Fernando Lasso Echeverría
Los vicios de la Secretaría de Salud estatal
Hace 40 años, realicé mi maestría en Salud Pública en el ahora Instituto Nacional de Salud Pública, enviado por la Secretaría de Salud estatal, institución siempre ávida por este tipo de especialistas. En aquel entonces, la institución llevaba el nombre de Servicios Coordinados de Salud Pública, y dependía de la Dirección de Salud Pública en Estados y Territorios. Guerrero siempre se distinguió por tener distinguidos sanitaristas de carrera como jefes de Servicios Coordinados de Salud Pública, pues éstos eran enviados por la federación cuidando mucho el perfil profesional de los directivos, redundando ello en una eficaz administración que con recursos humanos, financieros y materiales mínimos controlaba con éxito los problemas sanitarios de la población del estado. Entre ellos, es de recordarse al Dr. Augusto Fujigaky Lechuga, originario de Chichihualco y jefe de los Servicios Sanitarios del estado en dos ocasiones, quien no sólo fue un directivo capaz en todos los aspectos, sino un verdadero maestro para todos los que trabajamos como sus colaboradores. Posteriormente a su última estancia aquí, fue nombrado director general de los Servicios Coordinados de Salud Pública en Estados y Territorios.
La medicina preventiva era su doctrina, y se preocupaba mucho por los programas de salud preventivos. Él sabía que teniendo coberturas satisfactorias de vacunación, nunca íbamos a tener brotes de padecimientos –ni muertes infantiles– evitables por este mecanismo; que con ello íbamos a impedir camas de hospitales ocupadas con enfermos de tos ferina, tétanos, difteria, poliomielitis, y la mortalidad infantil por estas enfermedades; Fujigaky sabía que con acciones adecuadas contra los mosquitos (control larvario y fumigaciones) y el tratamiento oportuno en los palúdicos no íbamos a tener brotes de paludismo, padecimiento muy frecuente hasta los años noventa, medidas que ahora son igualmente útiles en la ya vieja epidemia de Dengue que padecemos en Guerrero, y en la de Chikungunya que se inició recientemente; él estaba seguro de que con un eficaz programa de anticoncepción entre la población y educación sexual efectiva en las escuelas, íbamos a evitar embarazos en adolescentes, ocupación excesiva de camas hospitalarias por parturientas o por abortos, y por supuesto íbamos a abatir tanto la tasa de natalidad como la de mortalidad materna estatal; él estaba seguro de que invirtiendo en Centros de Salud ubicados estratégicamente en la geografía del estado se atendería oportunamente a la población y disminuiría notablemente la onerosa demanda de urgencias hospitalarias. Él insistía –ante la administración estatal y en las municipales– en la construcción de drenajes y sistemas de abastecimientos de agua potable, porque de esa manera se evitaban las epidemias de diarreas como el cólera y otras enfermedades de origen hídrico, y nos recordaba algo fundamental en salud pública, que las enfermedades infecciosas o parasitarias nunca se controlarían satisfactoriamente en el mientras no se modificaran los factores socioeconómicos que las mantenían en la población. En realidad pues, ratificamos con él lo aprendido en la Escuela de Salud Pública, que es tanta la utilidad de la medicina preventiva que no sólo beneficia a la población, sino que también abate costos en todas las áreas operativas institucionales.
