Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

Necesito que venga usted de presto

Cuando me platicó el caso don Nemesio conocí un poco más la personalidad de mi paisano médico, tan recatado y solitario cuyo carácter parecía huraño ante la gente.
Mi paisano era de la primera generación de egresados de la secundaria a finales de los sesenta. Regresó de la ciudad de México con su título de médico y con el prestigio de estudiante distinguido.
Todos quienes lo conocían esperaban de él una carrera de éxito. Por fin el pueblo tendría su propio médico, aplicado y de prestigio, era el comentario que se oía.
Sin embargo, su conducta de recién llegado causó desconcierto porque lejos de socializar con los vecinos llamó la atención por su encierro, casi no salía a la calle, y sus papás platicaban apenados que el hijo no los hacía partícipes de sus planes a pesar de que le insistían para ejercer la medicina.
El joven médico pasaba las noches encerrado en su cuarto, estudiando, y sólo a insistencia de algún enfermo o por una emergencia se le veía ejerciendo su profesión.
En poco tiempo la fama del médico se extendió por sus diagnósticos acertados. Curaba y no cobraba, la gente le pagaba a conveniencia y eso lo hizo popular a pesar suyo.
Quizá fue por el incremento de las consultas y la práctica que adquirió o por la insistencia de sus padres y de sus parientes, el caso es que pronto abrió en su casa su propio consultorio, sin un horario establecido, sin un anuncio que lo identificara.
Sin embargo eso no aminoró las habladurías de la gente sobre su conducta, que a pocos satisfacía.
Al médico se le llegaba a ver en la calle con su morral al hombro, su camisa anudada a la cintura, huaraches calentanos y una gorra que no era familiar en el modo de vestir del lugar. Su grandes bigotes le eran característicos, igual que su figura monacal que de tan flaco aparecía un poco encorvado.
A los señores les llamaba la atención porque fumaba la misma marca de cigarros que la mayoría, Alas extras, con el estilo característico para tomar el cigarro entre las manos y chuparlo hasta casi quemarse los dedos.
Cuando en el pueblo se supo que se casaría fue grande el acontecimiento, aunque inmediatamente la gente recapacitó en su euforia para celebrarlo cuando se enteró de que la novia ni siquiera era del pueblo, sino una “cuadrillera”.
Ya casado el médico, su conducta solitaria se acentuó, como si no tuviera mujer, hasta que su fama llegó al conocimiento de sus suegros quienes no veían que eso afectara negativamente el trato que dispensaba a la hija. Frente a eso todo lo demás era pasable.
Así se desarrollaba la vida de la pareja que los suegros visitaban muy de vez en cuando, “para no distraer al doctor de sus ocupaciones” decía el suegro condescendiente.
El único sobresalto en esa relación comenzó con el recado que don Nemesio recibió con harta congoja un día entre semana.
–Necesito que venga usted de presto porque tengo un asunto de urgencia. Así de escueto y terminante era el recado del médico para su suegro.
Don Nemesio leyó el recado que le produjo mil pensamientos mientras se preparaba para su viaje que era de caminar varias horas para atender el llamado. Desde luego que pensó en alguna desavenencia del matrimonio, y hasta llegó a suponer cuál sería su actitud si el yerno quería regresarle a la hija.
También pensó en que quizá el yerno quería regresarse a la capital y que la esposa se negaba a seguirlo. Todo era asunto de platicar y convenir, decía para su sosiego mientras don Nemesio apresuraba el paso rumbo a la cabecera municipal.
Cuando don Nemesio llegó al pueblo era un mar de cavilaciones, pero sintió aliviado cuando tomó la calle a la casa de su yerno
No dilató mucho en la antesala del consultorio, apenas el tiempo que tardó la enfermera en avisarle al médico de la presencia del suegro.
–Dice el doctor que en un ratito lo atiende, regresó diligente la enfermera.
El suegro se desconcertó con la respuesta y la tardanza de su yerno para atenderlo porque desde que llegó al consultorio supo que no tenía ningún paciente atendiéndose.
Cuando el médico apareció en la antesala hizo un seña invitando al suegro a entrar en el consultorio.
–Ah, entonces sí es grave el asunto, pensó el suegro cuando ya sentado frente a la mesa del consultorio esperaba impaciente que el yerno le despepitara todo.
Pero la respuesta que vino del médico le pareció más desconcertante a don Nemesio cuando miró lo que su yerno puso sobre la mesa.
Se trataba de un revólver Smith & Wesson, nuevecito, que al verlo el suegro inmediatamente se sobresaltó pues con el rabillo del ojo miró que su yerno sacaba otra arma similar del mismo cajón.
–¿Será que me quiere retar a duelo? Pensó el suegro acongojado.
–Véala, suegro, le animó el médico.
Después de un rato de observar el arma el médico interrogó al suegro.
–Cómo la ve.
–Bien, la veo bien.
–Está cargada, es de 15 tiros y tiene el seguro puesto.
–Entonces tómela y véngase conmigo.
–Fájesela como yo, siguió diciendo el yerno quien bajo la camisa se acomodaba la suya.
Don Nemesio, obediente, se fajó la pistola al cinto y salió del consultorio tras su yerno pensando que las cosas eran más graves de lo que hasta entonces se había imaginado.
Seguro que se trata de matar a alguien, iba pensando don Nemesio en el camino mientras llegaban a la calle principal y sus manos le comenzaban a sudar.
Cuando suegro y yerno llegaron a la puerta del billar, el médico alentó a su suegro para que entrara primero, pero éste titubeó pensando en que seguramente ahí estaría el enemigo o los enemigos contra quienes había que pelear, por eso echó una última mirada a la calle, ideando la manera de salir huyendo en cuanto cumplieran su cometido.
Cuando los dos entraron al billar don Nemesio empezó a recorrer con su mirada a cada uno de los presentes tratando de adivinar quien o quienes de ellos podían ser los enemigos de su yerno a quienes iban a matar, porque para qué más eran las dos pistolas que ahora llevaban.
El médico guiando a su suegro en el amplio salón de juego llegó pronto hasta una de las mesas vacías, se sentó y convidó al suegro a que hiciera lo mismo.
Cuando estuvieron sentados el médico preguntó a su suegro si apetecía una cerveza y con un movimiento de cabeza éste le respondió que sí, que cómo no, si a sus manos sudorosas se le había sumado ya la sequedad en la garganta.
Apuraron las cervezas y cuando las botellas quedaron vacías el médico se dirigió al suegro.
–Qué ¿nos echamos la otra?
Entonces don Nemesio dedujo que seguramente los enemigos de su yerno estaban ausentes del lugar, y eso lo tranquilizó un poco accediendo a tomarse la segunda cerveza con más confianza.
Después, ya más tranquilo, quizá como efecto de las cervezas y sin enemigo al frente, don Nemesio se sintió relajado. A una seña del yerno se levantaron los dos de la mesa que ocupaban y se dirigieron de regreso a la casa donde don Nemesio estaba seguro que su yerno le explicaría todo.
Estaban suegro y yerno sentados a la mesa del escritorio, como al principio, uno frente al otro. Entonces el médico pidió a su suegro que le devolviera el arma, después las dos pistolas fueron a parar al cajón del escritorio.
–Gracias don Nemesio, le dijo su yerno.
–Sólo quería saber cómo se siente andar por la calle con un arma fajada, le dijo el médico a su suegro como despedida.

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