Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Fernando Lasso Echeverría

El chikungunya y otros padecimientos transmitidos por mosquitos

Este padecimiento que apareció recientemente en Guerrero, y cuyo nombre nos ha costado gran dificultad aprenderlo y pronunciarlo correctamente, es la última “peste” que nos ha llegado a los guerrerenses, como si no tuviésemos nada de qué preocuparnos, digo yo. Esta situación me recuerda aquel viejo refrán español que dice “ya éramos muchos y la abuela volvió a parir”. Sin embargo, este escenario no debe extrañarnos, pues el constante y actual movimiento de la población que existente en el mundo provoca el desplazamiento –a veces de tierras muy lejanas– de pacientes que causan rápidamente la diseminación de enfermedades en los lugares adonde llegan, y cuando –como el caso del chikungunya– son transmitidas por insectos chupasangre como los que abundan en nuestro estado, éstas se propagan a la velocidad del rayo; por otro lado, si –además– el medio ambiente poblacional es propicio (viviendas precarias, deficiente educación de la gente, mal saneamiento ambiental etcétera), la epidemia prende cual yerbita de monte en las típicas sequías previas al temporal de lluvias.
El paludismo fue otra grave enfermedad transmitida por un zancudo (Anópheles), y significó para nuestra población un terrible flagelo sanitario durante siglos; el pueblo guerrerense padeció esta enfermedad cientos de años, y ésta ocupó siempre en las estadísticas vitales de la población uno de los primeros lugares, tanto en número de enfermos como en el de muertos causados por esta enfermedad, peleando siempre el primer lugar con la viruela y con el tifo transmitido por los piojos, hasta la década de los años cincuenta del siglo pasado, cuando el gobierno encabezado por Adolfo Ruiz Cortines implantó el Programa Nacional contra el Paludismo en todas las entidades federativas que sufrían esta epidemia, entre las que se encontraba Guerrero con altas cifras de enfermos. La población hablaba de esta enfermedad con naturalidad y resignación, y tenían un amplio conocimiento sobre ella; en las zonas más epidémicas, eran comunes las familias con varios enfermos crónicos entre ellas que sufrían meses o años las terribles fiebres tercianas, y se controlaban con quinina, que sólo atacaba al parásito en una de sus fases cíclicas, lográndose mejorías temporales. Muchos palúdicos pobres y desnutridos no soportaban mucho tiempo el desgaste físico y morían.
El 70 u 80 por ciento del país estaba en las mismas condiciones, y por ello el gobierno federal declaró la guerra a este padecimiento, invirtiendo tal cantidad de dinero en el programa contra el paludismo como nunca antes se había visto en México en ninguna actividad sanitaria; los trabajadores de paludismo formaban escuadrones que luchaban contra esta enfermedad con un fervor y una mística pocas veces vistos; los tratamientos contra el paludismo –ya con antipalúdicos más modernos– eran proporcionados en forma gratuita y oportuna a los enfermos para aliviarlos y para que dejaran de ser contagiosos si los picaban los mosquitos, y los rociados dentro de los domicilios y espaciales para matar a los mosquitos eran ejecutados con entusiasmo y en forma programada; cuando alguna zona o área del estado se declaraba libre de paludismo, era un día de verdadera fiesta para los trabajadores, quienes no esperaban ninguna compensación por ello. Simplemente, sabían que le estaban cumpliendo responsablemente a la población, con el éxito de su trabajo. Después de un largo periodo de lucha, el paludismo fue controlado a cifras mínimas y limitado en zonas de difícil acceso, y aunque de repente se presentaban brotes mayores, éstos eran controlados rápida y eficazmente por el personal especializado; actualmente, esta enfermedad es un problema de salud poco perceptible para la población joven, precisamente por su rareza.
Pero ya controlado el paludismo en la entidad, aparece a mediados de los años ochentas otro padecimiento transmitido por una variedad de zancudo diferente a la que transmite el paludismo, llamado Aedes, y que empezó a causar la enfermedad llamada dengue; la intensa presencia del dengue en la entidad agarró a las estructuras sanitarias y al personal médico del estado con un desconocimiento absoluto sobre este mal; el personal de los centros de salud empezó a reportar cientos de enfermos de rubeola, porque a un porcentaje elevado de pacientes de dengue les da un sarpullido corporal, parecido al que provoca la rubeola; sin embargo, para las autoridades sanitarias centrales era de llamar la atención el número tan elevado y nada común de casos de rubeola reportados, y al hacerse la investigación, se dieron cuenta de que era Dengue, un padecimiento viral transmitido por un mosquito, que había entrado al país a principios de los años ochentas por América Central, y había afectado ya a todos los estados costeros del Atlántico y los estados del sureste como Chiapas y Oaxaca. Para entonces, la sapiencia popular ya había bautizado a esta enfermedad como la “quebrantahuesos”, porque además de dar calentura a los enfermos, esta infección viral causaba un dolor singular y acentuado en las articulaciones y los músculos, que obviamente no se observaba nunca en la rubeola.
