Jesús Mendoza Zaragoza
El México violento
Según el Índice de Paz Global 2012, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz con sede en Londres, México es uno de los países más violentos del mundo al ocupar el sitio 135 de 158 naciones, y que coloca a Islandia como el país más pacífico y a Somalia como el más violento. El Índice de Paz Global es un indicador que mide el nivel de paz de un país o región, publicándose por primera vez en el año 2007. Hay que tomar en cuenta que el país ha perdido posiciones desde ese año en que ocupó el lugar 78. Los factores que inciden en esta calificación, según el Índice, son el combate contra el crimen organizado, el temor de la gente por la violencia, el número de muertes violentas y la inseguridad.
La perspectiva de este Índice es global, pues hace un análisis de la paz desde el enfoque de un mundo globalizado en el que la economía y la paz están en una correlación entrañable: hay condiciones económicas que propician la paz, a la vez que ésta posibilita el desarrollo de los pueblos. De esta manera, la paz tiene que ver con el desarrollo integral de los pueblos y con las condiciones económicas de las personas y de las comunidades.
El hecho de que México esté posicionado como uno de los países más violentos del planeta tiene que llevarnos a pensar la violencia como algo sistémico. Esto significa que, más allá de los factores personales, relacionales e institucionales de la violencia, tenemos que identificar los factores estructurales tanto en lo global como en lo local. La violencia que padece México tiene que ver con el papel que tiene en el ámbito internacional y, de manera particular, con Estados Unidos. Pero, por otra parte, tiene que ver con las estructuras domésticas, sobre todo, las económicas y las políticas.
Por otro lado, hay que hacer las precisiones en los ámbitos locales. Las violencias en Oaxaca son distintas a las de Guerrero y distintas a las de Querétaro. Hay estructuras locales que diferencian a estas regiones en cuanto a tipos y a índices de violencia.
En otra perspectiva, la violencia entre las fuerzas del orden y las organizaciones criminales nos es más que la punta del iceberg, precedida y propiciada por otras violencias y por una diversidad de factores debidamente estructurados. Si bien esta violencia es relativamente nueva o coyuntural, no lo son tantas formas de violencia que están incrustadas en las comunidades, en las instituciones y en las estructuras nacionales.
Ganaríamos mucho si esta crisis causada por la violencia nos hiciera capaces a los mexicanos de reconocer todas las demás violencias que generamos y padecemos, desde las que están escondidas en los ámbitos de las familias, las que se viven en las comunidades rurales y las que se desarrollan en los ambientes urbanos. También aquéllas violencias enquistadas en las instituciones desde décadas. Ganaríamos si entendiéramos que estamos ante la oportunidad de construir un México distinto mediante una indispensable cultura de paz que nos posibilite trabajar de manera corresponsable sin discriminaciones, sin exclusiones ni prejuicios. La paz es posible cuando hay la voluntad de participar con todos y se abren los caminos necesarios para encontrarse, para dialogar y para colaborar en un largo esfuerzo que requiere paciencia y tolerancia.
La salida de fondo no es inmediata, como no es inmediata la espiral de violencia que sufrimos. Pero sí es necesario mirar lejos sin olvidar lo inmediato. Es necesario advertir que la solución nos implica a todos y necesita una sociedad civil fuerte y capaz de asumir una responsabilidad mayor. Las movilizaciones de los universitarios son un indicio de lo que debiera suceder con todo el país. Pero no son suficientes las movilizaciones. Se necesita una organización madura de toda la sociedad para participar y colaborar. Y esto no se hace en un año. Pensemos en procesos de pacificación como el de Sudáfrica, que tuvo al gran Mandela como inspirador, como un proceso inacabado pero muy dinámico.
Tratándose de un asunto estructural, la violencia requiere ser tratada desde una perspectiva más integral en la cual confluyan todos los sectores fundamentales del país: social, público y privado. Ninguno de los tres puede sustraerse a esta responsabilidad. Al mismo tiempo hay que poner especial atención al marco jurídico necesario para construir la paz. Hay leyes que no se han aplicado y habrá que elaborar las leyes que sean necesarias para generar los cambios estructurales que sean necesarios para superar los altos índices de violencia, sobre todo la que proviene de las estructuras y de las instituciones.
La violencia incubada en la vida del país es un gran desafío que nos abre la oportunidad para una reconstrucción ética capaz de acotarla de una manera sustancial. Los desvaríos añejos de la corrupción, del individualismo, de la apatía y del abuso del poder nos han hecho tanto daño. Nos hace pensarnos de otra manera, imaginarnos otros horizontes más amplios en los que quepamos todos y nadie sea excluido en razón de consideraciones culturales, sociales, económicas y políticas.
El México violento que somos no es definitivo ni fatal. Ha sido una construcción histórica carente de talante humano y social. Lo hemos generado por irresponsabilidad. Es hora de construir el México que necesitamos todos en el que la confrontación sea sustituida por la colaboración.




