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Transita indígena de Acatlán de la manufactura textil a la industrializada

*Genoveva Benigno Jiménez aprendió a bordar en su infancia, y hace cuatro años montó su propio taller de confección y enseñó a su esposo y sus tres hijos

Beatriz García

Chilapa

Genoveva Benigno Jiménez, de 34 años de edad, indígena nahua de la comunidad de Acatlán, aprendió a bordar rebozos y el traje de acateca cuando tenía 8 años, para ayudar a su madre y aportar a la economía familiar; apenas hace cuatro años montó su propio taller de confección y bordado, enseñó a bordar a su esposo y sus tres hijos y los cinco se dedican a esta actividad.
Benigno Jiménez, una mujer de estatura baja, piel morena, cabello negro, sonríe, muestra su disposición para contar su historia.
Se sienta a un costado de su altar donde se asoman santos que adorna con flores rosadas y moradas y ofrenda con frutas, colocadas sobre una mesa cubierta de un mantel bordado en punto de cruz que hizo su esposo Celestino Domínguez. Cruza la pierna, toma su aguja con hilo de seda y borda una falda de acateca. Relata.
“Mi mamá aprendió desde mi abuelita a bordar y yo de ella. A mi mamá yo le iba ayudando con lo que podía y después ella iba a ofrecer para venderlo. Hacíamos rebozos y trajes de acateca”.
Benigno Jimenez recordó que su abuela quien además de bordar trabajó el telar de cintura, para hacer la tela para las faldas de acateca, su madre no aprendió a trabajarlo por lo tanto ella tampoco aprendió.
Genoveva Beningo aprendió a dibujar sobre las prendas desde pequeña: flores y animales como: jaguares y águilas para después ser bordados con hilo de seda de múltiples colores.
Cuando se sienta a diseñar aquellos dibujos que plasma sobre las telas, Genoveva se anima, se jacta de no ocupar moldes, los trazos sólo los guarda su mente que cuando su mano toma la tiza y ve una tela los imprime.
Lo que ha permitido que sus diseños sean únicos, por más que quiera plasmar los mismos en distintas telas su creatividad le incluye siempre nuevos trazos.
A los 8 años comenzó a bordar y ayudaba a su madre, que también se dedicó a bordar los trajes típicos de Acatlán y rebozos, para aportar en la economía familiar.
Cuando cumplió 14 años, se casó con Celestino Domínguez y se vio en la necesidad de trabajar.
Tuvieron tres hijos: Leonardo, actualmente de 18 años; José Alberto de 17 años y Yuverli de 14 años.
“Como le digo a mi esposo, cuando era chiquita no me preocupada tanto, haya o no haya dinero yo iba comer de mi mamá. Pero ahora como yo soy señora ya tengo a mis hijos tengo la necesidad de trabajar”.
Ahí comenzó a bordar más y más prendas que le llevaban las revendedoras, que van a vender sobre todo al tianguis dominical en Chilapa, “las señoras vienen y te dan el traje y los bordas”.
A pesar de que le llevaban las prendas y el hilo, recuerda que el pago no era bueno.
Cuando le ayudaba a bordar a su tía en ocasiones le pagaba con comida que le sobraba o con medio litro de frijol, y si no, por bordar una falda le daba 60 pesos pero hubo ocasiones que le dio hasta 30 pesos.
Un traje grande de acateca lo llegan a terminar en dos semanas, es hasta ese momento cuando reciben su pago, hasta 100 pesos, depende de la revendedora.
“Hay unas señora que dicen: mejor no hago nada, porque ni sale”, indicó mientras suelta otra sonrisa.
Incluso hay mujeres que hacen las prendas y las bordan y las ofrecen a las revendedoras.
“Aquí mismo las hacemos y aquí mismo la ofrecemos y luego mal pagadas. Si uno necesita, vamos y la ofrecemos, te dicen te damos tanto, si quieres y la necesidad”, explica Genoveva mientras toma la aguja con hilo de seda color vino, la mete sobre la tela de la falda de acateca, nuevamente la saca una y otra vez mientras se va formando una flor.