Nos empezamos a dar cuenta de que este padecimiento no mataba a nadie, y que la fiebre y los dolores se sufrían cinco días en promedio, y que era posible disminuirlos con analgésicos; nadie, pues, se espantaba con el ya famoso dengue, y la población sabía que le podía dar en cualquier momento; pero después de algunos años, de repente, empiezan a aparecer casos de dengue hemorrágico en la población, variedad de la enfermedad que sí podía causar la muerte de los enfermos que la padecían, pues inmediatamente se supo de algunos fallecimientos en las costas y en Acapulco, inclusive; posteriormente aparecían casos de Dengue hemorrágico en todo el estado… ¿Que estaba pasando?, nos preguntábamos todos alarmados, y empezó a circular la información de que había cuatro serotipos del virus del Dengue, y que los cuatro ya estaban circulando en Guerrero.
Pero ¡Y qué!, decía la gente; ¿por qué ahora el dengue si es grave? Preguntaba la población. ¿Por qué el “quebrantahuesos” ahora hace que la gente sangre y pueda morir? Insistía la población. Pues nada, resulta que, si a un enfermo que ya le dio dengue simple (también llamado Clásico) por cualquier serotipo le pica otro mosquito infectado que le transmite otro serotipo diferente de la misma infección viral, su sistema inmunológico reacciona de tal manera que cambia totalmente el cuadro clínico, y su pronóstico es reservado, pues le provoca sangrados digestivos y en otras áreas del organismo, por lo que requiere atención hospitalaria, pues su tratamiento es ya especializado e imposible de proporcionársele en su casa, situación que podría causar al unísono en un corto lapso, un número tan elevado de enfermos con Dengue hemorrágico, que la capacidad hospitalaria existente puede verse rebasada por la demanda. El Dengue pues, es una real amenaza tanto para la salud de la población guerrerense como para la capacidad de atención de las autoridades sanitarias de la entidad, si esto ocurre. Lo cierto es que cada año los casos de Dengue hemorrágico ascienden en número en la entidad de forma alarmante, seguramente por actividades deficientes o insuficientes en el programa contra los vectores (mosquitos) única medida efectiva contra el dengue, pues no hay vacuna ni medicamentos específicos contra este padecimiento.
Las medidas preventivas contra el transmisor del dengue deben ser sistemáticas e intensas, pues la educación a la población para que colabore en el retiro de cacharros en sus casas, que acumulan agua y funcionan como criaderos de mosquitos Aedes, y la coordinación con las autoridades municipales para que auxilien en el retiro de esta basura, son básicas y deben continuar. Sin estas actividades, la lucha contra la enfermedad fracasará. El dengue es una enfermedad transmitida por mosquitos que sigue afectando a la población en forma cada vez más grave, pues llegará el momento en que los casos de Dengue hemorrágico superarán a los del dengue clásico.
Ante este lamentable panorama epidemiológico, llegó a Guerrero el año pasado el chikungunya, otro padecimiento febril causado por un virus diferente al que causa el dengue, pero transmitido por el mismo mosquito Aedes que transmite este padecimiento. Al parecer, el primer caso llegó a Juchitán, en la Costa Chica; se trataba de un enfermo proveniente de Guatemala que empezó a contagiar –mediante los mosquitos– a personas nativas de ahí, quienes posteriormente lo llevaron a las zonas periféricas de Acapulco, y cada vez se disemina más en el estado. A la clase médica, este padecimiento nos volvió a agarrar en la absoluta ignorancia, pues empezamos a tener conocimiento de él por la prensa, con información poco clara y a veces contradictoria, que termina por causarnos confusión al respecto. La mayoría de los médicos nunca hemos visto un caso de esta enfermedad. Se dice que tiene una sintomatología muy parecida al dengue, con fiebre y dolores musculares más acentuados y de mayor duración, que llegan a impedir la deambulación; que muchos casos presentan también –al igual que en el dengue– un rash cutáneo parecido a la rubeola; que se cura con reposo y analgésicos, pero en un tiempo más prolongado que en el que se supera el ataque del dengue.
Es de preguntarse: qué otras sorpresas nos irá a dar este nueva enfermedad transmisible a los guerrerenses. Dado que es el mismo mosquito que transmite el dengue el que propaga el chikungunya, y que los dos virus existen en nuestro medio, ¿podrá un mismo mosquito infectarse con los dos virus al mismo tiempo? ¿Podrá transmitir un mismo Aedes los dos padecimientos y provocar cuadros patológicos más severos que puedan causar la muerte a los pacientes? ¿Irán a aparecer mutaciones en el virus del chikungunya, o nuevos serotipos del mismo virus? Es imposible saberlo. Pero la solución la tenemos en nuestras manos. Al no haber vacuna ni medicamentos contra el virus, la lucha debe centrarse en el combate al mosquito transmisor, evitando su proliferación en cacharros caseros que junten agua; poniendo larvicidas en nuestros tanques, piletas y tinacos de agua, para evitar o matar a los maromeros (larvas), que son los futuros mosquitos que nos van a picar; fumigando para matar los zancudos adultos; poniendo mosquiteros en nuestras ventanas y puertas; usando ropa que cubra la mayor parte de nuestra piel o aplicando repelentes, etcétera. Es claro, que no debemos esperar todo de las autoridades sanitarias, porque o no quieren o no pueden, y la situación caótica que vivimos ha dificultado todo. El autocuidado pues, es fundamental.

* Ex presidente de la Sociedad Médica de Chilpancingo y del Colegio Médico Estatal.

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