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Federico Vite

A propósito de Paz

Al incendiarse el departamento de Paz en diciembre de 1996 se perdió, aparte de un Picasso y otras piezas valiosísimas, el borrador de su novela. Ese dato adquirió relevancia para un librito que yo pergeñaba en 2002, Fisuras en el continente literario, y que hace nueve años fue publicado por primera vez: lo curioso es que esa novelita de 102 páginas sigue pareciendo el fragmento ladino de mi relato amoroso con el Nobel literario de México.
En Fisuras, Paz me regaña enarbolando un argumento: Para hablar conmigo, Vite, tenías que secuestrarme. Y curiosamente esa fue la premisa por la que se molestaron varias damiselas de alto copete, caballeros de eterno ceño fruncido, homeópatas de la literatura que de vez en cuando me palmeaban la espalda para decirme que me había salido bien el chistecito, pero era una lástima que mi carrera se hubiera terminado. Hice una noveleta sobre las horrendas buenas costumbres de literatura, el cinismo de los malos reporteros y el poder manifiesto de los policías a la manera de Los Simpson. Es un chiste literario, se deja leer bien, es de estructura simple y tiene momentos memorables, no exige mucho ni ofrece grandes proposiciones al panorama narrativo nacional: salvo la pasión iconoclasta. Es una noveleta, como la mayoría de las que se publican en este país, mediana, pero varios de esos libros medianos tiene la suerte de ser canonizados inmediatamente.
Fisuras comenzó como un alegato burlón en contra de los escritores noveles que presumen una sapiencia ridícula, pero glorificada por su grupo literario, porque todos sabemos que las formas extremadamente cuidadas terminan por dar risa. La propuesta fue un libro que por acumulación de escenas ridículas culminaría en carcajada. Aunque la historia ha sido distinta: Fisuras no se dejó ni leer. Despareció la primera edición, hecha en Tierra Adentro por Enrique Romo, en 2006; la reedición estuvo a cargo de Fernando Fernández, en el 2007. Y en ese año se hablaba de Fisuras como el martillo para desbaratar la censura, aunque en el fondo nadie quería ver a nuestro Paz en paños menores, secuestrado y hablando en confianza sobre literatura frente al comandante Ojeda, porque la gallardía de Paz en la noveleta es detentar el poder aun siendo el secuestrado.
Hace años, el poeta Hernán Bravo me comentaba: “Reedita ya esa novela de Paz. Mucha gente, de distintos grupos literarios, me habla de ella; es como un libro generacional. Publícala de nuevo”. Respondí que en México nadie se aventó el paquete; propuse la novela a Random House, a Tusquets, a Planeta, Alfagura ni siquiera respondió a menos que pusiera a mi agente (del cual carezco) a platicar. Cal y Arena guardó silencio; la editorial Era, también. Para fortuna del libro, llamaron de Francia e Italia para traducir esta acumulación de claroscuros (reporteros, policías, burócratas y literatos actuando en un mismo eje) y desencuentros literarios.
Me senté frente a Paz para hablar de otro modo lo mismo: La literatura es un asunto de muchísimas personas y en literatura, casi nunca se habla de literatura, sino de hechos que invocan la literatura como bálsamo. Se necesitaba la charla con Paz (la mayoría de las frases de este personaje, en la noveleta, son extraídas de entrevistas) para tener una respuesta a la siguiente pregunta: ¿La contemplación del horror, y aun la familiaridad y la complacencia en su trato, constituyen uno de los rasgos más notables del carácter mexicano? La respuesta ha sido un sí apabullante. El horror también es entendido como una religiosa forma de autodestrucción.
Fisuras seguirá en bajo nivel de flotación, es un barco gastado en manos de un niño sin mar, un diálogo con el ogro filantrópico. El poeta y el ensayista, me dijo ahí en la trama de la noveleta, que no leyera escritores sobrevalorados, amanuenses sin alma que reparten emociones con la misma gracia de un pájaro carpintero. Es importante que vea cómo construyen las historias los guionistas de Los Simpson. ¿Conoce Los Simpson? De lo que se pierde. Nos resumen a todo el planeta, son una maravilla, pero además, saben armar historias.
Fisuras es un libro mencionado, pero poco leído; una noveleta que me signa como ojete, pero poco leída, un incordio que ha sido traducido a otros idiomas y con muy buena estrella. Recuerdo las palabras que amablemente he recibido del doctor Ignacio Sánchez Prado: Es un libro infumable. Y agradezco su lectura, sobre todo al hojear el poemario del doctor, Poesía para nada (Tierra Adentro, 2005), porque sé que andábamos en las mismas claves, pero con distintas metas. Yo también, doctor: “He leído poetas/cuyas palabras canonizan/ las mentiras”.
Claro, Fisuras no es ni por asomo La muerte de Virgilio, de Hermann Broch pues; aunque tampoco es ¿Qué onda con las drogas?, de Jordi Rosado. Es un libro coqueto que narró un chamaco sin camisa. Una de las lecciones más importantes que tengo de Paz aparece en la página 75 de Fisuras: “Los escritores no pueden esperar que la sociedad sea paradisíaca con ellos, si no lo es con los demás. Hay que quejarse y criticar”. Soy militante de la poesía de Paz, detractor de su teatro; visitante asiduo de sus ensayos. Un 19 de abril de 1998 falleció el poeta laureado de México y antes de que todo mundo hable de él, sirva este artículo como invitación para conocer la obra del Nobel mexicano. La poesía en México descansa en Paz. Que tengan buen martes.

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