Federico Vite
Apuntes de la no ficción
No hay duda de que en este ámbito, en el de hurgar las piernas del presente bajo la falda de la realidad, en el del tête à tête con la existencia, nos llevan un paso adelante los reporteros. Son los que se encargan de dotar de volumen el doméstico paso del tiempo, el día a día leído entre las páginas, porque aunque suene a canción de Gian Luca, es gracias a ellos que podemos leer nuestra historia (entre sus dedos). Y para regocijo de los lectores inquietos, empiezan a ganar espacio las secciones de no ficción en las librerías. Sí, así como lo lee, hay un espacio dedicado en los altos y largos estantes de las novedades editoriales para un género que desde la segunda mitad del siglo pasado ha sido muy bien recibido por los lectores estadunidenses: No ficción.
Bajo la óptica del reportero, el tema es la noticia, el hecho que nos obliga e impele a contar por fragmentos el todo de una región. El reportero llena un espacio que dota de sentido, y documenta a cabalidad, la relevancia de un hecho noticioso. Pero a falta de espacio en los diarios (han notado que cada vez se privilegia más el diseño editorial que el contenido) se ha iniciado la andanada de libros con una trama en apariencia difusa, escandalosa, textos que nacen como derivas de un relato noticioso y casi siempre de cariz violento: el gran ejemplo de la no ficción siempre será A sangre fría (1965), aunque Jack London hizo magia publicando The people of the Abyssen 1903, y para deleite del continente literario, el argentino Rodolfo Walsh publicó Operación masacre en 1957 (libro fiel a los cánones del realismo que sirvió para entender y denunciar, con repercusiones legales, los abusos de poder del gobierno argentino en un contragolpe militar en 1956), ocho años antes de que Truman Capote adquiriera fama como el creador de la novela de no ficción.
Cuando hablamos de la no ficción, hablamos del riquísimo entramado que se anuda y se desanuda por acumulación de conflictos e intereses en lo cotidiano y, que por la fugacidad del instante o la flamígera injerencia de lo político en la vida doméstica, sólo puede ser comprendido cuando alguien ordena ese relato, une los pedazos del rompecabezas e interpeta los huecos informativos con hechos aparentemente aislados, revela con claridad los motivos de los actantes e incluso los noveliza.
La no ficción es un caldo de cultivo vasto, una acumulación de asombros que se encuentra ahí, en espera del ojo avizor para dotar de significado la trama oculta de la aparente tranquilidad cotidiana. Es el relato que trasciende lo anecdótico, el que escudriña en los orígenes de algunos problemas sociales, el que documenta los modos expresivos de la gente.
En la esencial escuela del periodismo (charlas en la sala de redacción, los apasionados gritos entre editor, reportero y jefe de información, la defensa a ultranza de las ideas, las comidas a deshoras, y la competencia diaria por la noticia) se sueña con un retiro exitoso, logrado gracias a la publicación de una novela, libro que debe darle al autor una suma cuantiosa de dinero y, ese mismo libro, propicie que el reportero se convierta en artista o intelectual (ya no más una callejera ni street fighter, como cantan los chicos de Calle 13), para que nunca más ese hombre deba aporrear el teclado de su computadora bajo las órdenes de trabajo de un diario. Para bien del oficio literario y del periodístico, la no ficción hermana las titánicas faenas diarias del reportero con las del escritor en su torre de marfil informativa. Este género híbrido permite soñar con la creación de libros que dejen buenos dividendos económicos al autor, libros que adquieran domensiones literarias, documentos útiles incluso para la defensa de causas sociales. Apóyemonos en los no ficcionistas, los amantes de la literatura y esposos del diarismo para entender qué pasa en los escenarios de los diversos Méxicos, en los que, por supuesto, no vive ni pasea ni se asoma Peña Nieto. Porque como bien refiere Roland Barthes en El grado cero de la escritura: lo único que no tolera la burguesía es que le cambien la sintaxis. Y me parece que la no ficción es una apuesta por sacudir la gramática del poder en el correlato informativo de la vida nacional. Que tengan buen martes.




