El hombre es aún un animal; sólo los locos hacemos arte: Pal Kepenyes
*Su amor por Acapulco obliga al creador húngaro a señalar el daño que le han hecho al puerto los políticos, gente espiritualmente pobre que sólo se ha enriquecido
Óscar Ricardo Muñoz Cano
El hombre es aún un animal, asegura el artista húngaro Pal Kepenyes quien con la mirada fija de su ojos claros nos dice de frente: “somos animales, definitivamente, desde la manera en como nacemos… Hasta la forma en que seguimos pensando, en medio de tanta pobreza lo importante es comer, salvar la vida”.
Minutos antes, había lamentado de que resulta “imposible crecer en Acapulco, se puede ir a un lugar donde sí se puede fertilizar pero en Acapulco no; la situación política es muy mala, puros engaños, el hombre (como entidad) se deformó y trata de salir adelante como se puede, por eso ni siquiera las elecciones son realmente libres; hay una presión: si yo llego al poder te va a ir mejor”.
No obstante, a pesar de las dificultades que vivió en su natal Hungría en la posguerra, de su encarcelamiento por creer en una revolución a los 23 años, a pesar de levantar cadáveres en la Segunda Guerra Mundial, e incluso y a pesar del Acapulco que le toca vivir, no se amilana para asegurar que no todo está perdido.
Un loco, un idealista que, con su palmarés y trayectoria, aún se da tiempo para compartir su fe en el arte y la cultura.
La vida
Miércoles 1 de abril. Diez de la mañana. El sol cae a plomo sobre la calle que conduce a la casa-estudio de Kepenyes, un lugar en la punta del cerro y con una vista que permite ver la bahía y que deja entrar la brisa. En medio de decenas de esculturas de cualquier tamaño, y típicas del arte de Kepenyes, cambian de forma, uno sólo puede pensar que se trata de un sueño.
Lumi, su bella compañera de vida, nos atiende gustosa y nos adelanta un poco sobre su vida y la vida con Kepenyes al tiempo que empezamos a desayunar cuando una alta y delgada figura se acerca y nos sonríe, se sienta y saluda con un beso de envidia a Lumi para después acompañarnos con el desayuno que aderezamos con algunas frases que salpican por aquí y por allá.
Entre fruta, guisados y tortillas desfila uno de los candidatos actuales y su pobreza de espíritu, las dudas sobre la forma en que desaparecieron los 43 normalistas de Ayotzinapa, su reciente exposición el pasado miércoles en la Gran Galería (25 de marzo) y hasta un presidente o expresidente que construye a un lado una enorme residencia con ayuda del Ejército.
Después llega el café, bebida centenaria que causara temor hasta en la grey religiosa del mundo antiguo por ser símbolo de libre expresión y polémica, y nos predispone para evocar lo mismo recuerdos, fantasmas, y uno que otro rayo de esperanza mientras Lumi nos deja a solas entre tanta escultura.
Hungría: la guerra, la revolución
Hungría fue un gran pueblo, y muy orgulloso por lo mismo hasta antes de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), donde perdió gran parte de su territorio. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) confirmó la derrota y la llegada posterior del comunismo de José Stalin sólo hizo restregar al pueblo sus derrotas.
Pero esa llegada no fue fácil. Facciones liberales, principalmente compuestas por jóvenes, intentaron repeler al Ejército Rojo por años.
La (Segunda) Guerra me llenó de muchas vivencias, recordó el artista, “un país vencido es una, y la presencia de los soviéticos la otra…Todo era un horror, los bombardeos, los cuerpos humanos destrozados, cabezas sin cuerpos, todo era para mí era un camino sobre un país del horror…”, dice mientras se lleva las manos a la cabeza y a la cara.
No obstante, señala, el régimen que se instaló tras la guerra no contribuyó al aplacamiento y desarrollo del país sino por el contrario, mostró la cara más cruel del régimen soviético que con cada protesta presionó más y más al pueblo hasta que éste tomó las armas, igual que Kepenyes.
