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Federico Vite

No se puede escribir a la velocidad del corazón

En 1963, el escritor británico John Fowles publicó su novela El coleccionista, el primer thriller sicológico moderno. A Fowles le gusta que sus personajes convivan en situaciones extremas y en El coleccionista, reeditada en 2012 por la editorial Sexto Piso, narra la historia de Frederick, un solitario burócrata que colecciona mariposas y se interesa por la fotografía. Este joven de veintitantos años gana una quiniela millonaria y compra una residencia alejada de la ciudad para consumar su proyecto amoroso: secuestrar a Miranda, inteligente y atractiva estudiante de arte. La mantiene encerrada en un sótano e intenta, llenándola de regalos, que ella se enamore de él. A grandes rasgos, ahí está el núcleo del libro.
Técnicamente, la virtud de Fowles radica en la forma de contar las dos versiones de una historia; en la novela, primero habla Frederick. Confiesa sus anhelos amorosos, el plan para raptar a su amada y, sobre todo, el sueño de casarse con Miranda. Gracias a esa parte del relato conocemos las aspiraciones vitales de ella. Posteriormente, Miranda toma los hilos de la novela. El lector se entera de cómo es él, del aspecto físico de Frederick y de sus carencias intelectuales. Lo más extraño es que Miranda realmente comienza a enamorarse de Frederick.
Fowles expone un duelo, sicológico y cultural, en el que el captor y la prisionera intercambian posiciones, se atacan, se hieren y se confortan. El motor de esa unión es la violencia y el sadismo.
El coleccionista bordea la lucha de clases y el juego de poder que subyace en todas las relaciones humanas. Pero Fowles se enfrasca en detallar el encanto mórbido de un hombre que al tener dinero y tiempo para educarse decide secuestrar a una jovencita con la ilusión haber encontrado el amor eterno.
Llama poderosamente la atención el trazo emocional de Frederick, un hombre que sólo mediante el amor obsesivo vislumbra la plenitud de su vida. Él trabaja en el anexo de un ayuntamiento. Vivía con su tía y su prima, quienes constantemente lo supervisaban. Siente culpa por casi todos sus actos, menos por atrapar mariposas y disecarlas. Fue abandonado por la madre y quedó huérfano de padre a temprana edad. Su único nexo humano era su tío Dick, quien acaba de morir. Al principio de la novela, Fowles abre el rango de acción de su personaje: lo hace millonario y con ello le da libertad. Él, dañado irreversiblemente por el abandono crónico, conoce casualmente a Miranda, al verla siente la pulsión que lo lleva a capturar mariposas. Así que la vigila, la persigue y la atrapa. Él se obsesiona con ella. Cree que obteniendo el amor de Miranda será feliz. Lo magistral en Fowles es justamente el rango de movimiento de Frederick, la directriz de ese joven a lo largo de 291 páginas. Si lo único que ha hecho feliz a ese personaje es capturar mariposas; entonces sabe perfectamente qué hará cuando le interese una chica. La paradoja de un coleccionista radica justamente en encerrar lo que tanto admira en libertad. El autor creó con este entomólogo uno de los personajes más atractivos de la narrativa del siglo XX.
Fowles interrumpió la redacción de El mago (The magus, 1965) para escribir El coleccionista, libro que tiene gran parecido con El sirviente (1963), de Robin Maugham; Psicosis (1959), de Robert Bloch; Sábado por la noche y domingo por la mañana (1959), de Allan Sillitoe.
Fowles afirmaba que una de sus motivaciones para escribir era imaginar a sus personajes en situaciones límite para ver cómo respondían a esos flujos de acción, y con El coleccionista llevó al máximo esa tesis.
La escritura, dijo en una entrevista que concedió a Art of fiction, nos hace comportarnos como chicos; la obsesión por querer decirlo todo del modo más perfecto posible es infantil, pero uno termina por entenderlo con la madurez. “Por más viejos que seamos, actuamos como chicos que buscan satisfacer a sus padres, o mejor dicho, a la imagen que tenemos de ellos. Pareciera que nada de lo que depositamos en el altar de la memoria fuera suficiente para calmar la sed de absoluto de esos espíritus. No se puede escribir a la velocidad que nuestros corazones nos piden”, refirió. Y a propósito de los motivos que lo llevaron a escribir El coleccionista, Fowles subrayó: “Un escritor no sólo escribe para el público, también lo hace para descubrir algo que desconoce del mundo y de sí mismo. Un autor sumido en su trabajo, en verdad, está tratando de decirse a sí mismo algo que ignora, o que tan sólo sospecha”.
La traducción de Andrés Barba para la editorial Sexto Piso es bastante buena. Que tengan lindo martes.

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