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Carlos Toledo Manzur

La transición guerrerense: del  régimen caciquil al gobierno  verdaderamente de izquierda

 

En los últimos lustros, el estado de Guerrero ha evolucionado a través de un proceso de transición política complicado, que ha pasado por la necesidad de hacer diversos acuerdos para cambiar una realidad sumamente difícil en diversos ámbitos. En efecto, hace poco más de dos décadas, la realidad política del estado estaba completamente dominada por regímenes caciquiles antidemocráticos, en la que la represión contra los movimientos sociales y contra las voces disidentes era brutal. Ese ambiente represivo y de ausencia completa de libertades políticas fue el que empujó, entre otros, a líderes como Lucio Cabañas a optar por la vía armada, y fue también responsable de detenciones, torturas, y cientos de desapariciones y asesinatos en la época de la guerra sucia.
Los esfuerzos y las luchas de mucha gente comprometida con el cambio democrático, en el marco de las reformas político-electorales, ha permitido que la realidad guerrerense haya evolucionado para convertirse en uno de los bastiones de la izquierda a nivel nacional. Gracias a estas luchas, que han pasado por muchas dificultades, se logró que la alternancia electoral fuera posible y ya hace 10 años la izquierda consiguió ganar las elecciones y llegar al poder en el gobierno del estado.
Sin embargo, los dos períodos en los que líderes apoyados por el PRD y otros partidos de izquierda han dirigido el gobierno del estado no han sido administraciones en las que las alternativas izquierdistas hayan predominado. En el primer caso, el proceso de insurgencia electoral llevó al poder a un candidato externo al PRD, Zeferino Torreblanca, un empresario progresista que logró generar un movimiento muy importante entre la ciudadanía, lo que valió mucho para que la izquierda triunfara por primera vez. Sin embargo, no se trataba de un militante de la izquierda y su gobierno, de luces y oscuridades, estuvo lejos de desplegar los planteamientos de esa corriente ideológica para enfrentar los problemas fundamentales del estado y superar la terrible situación de marginación y pobreza que la mayoría de la población padece.
En el segundo período, la administración gubernamental tampoco estuvo orientada por principios izquierdistas debido a que el primero candidato, y después gobernador, Ángel Aguirre fue un líder priista que, al no ser postulado por su partido, optó por cambiarse de bando y ser apoyado por el PRD y las demás organizaciones izquierdistas. Su postulación, negociada y apoyada desde la dirección nacional de esa organización política, en efecto permitió lograr de nueva cuenta un triunfo electoral bastante holgado. Sin embargo, su gobierno, a pesar de que incorporó a varios cuadros de la izquierda, mantuvo muchos de los vicios de las administraciones priistas, como el nepotismo, la corrupción y la improvisación, y acabó en el desastre político que todos conocemos.
En ambos casos, el proceso de transición política guerrerense pasó por acuerdos entre los partidos de izquierda y los candidatos externos que permitieron ganar las elecciones, pero que no representaron una alternativa de transformación profunda del estado, como debería ser desde una perspectiva revolucionaria. El proceso electoral que está en curso, aun inmerso en una situación política muy complicada, puede ser la oportunidad para lograr que este tortuoso proceso de transición arribe finalmente a la constitución de un gobierno estatal verdaderamente de izquierda. Esto puede ser posible debido a que la candidata de la alianza PRD-PT, Beatriz Mojica, es ahora sí una dirigente emanada de las filas de la izquierda y sin lugar a dudas su gobierno, en caso de obtener el triunfo, desplegaría con toda contundencia los principios y estrategias que requiere la complicada problemática del estado.
La polarización que se está perfilando entre los dos únicos candidatos con posibilidades reales de ganar hace que la disyuntiva de los ciudadanos esté muy clara. Beatriz Mojica representa la consolidación del proceso de transición y el arribo de un gobierno verdaderamente de izquierda, y Héctor Astudillo, representa la interrupción del proceso y el retorno hacia esa realidad del pasado caciquil y antidemocrático.

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