José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*Una crónica perruna
*La infinidad de veces que da vueltas a la cuadra es la misma que pasa por el portón de los bidones del mercado, donde por las noches se esconde de los carros o de la lluvia, junto a changuitos traviesos y grandulones aún más terribles que los perros. El olor del adobo le enarca las narices: su garganta saliva, la nuez le da un brinco. De hambre.
Caminar
La calle quedaba una cuarta debajo de la banqueta, pero la cosa era no bajar. Abajo pasaban los carros, rodando. La cosa era seguir, caminar, caminar. Antes de que abrieran las tiendas y las fondas ya estaba con los brazos cruzados y la cabeza de pájaro loco muy sentado y viendo cómo se apagan las estrellas rojas del Banco. En cualquier momento sus tenis enormes iban a empezar a dar vueltas alrededor de la manzana. Sus tenis de Tribilín, amarrados con mecates sucios. Su suéter rojo con las mangas despeluchadas hasta las uñas. El aire ralo de alguien que no nació así, de quien conoció el mundo al revés y al derecho y no quiere saber nada de él. Da una vuelta a la cuadra, y otra, casi pegado a la pared, lejos de los carros rugientes, registrando, con la mirada, zapatos, tobillos, pantalones que pasan, antes de que se tope con una hoja de plátano con restos de masa o con una lata de refrescos a medio tirar… Los tenderos del rumbo ya saben que casi no levanta la cabeza: hasta cuando da las gracias parece que anda observando hormiguitas en el suelo. Su estómago tiene algo de cajita cerrada y tonta, de conejo asustado por la mañana. Como si midiera sus pasos, al caminar… Pero ni él sabe si viene o si va. Él sólo camina.
Así es siempre. En cuanto se familiariza y ubica la comida, armoniza frases y hasta dice cosas curiosas, como si hubiera regresado a él cierta lucidez… Así es siempre, antes de que empiece a dar vueltas… Lo dejan en las orillas de la nueva ciudad. Los azules, lo bajan, lo tiran, hasta aquí el viaje: órale amigo. ¡Orale! –la macana en la espalda, picando-, ¡¿no que tanto te gusta caminar, jijo de siete…?! O lo dejan calles adentro, si están de cuates, si la noche es oscura. Los azules de la otra ciudad.
Amanece hecho un nudo en la laja de una puerta, espoloneado por la escoba de una sirvienta gruñona. O en pleno jardín, entre ramazales verdes, lechuzas tiricientas y silbidillos nuevos. Lo despierta un cubetazo de agua, el ruido de sus tripas o el endemoniado frío de noviembre. Se quita las lagañas y el edificio del Banco parece un barco fantasma avanzando en la bruma. Sin horizonte, el barco se mueve, pero no se va.
A veces hila una frase completa y, si quiere, puede usar la cuchara, el cuchillo y el tenedor, juran en el mercado. Aun así, no es capaz de acordarse de casas, puertas o rostros que vivió en el pasado o en otra vida. Si no sabe cómo demonios llegó aquí, menos va a poder acordarse de quién es. Como quiera, ya encontró su manzana y por nada del mundo volverá a pisar bajo la banqueta. Por eso da vueltas. Le teme a los relámpagos del cielo, pero el estruendo de los carros lo aterrorizan.
Lo primero que logra ver cada mañana a través del desvencijado portón de hierro del mercado, son las puertas y los agujeros del barco, sus altísimas paredes rayadas con crayolas de changuitos huyendo con la mochila llena de travesuras en la espalda. Los perros vienen a los bidones al mediodía y por la tarde. Pocas veces se acercan de noche. No le importan los que corren tras el camión, ni los que se quedan esperando. Él está absorto en la astuta manera en que las hormiguitas rodean cada uno de sus tenis y siguen su camino. Sólo las mira pasar. No se le ocurre tocarlas. Basta con que pasen junto a sus tenis de Tribi. Sin detenerse a saludarlo. Como si fueran a alguna parte.
Ni el muelleo de los zapatos en el piso de concreto, ni el estruendo del camión, ni la confusión de sinfonolas, ni los gritos destemplados de las meseras invitando a pasar a las fondas. Nada lo hace levantar los ojos.
–A ver tú, muchacha, dale una tortilla con algo, embárrale frijoles o una cucharada de adobo.
La infinidad de veces que da vueltas a la cuadra es la misma que pasa por el portón de los bidones del mercado, donde por las noches se esconde de los carros o de la lluvia, junto a changuitos traviesos y grandulones aún más terribles que los perros. El olor del adobo le enarca las narices: su garganta saliva, la nuez le da un brinco. De hambre. Se agarra a la tortilla, apenas contiene las ganas de llevarla a su boca; babas de mugre le escurren de los befos mientras se va dando la vuelta y buscando la salida a la calle.
–Pero no es pendejo: del otro lado del mercado la de las aguas le da un vaso. Casi toda la cuadra es comida.
Casi todos coinciden en que ni a los que le chirrean la quijada les levanta la mirada. Mejor, porque sus ojos son dos huevos hervidos con carnosidades rojizas y verdes, y a veces parece que piensa.