Las cosas marchaban favorablemente en salud en el estado hasta que, a mediados de los años ochentas, la federación descentraliza administrativamente la operación de los servicios de salud y llega la debacle, a pesar (o quizá por eso) de la llegada de recursos económicos en montos nunca antes vistos, y la libertad de que el gobernante en turno nombrara a su Secretario de Salud. Fue entonces, cuando empezaron a llegar secretarios sin ninguna preparación sanitaria; desfilaron por ahí distinguidos médicos clínicos y uno que otro médico más dedicado a la política que a la medicina; ninguno de ellos con el conocimiento necesario de los programas fundamentales de la secretaría; ignorantes absolutos de las funciones de esa gran institución que, bien manejada, es básica para el bienestar común de la población guerrerense. Por otro lado, la Secretaría se volvió una gran caja del gobernador en turno; un verdadero botín… y para ello siempre había que poner en la subsecretaría de finanzas a un incondicional del ejecutivo estatal distante del secretario, con las suficientes mañas administrativas para allegarse un importante porcentaje de los recursos federales, que la secretaría recibía –a través del gobierno estatal–; personajes que generalmente chocaban con el secretario en turno tratando de imponer su autoridad y sus condiciones. Esto ocasionó que a veces el titular de la Secretaría se la llevara de muertito para evitar conflictos políticos con el sub de finanzas, o hasta con el gobernador que lo impuso, y bueno… todo mundo lo pendejeaba, pero terminaba su periodo con éxito.
Esta pugna ha bajado a todos los niveles, pues los subsecretarios (con alguna excepción) además de no ser sanitaristas de carrera que pudieran apoyar técnicamente al secretario, son recomendados por el partido o por altos funcionarios, lo que los hace sentirse intocables y un tanto independientes de la autoridad formal, volviendo un caos la administración de la Secretaría, hecho que se ha reflejado históricamente en los bajos logros de los programas, en perjuicio de la población atendida. Lo peor es que esto ha perjudicado también al nivel operativo. Los directores de hospitales regionales y los jefes de jurisdicción son nombrados por el secretario de Salud, pero los administradores hospitalarios y jurisdiccionales por el subsecretario de Finanzas, estableciendo también en este nivel un mando paralelo que provoca conflictos de autoridad y perjudica mucho la operación de los programas afectando sus objetivos, pues los administradores –todo el mundo lo sabe– tienen que pasar corriente a la administración central. Por ello gozan de libertad absoluta para manejar los recursos económicos jurisdiccionales, las plazas que le toque manejar cada año y los recursos materiales correspondientes.
Luego, esta situación se va replicando en los centros de salud más importantes; al director médico lo nombra el jefe jurisdiccional, y el que maneja el recurso económico es puesto por el administrador jurisdiccional. Todo lo narrado explicará al lector el porqué del funcionamiento caótico de las unidades operativas, su deterioro físico, la falta de equipamiento, vacunas y medicamentos, y sus deficiencias en general.
Pero no sólo el nombramiento de directivos sin capacidad sanitaria ha sido un problema tradicional de la Secretaría de Salud, no; es la corrupción tan acentuada en todos los niveles que logra también mellar en forma importante los programas sanitarios de la Secretaría. Los desfalcos han sido tan notables que los involucrados han inventado mecanismos novedosos para ocultar los cuantiosos desvíos, buscando la impunidad, y así por ejemplo hubo una subsecretaria de Finanzas a la que “le robaron” todas las computadoras con información administrativa y contable. Una mañana, la Subsecretaría de Finanzas amaneció sin computadoras y, obviamente, sin ningún disco duro comprometedor, porque en la noche anterior entraron a robarse los aparatos sin que nadie notara nada; hubo un director del Programa Seguro Popular (el programa que maneja los recursos más cuantiosos de todos los que lleva a cabo la Secretaría) que una noche mandó a una turba de facinerosos encapuchados a quemar todos los archiveros y computadoras con información “peligrosa” para él y sus superiores con quienes compartía los beneficios conseguidos con truculencias administrativas, como la de adquirir facturas de compra de equipo y medicamentos a precios infladísimos, y que sumaban cientos de millones de pesos; concesión de plazas a docenas de aviadores con sueldos de ejecutivos, gastos e inversiones fantasmas, etcétera.