“A mi detuvieron por conspiración como a los 23 (1948); estaba en pleno desarrollo mental, en la universidad, pero al mismo tiempo sentía y creía la publicidad norteamericana que por radio nos decía que nos iban a ayudar, cosa que nunca sucedió, ni cuando realmente tomamos las armas; eso fue un gran engaño y quedamos resentidos con EU…”.
La cárcel comunista María Nostra lo dejó en malas condiciones; el hacinamiento, la falta de luz, la mala comida, los trabajos forzados y las vejaciones fueron la constante por años hasta que llegó la amnistía en 1956, a la muerte de Stalin. “Para entonces yo ya tenía 52 kilos; las condiciones de vida en la cárcel eran para matar, poca comida, no dormir, vejaciones, la última estación antes de Siberia…”, agrega, para luego mencionar que ese año se dio la gran revolución húngara que costó la vida a miles de personas y la aplicación de todo el peso del poder soviético sobre Hungría.
El arte
El escritor norteamericano James A. (Albert) Michener viene a colación en la charla, Kepenyes lo conoció en Europa y destaca de él, entre otras cosas, el libro El puente de Andau. Esto, porque en ese texto el escritor da cuenta de un fragmento de la revolución húngara, donde al final miles de refugiados escaparon al régimen comunista cruzando la frontera de Hungría en Austria a través del puente en mención.
“Ochocientos mil húngaros salieron y yo uno de ellos”, dice con la voz, pero más que un recuerdo triste o lastimoso, su expresión en la cara nos dice más bien otra cosa, y lo que nos relata a continuación es como para una película de Roberto Benigni.
“Llego a Viena (Austria) finalmente en tren, en compañía de mi hermano, como yo era ex prisionero andaba con un aire especial, de observación extrema, y por ahí dos muchachas por mi aspecto pensaron que era un policía del estado escondido en el tren, y que andaba investigando a la gente”.
“Nos hicimos amigos a la fuerza por decirlo así y resultó que el tío de una de ellas era el alcalde de Viena, quien me presentó con algunas personas y me hizo unos favores pensando que en verdad tenía nexos con el gobierno húngaro y hasta le ofrecieron un futuro prometedor”.
Pero el artista se detiene para recordarnos: “Yo tenía un compromiso con el arte y no me quería quedar ahí. Yo tenía que ir a París…”, y en ese sentido aceptó que utilizó el miedo de los vieneses por los comunistas húngaros para conseguir en parte su propósito.
“Una vez, en un lugar que vendían frutos del sur como el banano, la naranja y esas cosas una señora de ahí dentro puso una bolsa de frutos en mi mano y corrió; eran gestos muy interesantes que demostraban el horror a los rusos y sus sistemas puede causar”.
Por supuesto, y evocando de nuevo a Benigni, nos reímos.
Su llegada a París, terminó de narrar, fue menos romántica pues tuvo que buscar una oportunidad en un país con tendencias socialistas.
No obstante dispara nombres como si fuera cualquier cosa: Sartre o Camus, entre ellos, así como Picasso, quien reveló Kepenyes se negó alguna vez a recibirlo.
Hacemos una pausa para refrescarnos; dos vasos de agua, una botella de vino y un tequila nos dan tiempo para escribir que Pal, como nos permite finalmente decirle, nació en un pueblo cercano a Budapest, Kondoros, y ahí desde muy chico desarrolló las habilidades para convertirse en artista. Muchas veces ha dicho que desde los 4 años prefería sus juguetes que la compañía de sus amigos y en esta ocasión nos lo reitera.
Estudió Artes Aplicadas, antes de entrar a la escuela de Bellas Artes y su primer maestro de escultura se llamó Desiderio Erdey. No lo olvida, nos indica.
