Anituy Rebolledo Ayerdi
Alcaldes de Acapulco (VII)
Hospital De San Hipólito
El monarca Carlos III justifica con diversas reformas la implantación del despotismo ilustrado en el reino español. Como la única finalidad de su pasión reformista –dice el rey–, es mejorar la situación del “pueblo llano”, ordena él mismo una nueva sede para el único hospital público de Acapulco.
Se trata del nosocomio real de Santa María de la Consolación, a cargo de los religiosos de San Hipólito Mártir, localizado cerca del fuerte de San Diego, y cuyas instalaciones han resultado afectadas por terremotos y ciclones. Ocupará en adelante las del convento de San Francisco, junto a la parroquia de la Soledad (ex palacio municipal). Reciben las instalaciones en 1775 el alcalde Domingo Elizondo y fray Antonio Morales. La orden de los Hipólitos es la primera congregación mexicana, dedicada a partir del siglo XV a brindar cuidado a los enfermos.
Servicio Médico
La fragata Descubierta amarra de una ceiba localizada en la hoy Tlacopanocha. Viene a su mando del capitán italiano Alejandro Malaspina, entonces al servicio de la corona española. Él personalmente lleva con los hipólitos a dos de sus hombres enfermos. Los deja hospitalizados luego de comprobar la excelencia de los servicios del nosocomio, sí, pero al cuidado del médico de a bordo. Cubre desde luego la cuota de 50 pesos obligatoria para toda embarcación de arribada, excepto la Nao de Manila que paga 80. Cuota que obliga la prestación de servicios médicos a la marinería foránea. La atención está a cargo de un prior, varios frailes en calidad de enfermeros y un cirujano cuya percepción anual es de 85 pesos. Hay petates en lugar de camas.
(¿Malaspina?, se preguntan los encargados de la nomenclatura de la ciudad. ¡Urbanistas ignorantes, aquí y en China es mala espina! Y Mala Espina apellidaron a don Alejandro en la placa de calle a él dedicada en el fraccionamiento Hornos).
San Hipólito
El día de San Hipólito, 13 de agosto, se festeja en la Nueva España la caída de Tenochtitlán. Aquí el alcalde Elizondo encabeza el “paseo del pendón” (estandarte real) en señal de lealtad a la corona española. Hay misa en la Soledad, carreras de caballos y fuegos pirotécnicos. La celebración sigue vigente en Guerrero.
Pueblo llano
El “Pueblo llano” era entre los grupos sociales del siglo XVII el de hasta muy abajo, el más jodido, pues, y obligado no obstante a pagar impuestos. La nobleza no los pagaba y si en cambio recibía rentas de territorios concedidos por la corona; el rey era Dios en la tierra. El clero tampoco pagaba impuestos pero sí cobraba diezmos y primicias. Y mil niveles más de la escala social cuyo descenso era muy posible, no así su ascenso.
El censo de población
Siendo virrey de la Nueva España don Antonio María de Bucareli y Urzúa y alcalde mayor don Esteban de la Carrera, se levanta en 1777 el primer censo de población de Acapulco, a cargo del señor Juan Josef Solórzano. Con estos resultados.
Indios: 836
El número total de indios que habitaban la comunidad era de 836, integrados en 154 familias: 309 hombres, 302 mujeres, 123 niños y 102 niñas.
Chinos y filipinos: 121
Los 121 chinos y filipinos residentes en Acapulco y su zona de influencia (censados todos como chinos) formaban 43 familias: 63 hombres, 58 mujeres, 13 niños y 8 niñas.
Negros: 142
Los negros en el puerto sumaban un total de 142 individuos integrados en 47 familias: 65 hombres, 64 mujeres, 16 niñas y 11 niños.
Mulatos: Mil 672
El censo de 1777 arroja que los mulatos forman la etnia predominante en esta región del sur. Suman mil 672 individuos integrados en 280 familias: 625 hombres, 667 mujeres, 213 niños y 167 niñas.
Lobos: 377
Se incluye en el censo a la casta de “ lobos” (indio-negro): 187 mujeres, 92 hombres, 67 niñas y 31 niños: 377 individuos formando 36 familias.
Mestizos: 146
Ciento 46 mestizos: 55 hombres, 47 mujeres, 21 niños y 13 niñas, formando 21 familias.
Españoles: 31
Cuando han pasado dos siglos de la llegada de los españoles, apenas 31 de ellos residen en el puerto: 29 hombres y 2 mujeres. Y era que los hispanos no soportaban los calores y malos humores del puerto, si bien ellos nunca se bañaban. Los jerarcas residían en Xaltianguis, La Brea e incluso en Chilapa bajando al puerto solo durante la Feria de Acapulco. Por lo que hace a las mujeres de la península, éstas se atrevieron a acompañar a sus hombres solo pasado medio siglo de la Conquista. Con razón los tíos agarraron parejo ¡coño!
Malaspina, otra vez
Cuando en 1791 el capitán Malaspina dirige aquí un censo de población, se encuentra con que el número de habitantes no excede los mil. Y no fue que al resto se los hubiera llevado del matlazáhuatl. Será la confirmación de que el conteo del señor Solórzano había incluido a toda la jurisdicción de Acapulco (Coyuca, Tixtlancingo, Cacahuatepec, Tecoanapa, Texca, el rancho de La Sabana, San Marcos, Ejido y La Brea o Providencia), alcanzando así los tres mil 739 habitantes.
