Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Alcaldes de Acapulco (IV)  Piratas al ataque

*Para la Comunidad Politécnica de Acapulco y su nueva directiva encabezada por el ingeniero Alcibíades Fajardo Zúñiga

Visita de un dignatario

Acapulco se arma de fervor y se viste de fiesta para recibir la visita pastoral del arzobispo de México, don Juan Pérez de la Serna, la primera de una alta jerarquía eclesiástica en casi dos siglos. Los acapulqueños echan la casa por la ventana, adornan bellamente la ciudad, visten sus mejores galas y ofrecen al prelado ricos obsequios.
El alcalde mayor y el párroco de N.S. de los Reyes encabezan la bienvenida tumultuaria acompañada de rezos y cánticos. Tiene lugar en una ranchería ubicada a poca distancia de la ciudad, conocida como Las Cruces. Alude a tres de tales símbolos de madera prendidos en una roca enorme, convertido en un altar ante el cual los viajeros oran o se santiguan al emprender el viaje a la capital novohispana.
El arzobispo Pérez de la Serna bautiza aquí a niños indios, mestizos, negros, mulatos y chinos; santifica templos y entre otros eventos es llevado a conocer la construcción de la Real Fuerza (Fuerte de San Diego), en proceso final de construcción. No tendrá empacho en bendecir la placa que se colocará una vez terminada la obra:
“Reinando en las Españas Indias Orientales y Occidentales la majestad del imbicritismo y católico rey D. Felipe nuestro señor tercero de este nombre, siendo su virrey lugarteniente y capitán general de los reynos de la Nueva España don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcazar, se hizo esta fortificación. Año de 1616. Ingeniero Adrián Boot”.
Antes de emprender el regreso a la Metrópoli, el dignatario bendice a Acapulco y los acapulqueños quienes lo acompañan en procesión hasta las mismas Cruces. “¡Buena falta que nos hacía: éramos un pueblo endemoniado!”, aceptará una beata.

San Payo y Santa Sabina

La capilla dedicada a San Payo (santo patrono del obispo de México, Payo Enrique de Rivera) y a Santa Sabina, en terrenos inmediatos a la Real Fuerza (Fuerte de San Diego), es bendecida por el presbítero Gonzalo de Silva Camacho, el 27 de abril de 1675. Al día siguiente, el párroco de Acapulco, doctor Cristóbal López Osuna celebra la primera misa con la asistencia del alcalde Juan de Zelaeta y otras personalidades. El inmueble medía 13 varas de largo por 8 de ancho y 11 de alto con techumbre de madera y teja (vara: 83.5 centímetros).
La obra había tenido un costo de 6 mil 851 pesos, producto de limosnas y aportaciones.
Fue ejecutada por el alférez y maestro de arquitecto Diego de Barcelona, quien comparte las felicitaciones por lo bello del templo con el capitán y jefe de albañiles Bartolomé Pérez. Ambos destacan los méritos de los artífices canteros: Luis Hernández, Pedro de Rivera, Miguel Díaz, Pablo González, Andrés Gómez, Domingo Carreón, Martín Silvestre, Juan Ramos y los hermanos Juan y Vicente León e Ignacio y Pedro de la Cruz (nombres de hoy mismo).

La remoción

El aludido virrey don Payo premia el buen desempeño del alcalde Zelaeta otorgándole una comisión junto a él, en la sede del virreinato. Nombra para sustituirlo al maestre de campo y general Antonio Polo y Navarro, añadiendo a la dignidad de alcalde mayor las de castellano, capitán a guerra y capitán general de Acapulco.
No pasará mucho tiempo para que el flamante alcalde sea acusado de autorizar en provecho personal juegos de azar durante la Feria de Acapulco. Las denuncias no llegan al virrey en la capital de la Nueva España, pero sí cruzan el Atlántico hasta Madrid y a las propias manos del monarca quien, iracundo, ordena una investigación y castigo para el funcionario con las uñas largas.
En Acapulco, mientras tanto, un mortal ataque cardíaco salva a Don Antonio de la vergüenza pública de ser investigado por corrupto. Él, como todos los altos funcionarios de la Colonia, le temía al “Juicio de Residencia” más que al propio Lucifer. Consistía éste en la remoción inmediata y el arraigo del enjuiciado. La investigación se centraba en la cuantificación de la fortuna del sujeto al asumir la función pública y el estado de la misma en el momento de dejarla. Se investigaba también a parientes, favoritos y favoritas.
El juez de residencia, por su parte, abría asambleas públicas para recibir las quejas de la población sobre el comportamiento y conducta del indiciado. Para probar la imparcialidad del procedimiento se recordaba que el primer enjuiciado había sido el propio Hernán Cortés, aunque sin haberse llegado nunca a la sentencia. Y es que no contaban con la astucia del conquistador quien era, en opinión del jurista Carlos Iglesias Soto, “más cabrón que bonito”.
Lo dicho. Las autoridades hacendarias se lanzan al aseguramiento de los bienes de Polo cuando su cadáver aún está tibio. Los embargan hasta cubrir 10 mil pesos, cantidad que aquél había recibido para reparaciones en la fortaleza de San Diego. En sus prisas, los auditores del rey cometerán la pifia de embargar bienes por tres mil pesos de un vecino del ex alcalde, Juan de Jubesa. Éste logrará recuperarlos después de cuatro años de litigios.

Nuevo alcalde

Para sustituir al difuntito, el virrey Antonio de la Cerda y Aragón, conde de Paredes y marqués de La Laguna, nombra como alcalde de Acapulco a don Fabián Dávila Salazar, cuyas cuna, estirpe, mañas, virtudes y defectos son ignorados por los acapulqueños.

