Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Alcaldes de Acapulco III Gemelli Carreri

Que me esculquen

Don Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo, fue virrey de la Nueva España de 1624 al 1635. No obstante tanto años como representante ultramarino del rey, será hasta el último momento cuando se exhiba como un bribón de siete suelas. Sucederá entonces lo que siglos más tarde será parte de la cotidianidad del poder público. El rey lo echa del cargo acusándolo de “ineficaz y corrupto” pero sin ninguna consecuencia ulterior. Y sin aquél lamentarlo.
Y cómo, pues, si cargaba en sus alforjas un guardadito de 300 mil pesos de “oro de minas”(uno de tales pesos equivalía a 450 maravedíes y con 63 maravedíes se podía comprar una docena de huevos). Los puntillosos contralores incluirán en el faltante una “perla incrustada con diamantes”, obsequio de Felipe IV en aras de la lealtad de aquél servidor novohispano. Aquí, el alcalde Francisco de Ozaeta, se desafana del caso sentenciando: ¡“a mí que me esculquen, cabrones!”.

Cañón de 18

Preocupado por la seguridad del puerto, el propio Ozaeta ordena la fundición en Manila de un cañón de “18” para la Real Fuerza (fuerte de San Diego). Por disposición del mismo alcalde, el aguacil mayor Pablo de Carrascosa alquila una casa particular para que sirva como prisión preventiva. Ello en virtud de que la fortaleza, por orden del rey, deberá albergar únicamente a reos peligrosos.
Antes de morir de piquete de alacrán, el alcalde Ozaeta cesa al tesorero de Acapulco, Bartolomé Rey de Alarcón, bajo la sospecha de ser el autor del incendio que había reducido a cenizas la tesorería del puerto. Lo sustituye Pedro de Torres y Sosa quien se encarga de adquirir una casa particular para la nueva sede de la dependencia. La vende don Francisco Pacheco, en la calle San Juan (hoy, J. Carranza).

El farallón del Obispo

La leyenda en torno a este promontorio de la bahía habla de un ciclón azotando con terrible fuerza al puerto y sobre los temores fundados de sus habitantes de que el puerto pudiera desaparecer. Un cura de NS de los Reyes se convence de que sus palabras no lograrán devolver la tranquilidad a su nutrida parroquia. Decide entonces tomar el toro por los cuernos. Pide a dos mulatos que lo acompañen. Los tres abordan una canoa que el propio sacerdote dirige con rumbo oeste.
La endeble embarcación arriba milagrosamente al morro apenas perceptible a causa del vendaval. El cura lo trepa con dificultad y ya en lo alto clama con los brazos abiertos. Pide al Supremo terminar con aquella pesadilla, aceptando en su mea culpa que Acapulco es, efectivamente, un puerto de pecado durante su feria. No obstante, exonera de culpas a sus moradores quienes son gente buena y temerosa de la ira divina. Termina su plegaria con un ¡sálvalos, señor! , bajando enseguida del promontorio para emprender en retorno.
No podrá hacerlo porque una ola gigantesca envuelve la frágil embarcación tragándose a sus tres ocupantes. Los acapulqueños estarán convencidos de que la temeraria acción del sacerdote los había salvado y en agradecimiento le otorgan, además de categoría de mártir, una dignidad eclesiástica que quizás nunca alcanzaría. Allí está desde entonces, inconmovible, el Farallón del Obispo. Un bautizo, por cierto, oficializado por el castellano Francisco de Larrúa.