El navegante italiano estaba al frente de una expedición sufragada por la corona española y que él mismo bautizó como Expedición Malaspina. Crea aquí una Comisión Científica Novohispana cuyos trabajos quedarán plasmados en un documento titulado Viaje científico alrededor del mundo. Contiene observaciones de todo tiempo y entre las políticas el hombre aboga por la autonomía de las colonias. La expedición duró de febrero a diciembre de 1791 y su costo fue de novecientos mil pesos.
Malaspina censa, además, 139 casas de ladrillo con techumbre de tejas y amplios corredores y 400 de adobe, ramas y palma. Junto con la parroquia de la Soledad numera tres capillas pequeñas. También, detalla la guarnición del fuerte de San Carlos: una compañía fija de 64 de tropa, 8 cabos y 3 sargentos. El destacamento de artillería los forman 25 hombres, sus mandos y la batería de cien cañones (?).
Entre otros trabajos de los expedicionarios figuran la determinación de la posición de Acapulco y de los vientos dominantes. La medición de los fondos de la bahía y el levantamiento de un catálogo de la flora y la fauna de la región, particularmente de sus maderas. Realizan observaciones celestes, dibujan al puerto desde todos los ángulos posibles y ejecutan un plano del mismo.
El 20 de diciembre de 1791 a las 9 de la mañana, los acapulqueños despiden con pañuelos y lágrimas a las corbetas Descubierta y Atrevida. Malaspina responde desde la cubierta lanzando besos con ambas manos. Aquí los disputa como todos suyos una morena de caderas opulentas y ojos rasgados gritando ante el azoro general: ¡arrivederchi capitano, amore mio! Un día antes, en sesión de cabildo, el alcalde Francisco de Casasola dará a los visitantes la ciudadanía acapulqueña.
El malacate
Los aparatos relacionados con el principio giratorio fueron populares en la Nueva España a partir del siglo XVI, no obstante que eran comunes en Europa de mucho tiempo atrás. Además del molino y la noria proliferaron la carreta, la carretilla de mano, la rueca y la polea. Esta última será de tal manera imprescindible para las maniobras navieras de Acapulco, que la gente del mar la hará suya con el nombre de malacatl, malacate en náhuatl.
Matlazáhuatl
Fue en los primeros 30 años del siglo XVII cuando se detectan en la metrópoli los primeros casos de matlazáhuatl, un mal que en cosa de semanas se convertirá en una de las epidemias más devastadoras de la Nueva España. Se culpó a un “venenoso vapor engendrado por el aire”, obligando por ello a todos los servicios de salud a ubicarse fuera de la ciudad de México. Error: el mal era trasmitido por las pulgas y los piojos de las ratas. Mató a 60 mil en la capital y a 200 mil en todo el virreinato. Su sintomatología: fiebre, dolor de cabeza, ansiedad, fatiga, ardor y compresión del pecho, ojos colorados, flujo de sangre por la nariz, ictericia, delirios y/o demencia.
Acapulco se salvó felizmente del matlazáhuatl. Ello gracias a la decisión del alcalde Antonio de Lozada y Quezada para emprender la desratización en todo el puerto. Tarea que debió ser muy difícil.
Campo Santo
En la retirada del siglo XVII llega al trono de España el borbón Carlos IV, quien está consciente de que Acapulco es contribuyente importante para sus excesos y guerras. Quien lo creyera, pero el monarca distante se preocupa porque los difuntos tengan en el puerto un buen sitio para descansar. Así, ordena la creación del primer “campo santo” del puerto, orden cumplida con diligencia por el alcalde Francisco de Casasola. Corre mayo de 1794. Signicaría ello que ya no habría más inhumaciones en parroquias, templos y catedrales. El primer entierro fue el de una mujer indígena llamada María Alarcón y el segundo un sargento de milicias de nombre Julián Cortés.
Ciudad de los Reyes
Acapulco poseía desde 1558 el título de Ciudad de los Reyes otorgado por Felipe II de España, el rey que tuvo, como la baraja, cuatro reinitas. Su prima Manuela de Portugal; su tía María Tudor, Isabel Valois y Ana de Austria, hija de su primo Maximiliano II de Hapsburgo.
Chismes aparte, cuando pasados dos siglos el alcalde de Acapulco Joseph María Arteaga quiere presumir tal título no lo encuentra. Le dicen que se quemó, que otro alcalde se lo llevó y hasta que fue rematado en la Feria de Acapulco. Entonces Arteaga le solicita una copia al virrey Juan Vicente Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, conde de Revillagigedo, caballero de la Orden Militar de Carlos II y gentilhombre de cámara de su Majestad, pero éste le contesta que no lo tiene. Lo alienta ofreciéndole que pedirá uno nuevo al rey de España.
En efecto, Carlos IV, de muy buen talante otorga un documento real proclamando a Acapulco como “La Ciudad de los Reyes”.
Que lo sigue siendo.




