dialogar con los “malos”, la única salida es la confrontación.
Así las cosas, la situación no tiene salida porque los “malos” deben ser eliminados o, en el mejor de los casos, tienen que ser metidos en la cárcel. No hay otra alternativa sino arrancar a los “malos” de la faz de la tierra. Esta manera ideológica de mirar a los adversarios ha sido común en los sistemas autoritarios, tanto entre nazis y fascistas como en comunistas, y se requiere renunciar a la sana razón para violentar sus derechos, que no les son reconocidos ni respetados.
Es fundamental afinar la mirada analítica para advertir que las categorías de “buenos” y “malos” como en estos casos, es inconveniente e irresponsable, pues deriva en la idea de que unos tienen derecho a vivir mientras que otros no, de que unos, los “malos”, deben ser sacrificados por razones de Estado, clase, raza o ideología. Este intento de poner etiquetas en términos supuestamente éticos no hace más que generar más violencias y justificar la eliminación de los adversarios o de los criminales. Hay muchos que creen que es justo eliminar a los sicarios y que no hay razón para que se respeten sus legítimos derechos por el hecho de que son criminales. El resultado de esta postura es la justificación de la violencia como solución a los problemas.
Esta simplista manera de analizar el fenómeno de la violencia, que es tan complejo porque tiene implicaciones estructurales, institucionales, sociales y personales, lleva a conclusiones tan disparatadas. En cambio, tenemos que reconocer que no hay un actor en el país que sea blanco o que sea negro en este tema. Todos somos responsables y una actitud madura tiene que llevar a cada actor a reconocer su propia responsabilidad en la generación y en el desarrollo de las violencias en el país. Sin este reconocimiento no hay solución que valga. Sólo así se pueden generar cambios para que nos convirtamos en constructores de la paz.
Todos, absolutamente todos hemos generado violencias. Es claro que en este tema, el gobierno, en la mayoría de sus instituciones se lleva las palmas como el generador de violencias mediante omisiones, colusiones, corrupciones, abusos y complicidades. Pero también la sociedad, en sus diversas instituciones ha generado violencias, como las familias, las escuelas, los medios, las empresas, las iglesias. Y también los sectores diversos tenemos que reconocer nuestras violencias cotidianas: empresarios, maestros, periodistas, ministros religiosos, profesionistas, comerciantes, jóvenes, varones y demás, con nuestras omisiones ciudadanas o con nuestros abusos personales, comunitarios e institucionales. ¿Quién está libre de culpa?
Para comenzar, las instituciones del gobierno nunca han reconocido su responsabilidad institucional sobre la violencia que se cierne sobre el país y, por lo mismo, no están en condiciones de cambiar para convertirse en constructoras de paz. Hay cambios cosméticos pero no de fondo, no se atacan las causas sino sus síntomas. La mayoría de las instituciones públicas se mantienen en la inercia de la corrupción, de la insolidaridad e insensibilidad social. En esa medida, no pueden predicar contra los “malos” ni pueden dársela de “buenos”.
Y en la sociedad, tenemos inercias y omisiones como para llorar. Desde el hecho de que los ciudadanos renunciemos a nuestras responsabilidades públicas, de que mantengamos una actitud de indiferencia ante el sufrimiento de las víctimas de las violencias, de que haya un gran sector que está favoreciéndose del crimen organizado, de que prevalezca el individualismo sobre la solidaridad, estamos permitiendo o, en el peor de los casos, colaborando con el crimen y con la violencia. Y, cuando intervenimos, algunas veces proyectamos nuestras frustraciones y ocultamos otros intereses para imponer acciones violentas dirigidas contra el Estado o contra la misma sociedad. Tampoco estamos en condiciones de predicar contra los “malos” porque no somos los “buenos”.
Desde luego, un sicario es responsable de las violencias que genera al torturar o asesinar, y tiene que ser castigado por ellas. Pero detrás de un sicario está una familia atormentada por la miseria o la violencia doméstica que no lo amó y lo preparó para matar, está una escuela que no formó su inteligencia y su capacidad de razonar como para respetar a los demás, está una iglesia que no cultivó valores espirituales en él, está un modelo económico que lo excluyó y lo desechó, está un sistema político que lo abandonó y no lo protegió. Tratar al sicario de malandrín es escupir al cielo, pues la saliva nos cae en la cara. Al condenar al sicario nos condenamos a nosotros mismos, que no pusimos las condiciones necesarias para que fuera capaz de convertirse en un ciudadano responsable.
Entonces, ¿qué? Nadie puede arrogarse la bondad ni puede recriminar la maldad a los demás si no se quita primero la viga que lleva en sus ojos para ver la realidad con más claridad y responsabilidad. Un violento, desde el gobierno o desde la sociedad, no está en condiciones de defender o proteger los derechos humanos, porque con su violencia está conculcando los derechos de otros. Está contaminado y abona a las violencias ya visibles, las del crimen organizado, las gubernamentales y las sociales.
La clave está, pues, en reconocer las violencias que generamos como personas o en nuestros entornos comunitarios, o de manera institucional, para hacer los cambios necesarios que nos pongan en condiciones de construir una paz basada en la verdad y sustentada en la justicia.

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