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Moisés Alcaraz Jiménez *

Las encuestadoras y su credibilidad

 

Primero fueron empresas patito que sin el menor recato vendían al mejor postor y hacían burdas encuestas a modo de quien mejor se las pagara. Después surgieron despachos más profesionalizados cuyos propietarios eran figuras públicas conocidas que con más rigor científico hacían su trabajo y cuidaban su imagen, que a fin de cuentas era lo que los podría hacer sobrevivir en un entorno de rápida corrosión del prestigio de esos despachos.

A esas empresas les ha ido muy bien: son prósperos negocios con millonarios ingresos que efectivamente han subsistido cuidando las formas para no aparecer como viles mercaderes de sondeos que diseñan resultados al gusto de quien los paga.

Es cierto que muchas de esas empresas no están dispuestas a vender su prestigio, pero no se piense que por ello ahora todas trabajan con absoluta honestidad, después de todo no dejan de ser negocios que afanosamente buscan la ganancia y, si es con el menor esfuerzo, mejor. O simplemente sus dueños no pueden ocultar sus simpatías electorales.

Las encuestas en asuntos políticos o comerciales son una eficaz herramienta para conocer el sentir de la población sobre un determinado producto, o candidato. De verdad que son trabajos que no fallan y que cuando se hacen con el rigor científico requerido dan veracidad, certeza y credibilidad a lo investigado.

Quienes falsean los datos, particularmente en asuntos electorales, son los candidatos y los partidos que los postulan. En un principio lo hacían con el consentimiento de las empresas patito que contrataban, que no tenían ningún prestigio que cuidar, o que en muchos casos tales empresas no eran más que fantasmas con alguna razón social inventada.

La modernización y el trabajo cada vez más científico que se desarrolla en torno a las encuestas realizadas con fines electorales y el mayor interés público sobre esos asuntos, no son un impedimento para que a estas alturas prestigiadas empresas continúen vendiendo sus productos y su imagen a quien mejor les pague.

La diferencia es que ahora, para justificar inmoralidades, esas empresas han inventado toda una serie de argumentos inverosímiles que a nadie convencen: primero dijeron que las encuestas no podían predecir el futuro, que no eran más que una “fotografía del momento”, después que los aspectos metodológicos utilizados daban resultados diferentes, luego que son los tiempos en que las encuestas se realizan lo que al final hace variar significativamente los resultados esperados.

El miércoles de esta semana se efectuó en la Ciudad de México el foro Las encuestas y la campaña electoral, en el que propietarios de reconocidos despachos argumentaron que las encuestas son sólo ejercicios probabilísticos; que sólo miden percepciones del momento sin pretender decir anticipadamente quién ganará una elección; que la realidad es muy cambiante; que las encuestas dicen lo que está pasando, no lo que va a ocurrir, en fin.

Son formas novedosas de cuidar esos negocios. Es una habilidad extrema para decir verdades a medias; para engañar, cuidar su imagen, ganar dinero y lavarse las manos. Hace 12 años, en la elección de 2000, a estas alturas se vivía una auténtica guerra de encuestas donde conocidos despachos hasta el último momento daban como ganador al PRI o vendían la idea de un empate técnico con el PAN, cuando las evidencias eran más que abrumadoras y el pulso político ciudadano indicaba exactamente lo contrario: que no había ningún empate y que el ganador sería el PAN.

En esta elección las empresas encuestadoras se han cuidado para no poner en riesgo su escaso prestigio. El director ejecutivo del IFE dice que en 2006 tales empresas realizaron 57 encuestas y ahora, cuando todavía faltan más de dos semanas para la elección, van más de 134 estudios de ese tipo.

Sin embargo, la guerra de las encuestas es hoy de muy baja intensidad. Tal parece que ahora las encuestadoras permiten menos que los candidatos y sus partidos manoseen sus trabajos o manipulen los resultados, aunque la perversidad se sigue dando ya no tanto en las elecciones presidenciales, sino en los ámbitos estatal y municipal donde resultan criminales las diferencias entre lo que anticipan las encuestadoras y los resultados en las urnas.

Las encuestas y sondeos de opinión son un importante trabajo para conocer las preferencias electorales; sin embargo, quienes realizan esos estudios rápidamente han perdido credibilidad, no todas esos despachos, desde luego; sin embargo, el hecho es muy grave. Ojalá esas empresas estén a tiempo de rectificar y sanearse. No se olvide que también son parte de la democracia.

 

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Twitter: @MoissAlcarazJim

 

* El autor es director estatal de Gobernación

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