Está la obra de Leñero entre una visión de México y la reflexión sobre la fe, afirman en su homenaje
El periodista, narrador y guionista tuvo entre sus proyectos una adaptación de La divina comedia, a filmarse en las grutas de Cacahuamilpa, afirma Luis de Tavira en el acto durante la Feria del libro y la rosa
Silvia Isabel Gamez / Agencia Reforma
Ciudad de México
En su obra narrativa y periodística, su teatro y sus guiones de cine, Vicente Leñero asumió el desafío de construir una visión de México, consideró el director Luis de Tavira. Recordó un proyecto que no llegó a concretarse, una ambiciosa versión de La divina comedia que, cuando era gobernador de Guerrero, José Francisco Ruiz Massieu, le propuso hacer en las grutas de Cacahuamilpa.
Lo que Leñero vio en la obra de Dante, dijo De Tavira, fueron los círculos infernales de la historia de México. La guía no era Beatriz, sino Sor Juana.
En el homenaje que se le rindió a Leñero esta tarde en la Feria del Libro y la Rosa, en el Centro Cultural Universitario, el director de la Compañía Nacional de Teatro, quien llevó a escena cinco de sus obras, consideró que hasta el final de su vida le obsesionó el misterio de la fe, y desde ahí se abrió paso al conocimiento profundo del alma mexicana.
“Siento a Vicente afín, en mi experiencia de lector, a Dostoievski, no en los tópicos ni en la superficie, sino en lo hondo, en la indagación sobre el mal, en el clamor de la redención”.
De Tavira destacó la capacidad de Leñero para registrar con fidelidad el habla de la gente. Los personajes de novelas como Los albañiles cambiaron la literatura mexicana porque su autor prestó oído, aseguró, como lo hizo Dostoievski, a los habitantes del subsuelo infernal, a los desposeídos, los humillados y los ofendidos.
Los albañiles, consideró el escritor Ignacio Solares, es una novela que comienza siendo policiaca, y termina convirtiéndose en un problema teológico.
Es un ejemplo de literatura cristiana, donde Leñero explora el concepto del mal, una preocupación que Solares, su amigo y editor en la Revista de la Universidad, consideró central en una obra que, aseguró, está hecha de dudas, nunca de mensajes.
“Creo que a Vicente no le interesaba la teología”, planteó De Tavira, “sino el enigma de la fe. Aparece entonces una dimensión de espiritualidad, y resuena su voz que pregunta (en Los albañiles): ¿quién mató a don Jesús, quién ha crucificado a los que son incesantemente crucificados?”.
El actor Jesús Ochoa recordó que conoció a Leñero en el ciclo Teatro Clandestino, un “experimento maravilloso” que se realizó en 1995 en la Casa del Teatro, donde participaba en una obra de Víctor Hugo Rascón Banda, Los ejecutivos.
“Luego estuve en una película suya, El callejón de los milagros, y el pinche (director Jorge) Fons editó mi escena, y no salió”. Ya se había casado con su hija Eugenia, presente en el homenaje con su hermana Isabel, cuando le escribió un guión, que el actor tituló Café cortado, pero no llegó a filmarse.
“Nunca he trabajado en una película de Leñero. Pero tuve el placer de jugar dominó y comer los miércoles con él, y de que me tratara como el hijo que nunca tuvo, o sea que estuviera chingue, y chingue, y chingue”, bromeó. “Espero ser algún día intérprete de sus obras. Estoy obsesionado con poner (en el teatro) Los albañiles”.
Leñero fue alguien que supo ser imprescindible, agregó. Y coincidió con quienes afirman que las personas no mueren hasta que fallecen quienes las recuerdan. Es el caso del escritor, dijo, a quien le resulta imposible no ver a cada paso, y tener presente en cada pensamiento.