Arde el templo

Construido apenas un año atrás en el primer escalón del cerro de La Quebrada, el templo de San Nicolás Tolentino arde en minutos. Misma suerte del caserío de palapa ubicado en su derredor, un asentamiento de soldados negros al servicio de la Real Fuerza. El aire propaga el fuego hasta el convento de San Francisco (ex palacio municipal) con gran alarma de la población. El pánico crecerá cuando las dos enormes campanas caigan desde sus altas torres abriendo una profunda oquedad. Esta dejará al descubierto ocho piezas de artillería, entierro que se adjudicará más tarde al ex gobernador de Filipinas, Sebastián de Corcuera, preso en Filipinas.
El héroe de aquella jornada infernal será el almirante Juan Santiesteban Bracamontes, dirigiendo con arrojo las acciones para salvar vidas y sofocar fuegos. El recién nombrado gobernador no podrá regresar a casa por su propio pie, será llevado en andas muy enfermo. Las beatas diagnostican de inmediato el mal: “es que el pobre anduvo con las “patas-a-ráis” entre lo frío del agua y lo caliente de la quemazón” o “seguro que recibió un chiflón de aire en la espalda con la camisa empapada de sudor”. Sobrevivirá.

Encomenderos

El alcalde mayor de Acapulco, capitán de corazas Diego de Ledesma, urge pagos atrasados a los encomenderos de Xaltianguis y Coyuca: un peso con tres tomines al primero y un peso con seis tomines, al segundo. Les recuerda, por recomendación del virrey García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra, la prohibición de sembrar cañaverales sin permiso de la corona.

El carretón

El castellano Diego de Ledesma conduce él mismo en 1670 la primera carreta tirada por mulas dedicada a la recolección de basura en la ciudad, transporte bautizado en aquél mismo momento como “carretón”. (Hoy sigue siendo el “carretón”, aun tratándose de unidades Mercedes Benz del año).

Compañía de mulatos

Aprueba el virrey Pedro Nuño Colón de Portugal la formación de la Compañía de Mulatos, perteneciente al Batallón de Acapulco, acantonada en la Real Fuerza (fuerte de San Diego). Aprueba, igualmente, que sus jefes, el capitán Bartolomé Pérez y el alférez Pedro Olea perciban un salario de 24 ducados cada mes.
Ni tardo ni perezoso, el gobernador Juan de Zalaeta pide la colaboración de tal compañía para empedrar la calle de San Juan, conocida también como Parián, que comunica la plaza de Armas con la fortaleza (hoy Carranza y Morelos). Pronto se convertirá en un soleado paseo para jinetes.

Patada y coz

Gran alboroto provoca en Acapulco el arribo de un personaje cuya identidad no se revela pero que la gente morbosa no tardará en hacerlo. Los cuchicheos circulan por todo el puerto y estos identifican al hombre como Fernando de Valenzuela. Como tal nombre no significaba nada sin ningún agregado nobiliario, la explicación deberá ser pormenorizada.
Se remonta al reinado de Carlos II, llamado El Hechizado no por ser víctima de ningún hechizo sino por padecer severo retraso físico y mental. Firmaba los decretos reales con un garabato siempre guiado por una mano extraña. La madre, Mariana de Austria, asciende al trono cuando el monarca muere pero lo retendrá muy poco tiempo. Un pariente se lo arrebata enviándola a un convento. Destierro para el favorito.
El tal Fernando de Valenzuela es este último –el querendón de Mariana, pues– y está aquí para ser conducido a Manila donde purgará un destierro de diez años. Suerte de cabrón, dirá aquí la gente. Había brincado de las caballerizas del reino a la alcoba de la reina madre, desde donde había tomado decisiones en asuntos graves del estado. La tuvo, pues, responderán otros. Cumplida la sentencia, Valenzuela se asienta en la ciudad de México, para volver a lo suyo: el cuidado de caballerizas. La falta de práctica le pesará, seguramente, cuando un potrillo dos añero lo mande al otro mundo de tremenda patada y coz.

