Mantiene indígena nahua a tres hijos, tres sobrinos y un nieto con su artesanía de palma
*Hace 16 años, las carencias económicas en su familia los hicieron migrar a Chilapa, y encontrar mejores oportunidades de trabajo, apunta Ignacia Gatica Velázquez, originaria de Ayahualtempa, comunidad de José Joaquín de Herrera
Beatriz García
Chilapa
Ignacia Gatica Velázquez, indígena nahua, a sus 52 años de edad aún tiene fuerza para subir el cerro, tan sólo para ir a cortar 400 palmas tiernas de zoyate que procesará para tejerla y convertirla en trenza, que venderá a 3 pesos un rollo a quienes la transforman en sombreros, bolsas o tapetes y así poder comprar despensa para sus tres hijos pequeños, tres sobrinos y un nieto que mantiene.
Desde que Ignacia tenía 20 años, cuando tuvo a su primer hijo y vivía en su natal Ayahualtempa, comunidad de José Joaquín de Herrera, comenzó a tejer cinta, como la llaman, recuerda que para tejerla tenía que comprar la palma, le costaba a 5 pesos el ciento.
Hace 16 años, las carencias económicas en su familia los hicieron migrar a Chilapa, y encontrar mejores oportunidades de trabajo, apunta Gatica Velázquez.
Han vivido en terrenos prestados, en tres colonias distintas.
Su casa está hecha de carrizo y lámina de cartón, dos cuartos donde duermen y uno más pequeño que funge como su cocina. Afuera un patio por donde caminan cuatros perros flacuchos y un gato, que acompaña a la familia, más allá un lavadero y un bote con agua.
Hace cinco años, cuando llegó a vivir a esta casa, dejó de comprar la palma, la última vez que lo hizo fue por 25 pesos el ciento.
Ignacia Gatica vive con su esposo, y de los 11 hijos que tuvo, vive con los tres más chicos, Loreano de 14 años, Amadeo de 13 y Griselda de 10.
Pero además está a cargo de tres de sus sobrinos, pues dice que su mamá los abandonó: Irene de 13 años, Lila de 10 y Francisco de 9 años, así como su nieto Daniel de un año.
Gatica Velázquez se dedica a cuidar sus chivos y borregos, y tejer cinta, su esposo es peón, cuando tiene trabajo obtiene unos 500 o 600 pesos a la semana.
“Nosotros nos apoyamos (su esposo y ella), con el dinero que sacamos para darle de comer a los chamacos y para su escuela”, advierte la mujer que no para de tejer trenza de zoyate.
Sus tres hijos estudian, Amadeo la secundaria, Griselda y Loreano la primaria, dos de sus sobrinos Francisco y Lila también la primaria, mientras que Irene le ayuda en casa.
Hace cinco años, Ignacia decidió ir ella misma al cerro por la palma y procesarla pues dice “sale más barato”.
Ella camina durante media hora para cortar 200 pares de palma, rutina que reproduce cada 15 días.
Después de que la corta, indica, “se raja la palma”, es decir se separa hoja por hoja de cada una, posteriormente en una olla grande con agua que hierve en un fogón puesto con leña, se sumergen las palmas rajadas, permanecen ahí por unas dos horas.
Después las saca para colocarlas sobre unos hilos y se sequen en la sombra, apunta.
Cuando ya están secas, se extienden en el piso bajo los rayos del sol, por dos horas.
Nuevamente se hierve agua donde se sumerge palma por palma, para que quede limpia con un tono blanquecino, se colocan nuevamente en el hilo para que vuelvan a secar.
Por último a cada hoja de la palma se quitan las orillas, y ahora sí quedan listas para comenzarlas a trabajar.
A Ignacia Gatica siempre la acompaña a donde va su manojo de cinta bajo el brazo, mientras que sus manos ágiles trenzan cada hoja de zoyate, y sobre un brazo la va enrollando.
Gatica Velázquez explica que cada 15 días entrega 40 rollos de cinta, e indica que son 20 brazadas, que se convierten en 120 pesos.
Antes, cuando vivía en Ayahualtempa le pagaban cada rollo en 50 centavos, aunque dice que actualmente allá en su pueblo por más caro pagan tres rollos por 5 pesos.
Quien se encarga de ir a entregar los rollos de cinta es su esposo, pues ella expresa que le da vergüenza ir, siente que no puede hablar bien y no puede hacer el trato y su esposo sí.
“A veces yo voy a traer rollos de cinta que hace mi familia en mi pueblo y se los vengo a vender aquí”, insiste al recordar que en su pueblo está peor pagado que aquí.
Con los 120 pesos que obtiene compra para hacer de comer, que se acaban en un ratito, inquiere, pues son siete bocas a las que tiene que alimentar.
“Muchos me dicen que por qué me encargo de ellos (sus tres sobrinos y su nieto), yo digo, como a mí mi mamá no me abandonó ni yo abandoné a mis hijos, me dan lástima, me duele y sufro con ellos, por eso les doy mi lugar”.
Aún recuerda cuando en Chilapa, hace un año, se originaron balaceras en la cabecera municipal, y debido a ello le informaron que en diciembre las ventas habían bajado y que no iban a comprar más cinta, pues tenían acumulada.
Durante todo ese mes no entregó su cinta, pero le preocupó que si no la vendía se iba a tornar rojiza y eso iba a significar que ya no servía y ya no la iba a poder vender. Su esposo buscó quien se la comprara, y la terminó vendiendo de poco en poco.
Con el salario de su esposo y lo que gana con la venta de su cinta se apoyan.
Ellos, además siembran cada año maíz, frijol, calabaza en terrenos que también les prestan, y con lo que cosechan se alimentan durante todo el año.
Ella dice que no lo venden porque si no qué es lo que van a comer, con eso se ayudan, si llegaran a comprar tortillas, apunta son unos 40 pesos diarios, entonces no le conviene, detalla.