Subasta de empleos

Don Pedro Gil de la Sierpe llega al puerto para hacerse cargo de la tesorería, designado por el virrey De la Cerda. A nadie extraña en el puerto que el nuevo funcionario no sea pariente, amigo o compadre del marqués de La Laguna. Y es que ya era cosa vieja la subasta de cargos públicos.
Don Pedro Gil, por ejemplo, había pagado para ser tesorero del puerto 6 mil 300 pesos al chas-chas, más un pagaré por 2 mil 800 pesos para cubrirlo seguramente con sus primeras movidas. La plaza de contador de la caja real de Acapulco le saldrá a Francisco Meca y Falces en 6 mil pesos cerrados y sin ningún pago extra. El rey autoriza más tarde al tesorero y al contador salarios anuales de 300 mil maravedíes (con 55 maravedíes se podía comprar un pollo).

Guarda mayor, menor

El nombramiento de Guarda Mayor de Acapulco provoca extrañeza en la ciudad por su origen inédito. Lo hace directamente el rey Carlos II en favor del residente madrileño Bernardo Ordóñez, quien cubre inmediatamente 3 mil pesos en calidad de anticipo y ofrece pagar los otros 3 mil apenas pise la Nueva España.
El Guarda Mayor llega finalmente al puerto y para sorpresa de los porteños se trata de un joven delicadito con el uso ceceante e indiscriminado de coños y jolines. Dando por descontado que se trata de “un pollito implume”, sus subordinados planean desde entonces ganárselo acercándole una o varias negritillas con grupas de protranquitas cerreras. ¡Error! Más bien, ¡horror!

Bizcochos

Atento a las constantes quejas de tripulantes y pasajeros de la Nao de Manila sobre la calidad de los bizcochos que consumen en el viaje de dos meses, el alcalde Dávila Salazar se pone de acuerdo con su homólogo de Puebla de los Ángeles para atender la queja.
Famosa por su tahona y en general por su comida, Puebla surtirá de bizcochos al puerto hasta por 240 quintales en cada envío. Se trataba de panes de harina muy delgados y con doble cocción para eliminar cualquier vestigio de humedad. Tan duras que para comerse debía remojarse en cualquier líquido. Se les conocerá como “pan de barco” o “galletas marineras”.

Colecta

Acapulco y los pueblos pertenecientes a su “partido” o jurisdicción –entre ellos Coyuca y Xaltianguis–, cooperan con fe y entusiasmo para la construcción de la catedral de la Ciudad de México. La última entrega del alcalde a las autoridades eclesiásticas (1691) alcanzó los 38 pesos, 7 tomines de oro y 11 gramos del mismo metal.

Hospital

Un terremoto que sacude al puerto el 2 de julio de 1685 destruye buena parte del Hospital de Nuestra Señora de la Consolación. Solo quedan en pie la capilla y la habitación del administrador fray Juan de Castañeda, quien ordena ubicar las 36 camas ocupadas en la capilla y en los corredores. Viaja enseguida a la capital para solicitar al virrey la urgente rehabilitación del inmueble, con tan buena suerte que es escuchado.
Para diciembre del mismo año ya estarán en el puerto los maestros de carpintería y albañilería Bartolomé Pérez y Tomás Cruz, respectivamente, para cuantificar los daños y emprender desde luego las reparaciones. El presupuesto ascenderá a 11 mil 217 pesos, que ni por pienso había en las arcas reales. Frente a inopia tan angustiosa, el alcalde Miguel Gallo recurre al auxilio de su homólogo de Tixtla, obteniendo una respuesta más que satisfactoria. Por su parte, los religiosos de la orden de San Hipólito realizarán colectas hasta lograr año y medio más tarde la rehabilitación total del nosocomio.

Piratas al ataque

Dos naves piratas aguardan frente a la Bocana la salida de una nao peruana con grandes riquezas en su panza. Impaciente por la tardanza de la embarcación en zarpar, el pirata inglés William Dampier ordena a su feroz lugarteniente Townley entrar al puerto por los peruanos. Lo hace en dos lanchas con 150 hombres armados hasta los dientes, ansiosos por obtener oro y degollar cristianos. Dampier, dicho sea en honor de la verdad, era hombre de ciencia, investigador notable y erudito cartógrafo. Lo de pirata, un mero pasatiempo.
No contaban los depredadores con la valiente recepción de los acapulqueños. Las bocas de fuego del fuerte disparan bombardas y cañonazos nutridos con piedras, pero aun así logran los invasores llegar la playa. Aquí no será diferente. Bien pertrechados, los civiles darán también una fogosa recepción impidiendo a los piratas acercarse a la nave peruana. Townley, famoso en los mares que como un cruel sanababiche, ordena la retirada. Ya a bordo de nave capitana, Dampier no acepta ser derrotado por un grupo de tontos aldeanos y enfila las embarcaciones con dirección a Caleta. Aquí no será diferente, la defensa civil será contundente. “¡Pinche indiada, mejor nos vamos!”, exclama el capitán en pulcro inglés oxfordiano.
El alcalde Dávila Salazar homenajeará a los defensores de Acapulco matando dos vacas, 20 cuches, 40 gallinas y 65 iguanas. Además de harto chínguere.

El Popo

Una erupción de fuego del volcán Popocatepetl, en octubre de 1697, provoca aquí un severo terremoto que destruye casas y edificios públicos. Estará entre ellos, para congoja de la población, la parroquia de Nuestra Señora de los Reyes (mismo sitio de la actual catedral). El párroco José Villafuerte Zapata ofrece la misa dominical entre ruinas y su sermón será una convocatoria a los acapulqueños para edificar un nuevo templo. La respuesta será inmediata y entusiasta, tanto que en dos años se habrán levantado las altas paredes de la flamante parroquia.

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