Gemelli Carreri

El napolitano Juan Francisco Gemelli Carreri, doctor en leyes de 46 años, aventurero trotamundos, hombre de gran cultura y audacia viaja a la Nueva España para arribar a Acapulco el 21 de enero de 1697. Disfrutará aquí de la Feria de Acapulco, el evento anual durante el cual salen a la venta todos los productos orientales traídos por la Nao de Manila (él la llama “de China”). Termina su visita el 17 de febrero del mismo año y la emprende hacia la ciudad de México. Su primera impresión del puerto no podrá ser más desagradable cuando anote en su diario (Viaje a la Nueva España, 1697): “Me parece que debería dársele el nombre de humilde aldea de pescadores, mejor que el engañoso de primer mercado del mar del sur y escala de la China, pues sus casa son bajas y viles y hechas de madera, barro y paja. Es tal la destemplanza del clima en Acapulco, por ser terreno tan fangoso, que hay que llevar de otros lugares los víveres y con ese motivo son tan caros que nadie puede vivir ahí sin gastar en una regular comida menos de un peso cada día. Muchos marinos mueren pues el aire nocivo y el demasiado calor del puerto no permite a los enfermos el menor alivio”.

Acapulco seguro

El recién llegado recorre las pocas habitaciones disponibles pero no toma ninguna “porque fuera de muy calientes, son fangosas e incómodas. Causa por la que no habitan en el puerto más que negros y mulatos, que son nacidos de negros y blancas; y rara vez se ve a algún nacido en él de color aceitunado”. Recurre entonces en solicitud de posada al convento de Nuestra Señora de Guía, donde los monjes franciscanos lo acogen “honestamente”.
Algo, sin embargo, le parece bueno al doctor de Acapulco: “la seguridad natural del puerto que, siendo a manera de caracol y con igual fondo por todas partes, quedan en él las naves encerradas como en un patio cercado de altísimos montes y atadas a los árboles que están en la ribera”.
Cuando cumple apenas tres días en el puerto, Gemelli Carreri ya posee la información exacta de las percepciones de funcionarios reales e incluso del párroco de NS de los Reyes.
“El Castellano gana veinte mil pesos anuales y poco menos al contador y otros oficiales. El cura o párroco aunque tienen por el rey no más de ciento y ochenta pesos de sueldo al año, llega a ganar unos catorce mil pues se hace pagar muy cara la sepultura de los forasteros. Tanto de los que mueren en el puerto como a bordo de las naves procedentes de China y Perú, dejándose pedir por un comerciante acomodado no menos de mil pesos”.
El viernes 25 de enero se inicia la Feria de Acapulco y “el puerto se convierte de rústica aldea a una bien poblada ciudad. Las cabañas habitadas antes por mulatos son ocupadas por bizarros españoles. Habrá concurso de comerciantes mexicanos con muchas cantidades de dinero y con mercancías de Europa y del país”.

El Chorrillo

El turista italiano visita El Chorrillo: “una pequeña fuente situada el pie del monte, único lugar de recreación que hay allí. El agua es muy buena, pero sale en poca cantidad”. (El Chorrillo sigue allí tan campante, en el barrio al que le dio nombre, con más agua que la Capama).
“Jueves 7: dos horas después de comer se sintió un ligero terremoto; aunque este hubiese sido fuerte, el ruido que se oyó antes, producido en los montes, habría dado tiempo a cada persona para salvarse. Son tan frecuentes estos terremotos en Acapulco que es preciso hacer bajas las casas”.
El cronista napolitano inicia el 12 los preparativos de su viaje a la capital de la Nueva España: “Alquilé tres mulas por treinta pesos, teniendo que gastar seis reales diarios en mantenerlas durante el viaje”. Antes de abandonar el puerto, Carreri visita al alcalde Francisco de Meca y Falces y a otros dignatarios locales “para darles las gracias por el mucho comedimiento que usaron para conmigo”.
“El domingo, día 17, por ser el primero de carnaval, después de comer corrieron parejas de caballo los negros, mestizos y mulatos, en número de más de cien. Lo hicieron con tal destreza que me pareció sobresalían en mucho a los grandes que yo había visto correr en Madrid. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían un milla italiana, cogidos unos por las manos y abrazados otros, sin soltarse un momento, ni descomponerse en aquél espacio”.
Al día siguiente, el lunes 18, a las cuatro de la tarde, Juan Francisco Gemelli Carreri emprende el camino hacia la ciudad de México. Cuando atraviesa la hoy cañada del Zopilote, lo sorprende un nuevo terremoto que lo hará exclamar ¡porca puttana!

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