París, Londres, Tokio, Berlín o Estados Unidos han tenido la oportunidad de ver el trabajo de Kepenyes, trabajo muy particular puesto que para él la escultura es más que la reproducción o creación de una figura, “tiene que ver con el movimiento, el tiempo y el espacio”.
Hablamos un poco de física: la velocidad de la luz, la dilatación de los cuerpos, la energía del átomo y sus aplicaciones.
“A partir de ahí me dio por intentar una escultura distinta, con otras particularidades; antes en París, gente como (Alexander) Calder ya intentaba escultura móviles y habían otros intentos por parte de un escultor suizo que mediante motores hizo una escultura sobre rieles que trepidaba”.
Lo mío es distinto, nos dice alegremente cuando nos da una botella de bronce que se desarma y se trasforma en otra cosa, otra cualquiera que nuestra imaginación nos permita; “tú sabes qué quieres hacer, a dónde, en qué parte y las combinaciones son innumerables…”
“Me resulta muy raro que la civilización haya hecho esculturas no a su forma de ser, al ser humano, que se mueve tanto espiritualmente como físicamente”, habría dicho el artista días antes, durante la exposición.
Acapulco
“Amo a Acapulco, me gusta mucho su naturaleza, su ambiente, es como vivir en tu propio paraíso acompañado incluso por mi propia obra”, nos dice Pal cuando le preguntamos sobre el puerto.
Asegura, que llegó en un barco en 1961 (aunque hay a quienes les declaró que en 1959, en cualquier caso nos corrige una nota anterior donde dimos por hecho que fue después); sus ansias viajeras y su enorme curiosidad lo trajeron antes al país por un concurso de arte donde conoció a Jaime Torres Bodet, concurso del que recordó le “robaron” el primer lugar para dárselo a un mexicano. Por supuesto, omitió el nombre del ganador por respeto.
Del mismo modo, las pirámides fueron causa de atracción.
No obstante es crítico al señalar que “lamentablemente México sigue atrasado, como cuando llegué, está dejando de lado la expresión artística, no la usan como conocimiento, ni como arma política, por eso hubo un tiempo en que me fui a Estados Unidos donde el arte y la cultura son incluso negocio, mucho dinero”.
Tras ello, lamenta que aquí no se venda ninguna de sus esculturas mientas que presume que en el Estado de México recientemente le hayan comprado una enorme”.
“La pobreza es tal, que primero se piensa en la vida misma, en comer, y se deja de lado el arte que se convierte en un lujo, pensar es un lujo ya; es un lujo que alguien sea un filósofo, un artista, la búsqueda de la comida obliga a no pensar más allá de satisfacerse… solamente locos como yo y otros locos, lo hacemos”.
Detenemos la charla, pasamos a las imágenes; Pal, seguro de sí mismo, recorre los espacios entre las decenas de esculturas que hay; nos da los nombres de algunas y se acomoda en un sofá cercano para posar, sonreír.
Su rostro, marcado por la edad, no da cuenta de una historia de vida difícil sino de un hombre que ha aprendido algo, aunque sea un poco, de la misma vida.
Pretendemos pedirle naturalidad, que voltee hacia la bahía, le preguntamos sobre el estado de la cultura en el Acapulco actual.
“Llegué a Acapulco y dije caray, esto puede ser la estrella de la riviera, la ventana de México y mira a dónde hemos llegado”, lamenta mientras señala hacia la bahía.
“Ellos, los gobernantes, no ven nada, hace muchos años les hablaba del turismo cultural y nada; aquí fue un pueblo de pescadores y tuvo suerte por la guerra (la Segunda Guerra Mundial) y los americanos querían viajar pero no podían ir a Europa pero ahora hay otras circunstancias”.
“No estuvieron ni están a la altura; pero eso sí, hubo una casta que se enriqueció”, y reitera, “estamos ante un grupo de gente espiritualmente pobre” mientras pierde la mirada en la bahía, en el sol del mediodía, y él se pierde en su amor por este puerto.