–Ay no sean cabrones –interviene una mesera–, con trabajos se pega a la pared para que no lo apachurren los carros y los azules no lo tundan a macanazos y lo desaparezcan en otra parte, ¡ya déjenlo en paz, carajo!…
Un perro viene olisqueando la pared: levanta la trompa y se le acerca. Olisquea sus tenis, el pantalón raído y zancón. La entrepierna ácida. Él se queda inmóvil. El perro le babosea los dedos, de un mordisco atrapa el taco de frijoles y sale corriendo.
–Me van a perdonar, pero, aunque estuviera tan loquito como ustedes dicen, merece todos mis respetos –alegó la mesera.
–¡Nombre, clientelito de mi alma! –deslizó alguna otra–: ¡le hemos oído decir cada cosa?!…
–¡Fue soldado de Carlomagno!, nació de la costilla de un vikingo y de una bruja española, dijo una vez!…
Estuvo con Zapata en la Revolución, fue el amante secreto de María Antonieta y asegura que, bajo la personalidad del general Vicente Jiménez, dio la orden de fuego al pelotón que acribilló a Maximiliano de Habsburgo.
–Por fin: ¿habla o no habla?
–¡Cómo chingados no va hablar!…
–¿No le estamos diciendo que habla de más?
Lo que pasa es que no dura mucho: si oye aplausos o risas, o con que levante la cabeza y mire a los que lo festejan o se burlan de él, se apendeja. Se lleva las mangas de su sueterzote hasta las orejas y se va a su refugio nocturno. Los estoperoles de las botas de los azules raspando la losa, el furor de los carros y hasta el destino de las hormiguitas, todo desaparece cuando la noche parece vaciada sobre la calle y él consigue traspasar el portón de los bidones.
Por donde él pasó, llegan los perros. Les ha tirado al vuelo tortillas y pellejos, esquivando dentelladas, y no dejan de olisquearlo. Se levanta y a pasos lentos busca el portón y se va a dar la vuelta a la cuadra.
Apenas dobla la esquina, un gigante lo abraza y le mete el pico de una botella en la trompa. –No me digas que no sabes beber!… –le rezonga.
–Ora que si sabes barrer… ¡pues mejor!… –escupe, ensartándole la botella de tequila en la bolsa del pantalón y poniéndole una escoba en las manos.
Un changuito lo descubre:
–¡Sí, sí, que barra! ¡que barra!
Otro grandulón lo abraza por la espalda para enseñarle el movimiento que debe seguir la escoba: uno… y dos, uno y dos. ¡Tú puedes, mexicano!… Lo levanta en vilo y lo hace girar, sus piernas vuelan y, cuando el gigante lo suelta, con todo y huesos se van a encajar en un montón de cartones, botes, periódicos, cáscaras de fruta, restos de verdura, tierra y lodo, y todos se retuercen de risa. Él alza el lomo, abre la boca, una sonrisa de mejores tiempos babea entre sus encías y sus dientes, confundida con la espuma sucia que le resbala entre los pelos largos y tiesos.
Tira otro escobazo y las voces se mueren de risa:
–¡No puede, no puede!…
Entrecerrar los ojos, ¿no?, y no desesperarse al despertar. Jironcillos de niebla aferrados a los torcidos barrotes de hierro. Aprieta la botella de tequila entre las manos temblorosas. La lleva a sus labios y, como puede, de un jalón bebe las cuatro o cinco copas que le quedaban.
Tras el portón se ha encendido la primera estrellita roja, y un vacío agrio y viejo le sube por la garganta y su bocaza se llena de saliva. Nada lo separa de los bidones: entre montañas de naranjas y verduras podridas, tortillas y pedazos de pan martajados, un hueso carnoso, un mango chupado, una ciruela.
Del otro lado de los bidones hay un roer de huesos tan concentrado y enjundioso que hace que las glándulas salivales se le hinchen y los befos se le inunden de espuma. Un gruñido de su panza casi le roe el ombligo. Se pone de rodillas y los perros dejan de tragar y lo observan. Apenas se mueve rumbo a los bidones, le enseñan babeantes hileras de colmillos. Uno emite un ladrido de amenaza. El peligro está a dos metros, pero su panza parece desconocerlo. Antes que miedo, decisión concentrada: se va acercando a los bidones sin prisa, pero sin pausa, la mirada rojiza y biliosa, los befos espumosos, erguido a su manera, sobre sus cuatro patas.
El perro que encabeza a los demás finta unos pasos, y él le pela los dientes.
La tiricia empieza en su cintura y le se acentúa en el pecho, donde desaparece en ondas concéntricas. Como si por dentro se le hubiera soltado un resorte más enjundioso y viejo que él. Aún se relame los pelos de engrudo que cubren sus encías, por lo que queda de médula y zumo de aguacates, cáscaras de naranjas y jugos de lata. Dentro de un rato sólo quedarán las estrellitas rojas. Tras el portón. En la frente del barco. Del otro lado de la calle. Echado sobre el cartón, estira las piernas y se relame los befos.




