Federico Vite
Tópicos para la sobremesa
Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán, Juan Villoro (Almadía, 2009; 207 páginas), nació gracias a la editorial Alianza, empresa que encargó a Villoro la escritura de este libro para iniciar una colección de relatos de viaje. Era 1989 y Palmeras de la brisa rápida fue bien recibido por el misterioso gusto del lector mexicano. En 1999, Alfaguara reeditó este volumen y 10 años después fue retomado por la editorial oaxaqueña Almadía, la cual ha publicado dos libros más de Villoro: Los culpables (2007) y Llamadas de Ámsterdam (2007). En Palmeras […], Villoro muestra algunos de los trucos con los que ha ganado, con el sudor de su frente, varios y fieles lectores. Con pirotecnia verbal, un estilo ligero y humorista, Villoro describe al “escritor” de ese viaje como un timorato, un misántropo que ni de broma comprende la mecánica del orden doméstico fuera de los márgenes del hogar. Sufre por todo, teme por todo, piensa en todo lo malo para sanarse y emprende el vuelo rumbo a la península.
El Villoro maduro es el de El testigo, esa novela en la que a pesar de su estilo (a caballo entre la mala leche y el humorismo blanco) aún seduce, para bien de las editoriales y la competencia entre narradores mexicanos, a muchísimos lectores, y con ese estilo, tildado de ligero, descubre una nueva forma de hurgar bajo las faldas de la historia nacional. Aunque a mi juicio, el más completo Villoro, el de una gran apuesta por la creación de atmósferas, es La casa pierde, atractiva colección de relatos que le dio un premio codiciado en México, en 1999, el Xavier Villaurrutia. Pero volviendo a Palmeras de la brisa rápida, destaco la voluntad del escritor por considerarse como el punto de referencia, el protagonista de un relato que carece de trama. ¿A qué se enfrenta esa voz? Al asombro, digamos, pero el ejercicio real, el aporte serio del proyecto, es precisamente dotar de sentido un itinerario ligero, una odisea sentimental que invariablemente termina por enlistar las carencias y las ventajas de la vida citadina. Puesto en palabras de Manuel Gutiérrez Nájera, Villoro estaba ahí para ser el testigo privilegiado de lo que carece de importancia, pero la virtud fue precisamente describir el viaje como un diario del asombro humorista, anota emotivos recuerdos, escenas de la vida cotidiana que definen la yucateca manera de tocar el mundo; claro, todo visto por un hombre que lleva la ciudad de México en sus ojos. Con sus grandes distancias, Villoro logra con Palmeras […] algo similar a lo que realizó Jostein Gaarder con El mundo de Sofía en el mercado editorial: crear un best-seller que con el paso del tiempo termina por ser un libro que ayuda a llegar a otros volúmenes mucho más completos, con los que se agrandaría la dimensión de un viaje, en el caso de Villoro, y se lograría la inmersión a la filosofía, en el caso de Gaarder.
Aparte del intento paisajístico de Villoro por recrearnos ese Yucatán, el que vio hace años y con el que tuvo una vecindad sentimental, establece una secuencia de trabajo que caracteriza la mayoría de sus crónicas: la comparación humorista. La creación de una imagen simpática que funge de contrapeso para los hilos del relato. Aparte del usar el humor como tridente, notamos las herramientas del viajero: descripción precisa, recreación del habla coloquial y la construcción de escenas que dibujan el escenario por fragmentos. La pirotecnia verbal de un escritor muy querido por los lectores mexicanos logra sacar a flote un libro que ha tenido buena fortuna, un relato que se sostiene con tachuelas al continente literario mexicano, pero que ofrece un testimonio poco recurrente en la literatura nacional: el placer del viajero extraviado en su propio país.
Villoro destaca al principio de Palmeras […], con el mismo tono personal que caracterizan las siete crónicas de este documento, que su abuela es yucateca de Progreso y de la casta divina (“vivía para ser blanca, decente y hasta santa”), y que la madre también nació en Yucatán. Después de esa confesión, el lector configura el tono del libro, sabe más o menos de qué va esa serie de asombros que han dejado satisfechas a tres editoriales respetables, importantes en México, editoriales que han apapachado mucho al autor de Albercas.
Finalmente, la voz del cronista, ese hombre con herencia de la casta divina, documentó un viaje emotivo, no más, no menos. Cuando Villoro viajó a Yucatán con la intención de escribir un libro, tenía 31 años: el país era distinto, el autor era distinto; aunque la literatura en México parece ser la misma: buena por momentos, irregular, elitista.
Para quienes deseen conocer los alcances de un escritor que ha capitalizado muy bien sus pasiones (el futbol, el rock, la literatura y el viaje), uno de los autores de mayor impacto mediático en el país, Palmeras de la brisa rápida podría funcionar perfectamente como introducción. Que tengan buen martes.




