Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

¡Cuantos años crees que tengo yo, jolines!

Nuestros amigos gallegos nos llevaron una tarde a conocer el parque ecológico de la Coruña, ubicado en una loma que mira al mar Cantábrico. Unos cañones gigantescos, usados en la segunda guerra mundial, constituyen parte del atractivo de éste lugar que ahora es un paseo.
Además de darnos alojo nos pasearon por el puerto cuya ciudad nos impresiona por sus altos y modernos edificios que son un derroche de cristales en sus fachadas, y las rías, como le llaman a la desembocadura de un río dominado por un brazo de mar y sujeto al vaivén de las mareas que, cuando bajan descubren lodazales inmensos donde cada mañana vemos grupos de personas que escarban en busca de almejas.
El centro de Coruña son vialidades y tiendas modernas, bancos y cajas de ahorro, monumentos y jardines con rosales.
La ciudad se extiende sobre una península unida a tierra firme por un istmo estrecho, casi al nivel del mar que impresiona.
Cuando pasamos por el istmo la pregunta que me salta es si el mar alguna vez ha inundado la ciudad. Esta pregunta me la reservo mientras pongo atención en todo lo que mi amigo explica sobre cada palacio, iglesia o monumento, resaltando si unos son romanos o románicos, como diferencian aquí a las construcciones que se levantaron durante el imperio y aquellas recientes que tomaron su estilo.
Rumbo al parque ecológico pasamos por la columna de Hércules que mi amigo clasifica como una construcción romana, y en el camino podemos ver los letreros que anuncian las distancias en kilómetros que hay desde ése punto a los puertos más alejados del mundo.
Habíamos llegado de Madrid mi mujer y yo, para conocer la catedral de Santiago de Compostela en la ciudad capital de Galicia, que forma parte de la región de la Coruña.
Nuestro amigo, gallego para más señas, se revela como uno de los más vastos conocedores de España y sus regiones debido a su antiguo trabajo como vendedor de equipos para hospitales que le permitió recorrer varias veces su país.
De lo que cuenta nos parece que en algunas cosas exagera o inventa, pero eso no nos afecta, salvo cuando pretende saber y opinar de todo, buscando a toda costa nuestra aprobación.
Cuando estamos en la punta de la ensenada mirando chocar violentamente las olas del mar cantábrico contra las rocas, le pregunto a mi amigo cuántas veces se ha metido el mar a la ciudad, y luego de pensarlo me responde que una vez, hace cien años.
Como está muy en su papel explicando los pormenores de esa inundación, mi amigo no repara en el hombre que viene bajando por el camino y que ha escuchado atento su afirmación.
Se trata de un señor de edad avanzada, quizá de 80 años, pelo completamente blanco, frente amplia, vestido todo de negro y con un clarinete bajo el brazo. En ése momento que lo veo no alcanzo a preguntarme si vendrá saliendo de un concierto o simplemente de hacer escoleta en la cima del parque; tampoco si vendrá molesto porque no todo le salió bien, o simplemente cansado.
Todas estas son preguntas que me surgen después del contratiempo que provoca. Yo reparo en ése personaje hasta que se para frente a nosotros y con toda autoridad suelta:
–Lo que dice éste hombre es una vil mentira, el mar nunca se ha metido en la ciudad, confirma, mientras espera a escuchar la reacción del denostado.
Nuestro amigo muestra cara de sorpresa frente al desconocido y en su desconcierto trata de reafirmar su dicho y de desacreditar al entrometido.
–¡Coño, claro que es cierto lo que digo!, eso está documentado en la historia de la ciudad, dice exaltado mi amigo.
–¿Usted lo vio? Porque mire que yo soy más viejo nacido en éste lugar, y no recuerdo haber visto ni una sola vez lo que usted dice.
Mi amigo, ubicado en el completo desconcierto sólo responde por no dejar
–¿Pues cuántos años cree que tengo yo, jolines?
Lo anterior lo dice mi amigo sin ninguna lógica ni miramiento porque, en efecto, nuestro amigo era mucho más joven que el músico entrometido.
Pero el acabose fue lo que escuché de mi esposa quien jocosamente intervino en la discusión:
–No te preocupes, nosotros te creemos a ti, dijo queriendo ser condescendiente con mi amigo al tiempo que reprobaba despectiva la intromisión del músico, quien al escuchar esa respuesta optó por seguir su camino.
Fue la última vez que tocamos el tema en ése viaje.

Aquí yo soy el que despacha y a éste nomás lo tengo de parapeto

Era la hora de más calor en el bulevar de las Naciones cuando la sed nos obligó a pararnos frente al puesto de cocos.
El vendedor ambidiestro manejaba con destreza el machete costeño con el que labraba asombrosamente rápido cada coco, pero no se daba abasto.
Cerca de él otro joven que parecía su ayudante, con la camisa arremangada, de pelo a rape y barba incipiente, sólo miraba la acción a pesar de que eran varios los compradores que a esa hora se habían juntado.
Entonces el comprador recién llegado se dirige al ayudante y le pide con urgencia.
–Quiero dos cocos de media agua.
El ayudante toma el machete sin filo que está junto al montón de cocos y pregunta al comprador de cuáles quiere.
–Quiero dos cocos de media agua, tu escógelos.
Entonces el ayudante toma uno de los dos cocos que están junto a sus pies y comienza a labrarlo torpemente con el machete sin filo.
Los machetazos sin ton ni son del ayudante llaman la atención del despachador quien deja un momento su labor para acercarse y le dice al comprador.
–¡Que no ve! éste cabrón se quedó en el viaje y no entiende ni madres. No sirve para nada, nomás lo tengo de parapeto.
–Aquí el que único que despacha soy yo y usted tiene que esperar su turno, dice reconviniendo al comprador urgido.
–Y tú, chíngale a juntar la basura que es lo único que sabes hacer, le manda al ayudante que inexpresivamente atiende la orden.

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