Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
* Si no cambiamos, no cambiarán
Neta que si el Karma es una energía trascendente de a de veras, y no la mera ocurrencia de un monje tibetano tras fumarse un porro de puras colitas borregueras, algún pecado muy, pero muy malo, gachísimo e imperdonable, debimos haber cometido los guerrerenses en vidas anteriores para merecer tantos y tamaños quebrantos, decepciones, penitencias, desazones y atropellos, a lo largo de los últimos años nuestros.
Porque, ¿cómo se entiende y explica la acumulación sucesiva de terremotos, huracanes, violencia criminal, magnicidios, desapariciones masivas, ingobernabilidad, corrupción, conflictos sociales y retrocesos políticos, si no es por un pésimo Karma?
¿Por qué tan disparejo reparto de infortunios, habiendo tanto espacio y tanta gente a lo largo y ancho del territorio nacional? Me cai que no se vale, no es justo.
Pero muy estimados lectores de este escribidor, como ni Dios quita palos dados, y es poco digno y menos elegante andar auto compadeciéndose, creo que más nos vale concentrarnos y afanarnos en aprender de los fracasos, para convertir la crisis en oportunidad y tratar de encontrar alguna luz al final de este larguísimo túnel.
Porque lo único peor que podría sucedernos, tras tantos y tamaños peores, sería que siguiéramos igualitos, imperturbables, como si nada hubiera pasado, repitiendo errores, cayendo en los mismos hoyos y caminando por la misma senda.
Lógico, obvio, para corregir, mejorar, reparar y restaurar hay que cambiar. Suena fácil… la bronca es que entre las palabras y los hechos, suele haber mucho trecho.
Pa’ empezar, porque aunque seguro ustedes, yo y casi todos los coterráneos, residentes y vecinos de estos sureños lares, sabemos y recordamos dónde, cuándo, cómo y porqué estropeamos el Karma colectivo, es mucho más sencillo, cómodo y divertido señalar los pecados ajenos que reconocer los propios.
Pero aquí entre nos, la neta es que todos, unos más y otros menos, pero todos, hemos sido culpables por comisión u omisión del estropicio kármico. Y es que, no me dejarán mentir, todos hemos contribuido, con abuso o indiferencia, en la larga lista de pecados nuestros.
Por mencionar algunos de los peores: el empobrecimiento extremo de la gran mayoría; la segregación racista de los indígenas en el gueto de La Montaña; la elección complaciente de candidatos sin proyecto, ideas ni argumentos; la impunidad de políticos corruptos, delincuentes descarados y asesinos despiadados; la desprotección de niños y jóvenes ante la amenaza del crimen organizado y desorganizado; la pasividad y apatía de padres y madres en la educación de sus hijos, y su relación con los maestros; el deterioro ambiental; la basura en calles, parques y avenidas; entre otros tan penosos como indiscutibles etcéteras.
Pa’ terminar, porque aunque los sepamos y entendamos, y hartos tengamos voluntad, ganas y urgencia de enderezar los entuertos que sea necesario enderezar, muy pocos o ninguno, que yo sepa, tenemos ideas, pistas, certezas, planes suficientes para convencer y convocar a todos, o a casi todos, a enderezarlos.
Sin embargo, sea cual sea el mejor camino, y lo encuentre quien lo encuentre, más nos vale a todos dar el primer paso y, antes de elegir a quienes pretenden gobernarnos y representarnos en los próximos años, dejar clara y concisa la tarea principal e ineludible del próximo mandato electoral: escribir en 2015 los primeros párrafos del prefacio de una nueva historia, la del primer año del resto de nuestras vidas.
Más nos vale, porque sean quienes sean los elegidos, nada querrán ni podrán cambiar si los electores no somos capaces de cambiar antes que ellos.
Aunque, ahora que lo pienso, a los partidos y sus políticos más les valdría recordar desde ahora la advertencia que José Francisco Ruiz Massieu, poco antes de morir, les lanzó a los priistas de la hegemonía tricolor: “o cambiamos, o nos cambian”.
Y como no cambiaron, los cambiamos, pero como no cambiamos nosotros, el PRI regresó con un costal de viejas prácticas. Por eso digo que si no cambiamos, no cambiarán




