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Fernando Lasso Echeverría

Juan Rulfo y su novela Pedro Páramo

Este año se cumplieron sesenta de la publicación de la considerada como la mejor novela mexicana de todos los tiempos, Pedro Páramo. Esta fue la opinión de distinguidos escritores como Gabriel García Márquez, quien confesaba que el texto lo había impresionado tanto que se lo sabía de memoria, y afirmaba poder recitarlo al derecho y al revés; Jorge Luis Borges, quien incluía a esta novela entre las 100 mejores del mundo; Carlos Fuentes, quien la reconocía como la más hermosa novela jamás escrita en México, y que con ella su autor había convertido a la novela en poesía y mito; Octavio Paz, quien dijo que el autor de Pedro Páramo había dejado una obra que en su brevedad durará lo que dure la lengua española, y que esta novela era una pequeña obra maestra que había trascendido el realismo de la novela mexicana para convertirlo en algo mágico; Günter Grass, quien afirmaba que el autor de Pedro Páramo era el padre de la literatura latinoamericana moderna y que, con la publicación de su obra en alemán, contribuyó en forma importante a la popularización de la literatura latinoamericana en su país; sin olvidar la notable influencia que ejerció sobre autores como García Márquez, Fernando del Paso dijo que Pedro Páramo representa un ejemplo del saber escribir bien y con imaginación, y que había marcado con ella un hito en la literatura de América Latina. El autor de esta novela fue el jalisciense Carlos Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno, mejor conocido como Juan Rulfo.
Pedro Páramo, titulada inicialmente Los murmullos por su autor, es una novela confusa para algunos, compleja y muy elaborada para otros, pero con un indiscutible contenido poético y mágico insólito que plasma –en un plano magistralmente intemporal, que juega indistintamente con el pasado y el presente, con lo real y lo inexistente– el omnipotente caciquismo mexicano, con todos sus componentes humanos, incluyendo los mitos y las realidades de este fenómeno social presente en el medio rural del país; en todos los fantasmales personajes de la narración –Pedro Páramo, Susana San Juan, Fulgor Sedano, doña Eduviges, el padre Rentería y otros– se palpan de manera intensa las pasiones provocadas por el poder y la codicia, el amor, el deseo y el odio, la vida y la muerte, pues, paradójicamente, a pesar de que todos los personajes de la trama de la novela están muertos, éstos parecen gozar de cabal salud; todo ello en la desolada y difícil existencia de un pueblo abandonado llamado Comala, en el cual no faltan las facetas tiernas y poéticas de la narrativa de Rulfo.
Dos años antes, Juan Rulfo había publicado El llano en llamas, un grupo de cuentos breves, sumamente patéticos, pero también con un gran contenido poético que recogen segmentos de dramáticas historias, en las que la muerte y el luto, la soledad y las esperas infinitas, la violencia, la criminalidad y la injusticia, los amores sombríos, el fanatismo religioso, la miseria y el fatalismo, son el lenguaje característico de la narrativa de Rulfo; en ellos, regiones y pueblos recónditos, paupérrimos, aislados y enigmáticos, con personajes que rayan en lo trágico, representan el entorno de los relatos de Rulfo que reflejan la terrible y deprimente realidad de gran parte de nuestro ámbito rural, sin olvidar en su contexto el calor humano de sus protagonistas, que fascina y causa asombro en los lectores. Luvina, No oyes ladrar los perros y Diles que no me maten, eran sus cuentos preferidos; el primero –a decir de Rulfo– le dio la clave para escribir posteriormente Pedro Páramo.
Pedro Páramo ha sido traducida a más de 50 de los principales idiomas del mundo, entre los que está el alemán, el inglés, el francés, el italiano, el ruso, el portugués, el danés, el noruego, el polaco, el esloveno, el griego, el turco, el ucraniano y el chino, publicados en millones de ejemplares.
A pesar de que su autor ha sido calificado por muchos como “escritor regionalista”, la maestría narrativa de Rulfo fue el fruto maduro de una aguda sensibilidad, nutrida en el conocimiento literario universal, pues si bien era cierto que Rulfo no tenía una formación literaria académica (y nunca fue un escritor de tiempo completo) fue un lector incansable desde muy joven, un erudito autodidacta que abrevó en la literatura europea moderna, sobre todo en la escandinava, en la suiza y en la rusa; asimismo, fue un gran conocedor de la literatura norteamericana. Rulfo aceptaba cierta influencia del escritor nórdico Knut Hamsun y del ruso Boris Pilniak, a quienes había leído mucho. De hecho, a Rulfo –como ya se mencionó– se le considera un fenómeno literario, pues sus obras por su originalidad significaron un hito, un verdadero parte aguas en la narrativa latinoamericana, en la cual influyó en forma extraordinaria.
Cuando leí 100 años de Soledad, la obra cumbre de Gabriel García Márquez, siempre me dio la impresión de que esta novela tenía tanta influencia de la estructura narrativa de Pedro Páramo, que me preguntaba (y me sigo preguntando) si Gabo habría escrito su gran novela si no hubiera leído Pedro Páramo antes. Esto, que podría parecerle exagerado a mucha gente, lo aclara el mismo García Márquez con el siguiente testimonio aparecido en La Jornada al día siguiente de la muerte de Rulfo: “Nunca había escrito para ser famoso, sino para que mis amigos me quisieran más, y eso creía haberlo conseguido, con cinco libros ya publicados, sin embargo, mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Conocía bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino, y sin embargo me sentía girando en círculos concéntricos. No me consideraba agotado, al contrario, sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos. En esas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ¡lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo.
“Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí La Metamorfosis de Kafka, en una lúgubre pensión de Bogotá –casi diez años atrás– había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El llano en llamas, y el asombro permaneció intacto. Mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra desbalagada, La herencia de Matilde Arcángel. El resto de aquel año, no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores.
“No había acabado de escapar al deslumbramiento, cuando alguien comentó que yo era capaz de recitar de memoria párrafos completos de Pedro Páramo. La verdad iba más lejos: podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falla apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo.
“He querido decir todo esto, para terminar diciendo que el escrutinio a fondo de la obra de Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros, y que por eso era imposible escribir sobre él sin que todo esto pareciera sobre mí mismo. Ahora quiero decir también que he vuelto a releerlo completo para escribir estas nostalgias, y que he vuelto a ser víctima inocente del mismo asombro de la primera vez. No son más de 300 páginas, pero son casi tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles”.
García Márquez, en 1978, volvió a dedicarle un gran elogio a la novela mencionada y a su autor al decir, “Si yo hubiera escrito Pedro Páramo, no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida”.
En la breve pero valiosa obra de Juan Rulfo, es indudable la profunda influencia que tuvieron las vivencias infantiles y de adolescente del autor, en su posterior quehacer literario; por otro lado, el escritor llegó a comentar en algunas ocasiones, que de sus coterráneos había tomado su hablar para escribir su obra. Por ejemplo, el asesinato de su padre –ocurrido cuando Rulfo sólo tenía seis años de edad– inspiró el argumento de uno de los cuentos del Llano en llamas, titulado ¡Diles que no me maten!. En él, el homicida lleva el verdadero apellido del asesino real, y el crimen plasmado en el cuento también es motivado por las mismas causas que provocaron el asesinato de su padre.
Juan Rulfo recibió el premio Nacional de Letras en 1970, galardón que ya habían recibido otros distinguidos escritores mexicanos como Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Salvador Novo y José Gorostiza; ingresó a la Academia de la Lengua en 1980; el gobierno español, lo distinguió con el premio Príncipe de Asturias en 1983. La Universidad de Guadalajara, instituyó en 1991 –dentro de los festejos de la Feria Internacional del Libro– el Premio Juan Rulfo, dotado de 100 mil dólares, como reconocimiento a la trayectoria literaria de un autor latinoamericano. A la fecha, ha sido entregado a 15 de los más importantes escritores de las letras hispanoamericanas contemporáneas: Nicanor Parra, Juan José Arreola, Eliseo Diego, Julio Ramón Riveyro, Nélida Piñón, Augusto Monterroso, Juan Marsé, Olga Orozco, Sergio Pitol, Juan Gelman, Juan García Ponce, Cintio Vitier, Rubem Fonseca, Juan Goytisolo y Tomás Segovia, aunque recientemente, por conflictos de la familia de Rulfo con declaraciones de Segovia, que se expresó un tanto despectivamente del autor de Pedro Páramo, el premio ya no lleva el nombre de Juan Rulfo.
Tuve la suerte de conocer a don Juan Rulfo a principios de los años 60 en El Ágora, una cafetería donde se venden libros y discos, ubicada en Insurgentes Sur, esquina con Barranca del Muerto, la cual era una absoluta novedad en el México de esa época; yo salía apenas de la adolescencia –acababa de terminar la prepa– e intentaba darme aires de intelectual acudiendo con cierta regularidad a tomarme un café en ese lugar, que quedaba casi enfrente de mi domicilio y el cual era frecuentado por diversos personajes; ahí vi comprando libros, elepés o tomando café al Indio Fernández, a Chano Urueta, a José Luis Cuevas el pintor, a Carlos Denegri, a Rafael Solana, a Rosita Arenas, al ex presidente Adolfo Ruiz Cortines, a Gloria Marín y a tantos otros, que sería largo de enumerar; en alguna ocasión me señalaron a Rulfo en una mesa contigua, y observé a un señor delgado, de pelo entrecano, no muy alto, de traje azul, sin corbata, que más que dialogar, escuchaba a sus dos interlocutores y prácticamente prendía su cigarro Delicados con la colilla del anterior.
Si bien ya había oído hablar de la novela Pedro Páramo, no la había leído y el conocer a su autor me estimuló a leer la obra por primera vez, sin comprender muy bien –a la primera lectura– la trama, lo cual me obligó a releerla dos veces más en el transcurso de un mes. Actualmente, la he leído 10 o 12 veces y ya siento a sus personajes tan cuates míos, como sentí que lo era Rulfo –sin que jamás me fuera presentado–, simplemente porque me sentaba en alguna mesa, junto a la que él ocupaba en El Ágora, en algunas tardes de aquel DF que era entonces la ciudad más agradable y espléndida del mundo para vivir.

* Presidente de “Guerrero Cultural Siglo XXI” AC

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