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Federico Vite

El efecto Pizzolatto

(Segunda de dos partes)

Decíamos en la entrega anterior que el buen trabajo de Pizzolatto en la serie televisiva de True detective modificó incluso las opiniones de algunos críticos literarios al respecto de la primera novela de este autor estadunidense: Galveston (Salamandra black, 2014, 282 páginas), traducida por Mauricio Bach Juncadella.
El libro se divide en cinco partes. Es narrada en primera persona por Roy Cady, no Cody, como señala la contraportada. Este hombre funge como recaudador de Stan Ptitko, quien acaba de iniciar una relación con la ex chica de Roy, Carmen, personaje que funge como la llave de un candado. Desea acabar con Roy, pero páginas después, fantasmal ella, quizá la menos esbozada en el trazo general del relato, contribuye a poner en marcha el final de la trama, aunque de una manera muy gris, pues raya en los lugares comunes del noir o del género policiaco.
El libro comienza con esta frase: “Un médico me fotografió los pulmones, estaban repletos de copos de nieve”. El autor pone en movimiento los ejes de la historia; líneas adelante Ptitko se revela como el antagonista y fragua una traición. Es 1987 cuando Roy, la misma noche que el médico le informa que algo anda mal en su sistema respiratorio, tiene que ir a cobrarle a Frank Sienkiewicz. Stan le pide que vaya sin armas. Roy y Ángelo, visitan a Frank, caen redonditos en la trampa y, por azar, Roy sale vivo de ahí, acompañado por una chica, Rocky, quien estaba a punto de ser violada. Después de este incidente, agarran carretera; Rocky recoge a una personita más. Roy, una niña y Rocky se instalan en un hotel. Comienzan los flirteos amorosos, los recuerdos nostálgicos de Roy, así como la brutalidad vivida por Rocky. La carne del relato va muy bien; el asunto es el cómo cuenta la historia Pizzolatto.
Veamos: el tipo rudísimo que es Roy experimenta un melodrama vital; el escape por carretera hasta una playa se transforma en una serie de diálogos al estilo La rosa de Guadalupe. Padres abusones, indiferentes, niños maltratados, orfandad expuesta desde el melodrama y rayando en la cansina brutalidad que, para mal, es conocida hasta el hartazgo en América Latina. Pizzolatto crea atmósferas espectaculares que desbordan nostalgia, pero que hacen funcionar a pasitos la trama noir. Pareciera que se le olvida, que nos quiere mostrar lo aprendido de Edward Hopper, Raymond Carver, Richard Ford, John Fante y Tobias Wolf. Entiendo que trata de darle sentido a la superestructra de su relato, busca la creación de una sensibilidad poética a Roy, pero el lector no entiende el porqué. Suponemos que la cercanía de la muerte ablanda a este personaje, pero
la premisa del cáncer no se cumple, queda muy holgada la referencia a la muerte sin la muerte.
La historia de la novela se resuelve en 2005. Roy demolido y transformado es un anciano que confiesa la historia que lo llevó al desamparo. Después, sólo quedan las alarmas de evacuación. Se acerca un huracán, presumimos que es Katrina, y, como si fuera un fade out, Pizzolatto da el remache final a la novela.
Pizzolatto apuesta porque el tiempo destruya todo, pero no es hábil para echar mano de ese registro, el de la devastación, y sustituye el poder de la novela negra con disertaciones melancólicas. Cabalga pues entre dos tonos, el noir y el del realismo sucio cuasi melodramático. En Galveston se asoman los destellos geniales de True detective, pero apenas son esbozos, el novel Pizzolatto debía perfeccionar mucho sus personajes, afilarlos, darles un hábitat y someterse al conflicto de una estructura que le permita ahondar en sus dotes de narrador. La apuesta camaleónica, saltar de un tono a otro sin profundizar en la trama, no le va muy bien.
Tenemos en Galveston al Pizzolatto joven, el artesano que aún no sabe cómo finiquitar una historia, construye el punzante mecanismo literario-filosófico que caracteriza a True detective, pero se le acerca muy poco a ese monumento.
Exactamente hace un año, muy pocos conocían a Nic Pizzolatto, hoy incluso tratamos de sondear el efecto mediático que ha generado el autor de True detective, sin duda su logro mayor. Y ustedes dirán, ¿por qué tanto argüende por una novela que no cumple lo que promete? Simplemente por dignidad lectora. Cuando uno abre, revisa y coteja una novela espera la magia, la honestidad de quien suda tinta en estas páginas, pero si los editores le hacen un parco favor ensalsando el libro, pues, como bien dice Selena, no queda más que perderse en un abismo de tristeza, porque no hay literatura, nomás publicidad. Es más, con la mano en la cintura les digo que Cuartos para gente sola, de J. M. Servín, es una libro mucho mejor, más logrado que Galveston, pero J.M. Servín no ha tenido la fortuna de trabajar en HBO, si no, créanme, le iría muy bien. Que tengan buen martes.

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