Hace cuatro años cuando sólo bordaba a las revendedoras, vio como una de sus compañeras tenía un traje de acateca que costaba 800 pesos pero le urgía el dinero, acudió a la tía de Genoveva y le dijo que le daba 250 pesos por cada traje, su necesidad le hizo aceptar.
Hace apenas cuatro años Benigno Jiménez pasó de solamente bordar a también confeccionar. Cuenta que no olvida el día que le regalaron dos rebozos, se puso contenta y se dispuso a dibujarles flores y animales. Después los vendió.
A pesar de que su esposo Celestino trabajaba en una empresa de materiales, sus ganas de trabajar no la hacían desistir, sin embargo entristecía cuando veía que no le pagaban bien y sin dinero.
Un día llegaron unas personas porque necesitaban que les bordaran unas prendas, se dieron cuenta por lo que pasaba Genoveva y su familia y les regalaron dinero.
Dinero que ocupó para comprar sus primeras telas, sus hilos, agujas. Cortó, trazó y bordó. La invitaron a una exposición artesanal en Chilpancingo, donde juntó mil 700 pesos.
Nunca había ganado tanto, se puso contenta y le dijo a su esposo que quería invertirlo para comprar más material y montar su propio taller.
“Yo me quedaba a bordar hasta las 12 de la noche y como mi esposo veía que me dormía tarde, me dijo que si me ayudaba”.
Pero pensó que no quería que le echara a perder su bordado pero aceptó, comenzó a enseñarle a bordar a su esposo, después a su hija Yuverli, y a sus hijos Leonardo y José Alberto también les entusiasmo aprender a bordar.
“Cuando mis hijos ven los diseños, se ponen contentos y escogen que dibujos quieren hacer y seleccionan y combinan los colores”.
Hace apenas un año, Genoveva y su familia pudieron comprar máquinas de coser industriales, que les permiten cocer con facilidad.
Ahora no sólo hace trajes de acateca y rebozos, también confecciona vestidos, vestidos de novia, blusas, colchas, cojines, bolsas, diademas o lo que sus clientes le soliciten.
En ocasiones, cuando no se da abasto con su familia, acude con sus concuñas, cuñadas y hermanas para que la apoyen en el bordado, a quien dice les trata de dar un pago justo.
“Yo sé cómo es este trabajo de pesado, porque a veces te sientas y a la hora de levantarte toda la espalda te duele. Les llego a dar 300 o 400 pesos”, explica mientras de un baúl de madera saca faldas, blusas, unas terminadas y otras listas para bordar, la mayoría de bordados pequeños y tupidos, algunos grandes.
Por cada traje de acateca –la falda con tela de telar de cintura– cuesta entre 3 mil 200 a 4 mil pesos, mientras que uno de telar de pedal vale unos mil 500 pesos.
“Antiguamente el traje típico de las novias era el de la falda hecha de telar”.
Aunque es más común ver faldas hechas de tela que se confecciona con telares de pedal, que se trabajan en la cabecera municipal, también se ven los que se hacen con tela de telar de cintura que se trabaja en la comunidad.
Genoveva aunque confecciona y borda, para ella nunca se ha hecho nada, la vez que decidió como acateca tener su traje típico, lo portó unas cuatro veces, después una señora le dijo que se lo vendiera y aunque en un principio se resistió, lo vendió.
“A mí me gustan un montón de cosas, y me preguntan por qué no me visto así, les digo mi ropa la compro barata, puedo comprarme de 50 o 30 pesos. Prefiero vestirme con 100 pesos que con mil pesos, lo demás para mi gasto”, suelta una última carcajada mientras guarda nuevamente en el baúl las prendas.
Genoveva ha visitado distintas ciudades que le han permitido exponer lo que elabora, además de venderlo. En el estado: Chilpancingo, Zumpango, Iguala y fuera: Distrito Federal, Irapuato y Puebla.

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