Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Vite

Paisajísticos de la barbarie

 

La división del mundo en centro y provincia, como bien destaca Ryszard Kapuscinski en El mundo de hoy. Autorretrato de un reportero (Anagrama, 2004, 234, páginas), ha derivado en los conceptos de civilización y de barbarie. El reporterazo polaco afirma en esta selección de ensayos, conferencias y entrevistas que más allá de las fronteras de la civilización se extiende un mundo bárbaro que el centro percibe como inferior, amenazador e incomprensible. El juego de tres pasos, inferioridad, amenaza e incomprensión funge muy bien como una regla para entender las opiniones de algunas celebridades que se aproximan, casi casi a palazos, a la realidad de ciertos estados del país. Pulen, desde un epicentro informativo, su uniforme del intelectual progresivo e ilustran a los lectores sobre los estallidos sociales, las injusticias y las masacres orquestadas por el poder (no precisamente el Estado). Insisto: dan un correlato del poder, pero del que ejercer como figuras mediáticas, no de lo que realmente pasa. Siempre se agradece que alguien opine, se atreva a hablar de lo que duele, porque sus frases sirven para sumar, desde diversas perspectivas, las versiones que explican injusticias y homicidios, como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
El reportero Eduardo Febbro entrevista a Juan Villoro. En el documento, publicado por el diario electrónico Página 12, el autor de El testigo diserta sobre los motivos que a su juicio han generado tanta indignación por la masacre de normalistas en Iguala. Afirmaciones contundentes, que funcionan muy bien para el dispositivo mediático en el que se desempeñan ciertos autores, escritores buena onda: críticos, quienes se manifiestan ante cualquier injusticia y se suman a cuanta protesta sea posible. Lo mínimo que puede hacerse ante una injusticia es denunciarla, eso siempre me parecerá loable, necesario, ético. El reportero pregunta: “¿Para usted, lo que ocurrió en Iguala con los 43 estudiantes de Ayotzinapa, asesinados y desaparecidos, es el resultado o la convergencia de qué otros factores?”. Febbro exige un contexto. El reportero confía en su fuente y espera más que un recuento histórico, una tesis. Villoro explica: “Creo que en Ayotzinapa se cristalizaron tres factores de la historia reciente de México. Uno, es el desgaste acumulado de la violencia. El presidente Felipe Calderón estuvo como mandatario de 2006 a 2012 y salió del poder dejando atrás 80 mil muertos y 30 mil desaparecidos. Estas cifras han ido aumentando con el tiempo. En esta situación de desgaste terrible Ayotzinapa representó un basta ya, fue la gota que acabó derramando un vaso que se había colmado. Pero también está el tema de los 43 estudiantes desaparecidos, esos normalistas, es decir, futuros maestros. Entonces ¿qué sucede con un país que pierde lo mejor que puede tener, o sea, aquellas personas que enseñan a escribir y a leer? Yo creo que eso significa en el imaginario colectivo la derrota de la esperanza, la cercenación de un capital de futuro de la sociedad. Y por último –y quizá lo más determinante–, los muchachos fueron entregados al crimen organizado por la policía. Esto habla de la total connivencia de los supuestos representantes de la ley y los delincuentes. Estos tres factores son decisivos para entender el tema de la violencia y la indignación que produjo Ayotzinapa”.
A grosso modo, Villoro ajusta la respuesta. Aparte de lo referido por el laureado novelista, viene a nuestra mente el narco como verdadero eje de poder, la radicalización de la violencia por la pelea de las plazas, la mirada estrecha y obtusa de los políticos, el discurso demagógico, anquilosado, todo ello suma otras características que ciertamente derivan en la desigual distribución de riqueza (caso aparte, el cinismo para despachar desde un cargo público a beneficio del narco). Pero si reflexionamos un poco más, notamos que la nueva estructura de poder, narco-Estado, es la piedra angular del discurso, esa gramática de la violencia que destruye todo y enfatiza los errores de una democracia que no ha dado buenos dividendos a los ciudadanos. La reflexión a ras a de piso, la real, como vemos, no se encuentra en las palabras de Villoro. Kapuscinski explica que la obligación del reportero, el artista de la no ficción, es importantísima al analizar los discursos de poder. ¿Qué pasa con declaraciones como las de Villoro? Sirven de plataforma perfecta para entender que Guerrero, pensado desde el centro del país, reúne las tres condiciones de la barbarie, definidas por Kapuscinski: inferioridad, amenaza e incomprensión. Guerrero se convierte en un discurso aparte, no sólo para analizar la radicalización de la violencia, sino para mostrar las hendiduras de la democracia. La no ficción bien podría ser el medio para dotar de orden este laboratorio social llamado Guerrero. Siempre se agradecerá a los que hablan de este lugar, pero se exige que la mirada vaya más allá de los lugares comunes, paisajísticos. Los entresijos del poder son el gran tema de la no ficción en mi barrio. Se necesita un lenguaje nuevo para abordar la gramática de la injusticia en Guerrero. Imaginemos un nuevo lenguaje para encarar los discursos de lo hegemónico. Como bien dice Ludwig Wittgenstein en Investigaciones filosóficas: “Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida”. Que tengan buen martes.

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