Este mecanismo para desaparecer pruebas ha sido muy usado después por otras administraciones; recientemente, alguien aprovechó el río revuelto provocado por los maestros para meter también gente encapuchada a los edificios de Finanzas y de la Contraloría en Palacio de Gobierno (pura casualidad ¿no?) a quemar la información contable y administrativa comprometedora en discos duros y en papelería impresa. Un amigo personal que trabajaba ahí me informó que –entre otros documentos delicados– desapareció un expediente impreso en papelería y guardado en disco duro, por 1943 millones de pesos que no pudo comprobar otra subsecretaria de Finanzas en salud más reciente que la mencionada, y cuyo proceso de investigación estaba en desarrollo. Ésta sólo un año había estado en el cargo.
Pero si los jefazos cometen estas graves faltas administrativas tan lesivas sanitariamente para la población, cuyo saqueo van distribuyendo en cascada, con los funcionarios de medio pelo que tienen que firmar como corresponsables documentos riesgosos para su persona, qué podemos esperar –con esos ejemplos– de los subalternos de poca monta… exactamente lo mismo. Aquí en Chilpancingo, corrió el rumor el año pasado entre el personal de Salud, que la constante falta de medicamentos, métodos anticonceptivos y vacunas en los centros de salud era porque personal del almacén central los vendía a farmacias con pocos escrúpulos del estado, y las vacunas, a algunos pediatras y médicos generales deshonestos. Y aunque el comentario era fuerte y persistente no quise creerlo, pero el sospechoso incendio que acabó con el almacén y todo lo que en él había (impidiendo un inventario) terminó con mis dudas. Lamentablemente, con estos hechos, la población más desprotegida de Guerrero es la más perjudicada, pues sin el apoyo de la Secretaría no curan ni controlan sus males porque carecen del dinero para comprar sus medicamentos. Actualmente, los diabéticos y los hipertensos registrados en los centros de salud tienen varios meses sin recibirlos porque no hay estas medicinas. Esto, obviamente aumenta las complicaciones y la mortalidad de los enfermos.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos ante esta ola creciente de codicia? En un mundo egoísta donde ya se perdieron los valores éticos y morales, en un mundo donde la mayoría quieren hacerse de dinero a corto plazo y sin esfuerzo, en donde cualquier cargo es ocupado por personas que sólo piensan en servirse, no en servir a la población. ¿Cuándo tocaremos fondo y el proceso de corrupción empezará a revertirse en la sociedad? ¿Cuándo recuperaremos la vergüenza y la dignidad? Porque a estas personas, en realidad, no les importa que la población se dé cuenta de sus pillerías y que los señalen públicamente, siempre y cuando no los castiguen legalmente y pierdan su libertad, o los obliguen a devolver lo escamoteado a la institución.
En el caso específico de la Secretaría de Salud, ¿Cuándo tendremos sólo sanitaristas de carrera como secretarios y subsecretarios de Salud? Profesionales que no sólo tengan interés en mejorar la salud de los guerrerenses, sino que sepan cómo hacerlo; profesionistas a los que les interese más la salud de la población que hacerse millonarios de la noche a la mañana. Ha habido propuestas de iniciativas de ley en la Cámara de diputados local, en donde se ha planteado que los nuevos secretarios de Salud deben tener la maestría en Salud Pública o, mínimo cinco años de experiencia en la administración sanitaria; sin embargo, todas han sido frenadas por congresistas con intereses obscuros, y por eso cualquier médico sin la preparación necesaria puede ser secretario de Salud sin obstáculo alguno, basta con que sea del círculo íntimo del gobernante en turno o haya colaborado económicamente en forma cuantiosa con la campaña electoral para lograr el nombramiento como compensación. Ojalá que el próximo gobierno tome en cuenta el Artículo Cuarto de la Constitución, que marca a la salud de la población como un derecho constitucional, y ponga interés en instalar una buena administración sanitaria que realmente le sea útil a la población guerrerense, y a él mismo como mandatario ejecutivo del Estado.
* Ex presidente de la Sociedad Médica de Chilpancingo y ex presidente del Colegio Médico Estatal.




