Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Causa un alto costo económico y ecológico convertir bosques en campos de cultivo, alerta científico

*Propone el académico de la Facultad de Ciencias de la UNAM, Antonio Benjamín Ordóñez Díaz, mitigar las emisiones contaminantes, desarrollar los mercados de carbono, y un manejo forestal fuerte en el mundo

Agencia Proceso

Ciudad de México

La transformación de bosques en campos de cultivo ha tenido un costo muy alto en México en términos ambientales y económicos, advierte Antonio Benjamín Ordóñez Díaz, académico de la Facultad de Ciencias de la UNAM.
Ilustra lo anterior con el caso de Michoacán, donde, dice, resulta dramático ver que la superficie dedicada a plantaciones de aguacate supera a la de manejo forestal y no garantiza la autosuficiencia alimentaria.
Los proyectos forestales, afirma, son más pequeños que los de transformación del entorno, como ocurre en Michoacán, donde 130 mil hectáreas producen aguacate, mientras que el aprovechamiento de los bosques se ha quedado detenido.
Actualmente, añade, la producción se enfoca en la fresa, aguacate o caña de azúcar, pero no en maíz, que está en el olvido. Además, el también director e investigador de la asociación civil Servicios Ambientales y Cambio Climático (SACC) sostiene que se ha descuidado el uso de organismos genéticamente modificados que pueden vulnerar al maíz criollo.
A ello se suma que la mayor parte de energía que se utiliza en el desarrollo, alimentación y ciencia en el mundo, no es renovable.
En mayor parte, dice, dependemos del carbón. Por ejemplo, todos los días se consumen aproximadamente 22 millones de toneladas métricas, que pueden cubrir la isla de Manhattan; cada 15 segundos se puede llenar una alberca olímpica con el petróleo que se requiere, 92.7 millones de barriles al día, y existe un consumo de una milla cúbica cada 11 horas de gas natural.
En contraste la energía renovable, como la geotérmica o hidroeléctrica, apenas atiende al 10 por ciento de la demanda mundial, afirma el académico.

Captar carbono para mejorar el ambiente

Ordoñez Díaz ofreció la conferencia Mercados de carbono: oportunidades y riesgos, en el auditorio del Jardín Botánico del Instituto de Biología donde explicó que actualmente existen más de un trillón de toneladas métricas de dióxido de carbono (CO2) extra, que antes no existía en la atmósfera, y eso promueve un desbalance térmico que incrementa la temperatura.
De ahí, el problema del cambio climático y la meta de tratar de evitar que se rebase un aumento neto de dos grados, afirma el científico.
La apuesta, comenta, es capturar o almacenar el carbono donde los ecosistemas y organismos vivos pueden ayudar.
“A partir de la necesidad de mitigar las emisiones contaminantes, se desarrollaron los mercados de carbono, que surgen a la par de un manejo forestal fuerte en el mundo”, subraya.
En Estados Unidos y Canadá, por ejemplo, se establecieron medidas de certificación que tienen que ver con el Forest Stewardship Council y han mejorado sus masas forestales, afirma el académico.
El académico de la UNAM comenta que mediante diferentes metodologías bien definidas como las del IPCC (por las siglas en ingles de Panel Intergubernamental de Cambio Climático), es posible calcular nuestra huella de carbono, que se determina por el tipo de alimentos o la cantidad de energía y combustibles que consumimos. Luego, se deben instrumentar mecanismos y acciones que permitan reducir nuestras emisiones.
Pero si esto no es posible, apunta, se puede compensar el daño. Para ello sirven los mercados de carbono.
“Uno dice: voy a emitir dos toneladas de dióxido de carbono y las ‘compra’ a 10 dólares la tonelada” y los recursos que se obtienen se destinan al pago por servicios ambientales en las zonas forestales.
Eso para sus habitantes puede significar la diferencia entre quedarse en sus lugares de origen, migrar o deforestar el bosque.
En México, advierte Ordóñez Díaz, hay algunos proyectos certificados, pero corren el riesgo de que la certificación sea extranjera, se pague y el dinero se vaya a otro país.
Existen certificadoras como TÜV SÜD, Windrock o EcoSecurities, y diferentes estándares como Plan Vivo, Gold Standard y VCS, entre otros, pero “la Comisión Nacional Forestal debería ser la oficial, contar con personal capacitado que conozca la diferencia entre un mezquite y un pino, sus densidades de madera y ciclo de vida.
“También se requieren más manuales que ilustren cómo crecen las vegetaciones, por ejemplo, la caña de azúcar respecto del nopal, saber cuáles fijan más carbono y en qué condiciones”, destaca.
El académico comenta que en 2008 se desarrolló un marco legal con los factores mínimos para establecer convenios, acuerdos y/o contratos con las comunidades, a fin de respetarlas a ellas y a sus sitios sagrados y para explicarles y detallar los conceptos básicos de los procesos de captura de carbono.
Así, el 8 de mayo se abrió el mercado voluntario de carbono en México, autorizado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), y se comenzaron a ofrecer los certificados avalados por ambas instancias gubernamentales.
Hasta hoy, comenta, se han vendido más de 200 mil toneladas y muchas empresas han participado, lo que ha generado beneficios sociales, ambientales y económicos.
Sin embargo, Ordoñez considera que se debe ir más allá, y con ayuda de la tecnología, mapear los lugares y detectar sitios que no cumplen con la conservación, que tienen un proceso de deforestación secuencial, para retirarles el apoyo, pero también para actualizar los precios.
El académico afirma que ha recorrido 120 comunidades del país y detectado proyectos potenciales que suman más de 293 mil hectáreas, la mayoría –dice– con posibilidad de sumarse a la preservación. “Sólo se requiere capacitar a la gente y ponerla a laborar”.
Los mercados de carbono, concluye, representan “grandes oportunidades” si se trabajan en conjunto.
Por el contrario, si se trabaja de manera desarticulada, sin comunicación, anteponiendo intereses individuales, se puede perder lo ganado, porque ninguna persona tiene recursos para pagar una factura ambiental y esto habla de confianza y respeto hacia los seres vivos y la naturaleza.
“Hay que administrar mejor nuestros recursos, formar a especialistas, integrar el conocimiento que generan las instituciones académicas y de investigación, establecer mecanismos de seguimiento y transparencia para hacer proyectos más grandes y alcanzar en conjunto más metas”, sostiene.

468 ad