Eduardo Pérez Haro
De elecciones y política para el cambio democrático
(Cuarta parte)
Las intenciones aperturistas del viejo régimen de partido único habían traído una relativa proliferación de partidos que se dio en aludir como pluralidad, cuando en realidad se venía fraguando una partidocracia que serviría desde la óptica norteamericana para crear una alternancia del régimen entre el PRI y el PAN emulando a demócratas y republicanos, con lo cual los poderes fácticos de la era global se acomodarían sin sobresaltos, pero la derecha resultó inoperante y el PRI se reacomodó para regresar a hacer de las suyas. La transición democrática se desvaneció gradualmente, se perdió entre los apetitos de grupos y facciones políticas de los grupos más avezados, y en esa oportunidad se filtró la posibilidad de lo que se reagrupaba del otrora grupo Atlacomulco (ver Los Suspirantes, de Jorge Zepeda Paterson) desde las filas de los Golden Boys que crecieron entre Hank, Del Mazo y Montiel. El ascenso de Peña Nieto y el PRI le otorgó un lugar de comparsas a los partidos de oposición (Pacto por México) reduciéndolos y “obligándolos” a hechos desaseados –por no usar una expresión más dura–, al grado de no representar oposición y sí complicidad con un gobierno que se reduce a una mala estrategia de desarrollo por cuanto concibió una línea de fondeo a partir de la privatización del petróleo y las comunicaciones, entre los hombres y empresas globales de dentro y de fuera sin reparar en los problemas de la desigualdad y las insuficiencias estructurales (tecnología, infraestructura, fuerza de trabajo calificada, organización de la producción, sector agropecuario, diversificación de mercados, sistema financiero competitivo, nueva institucionalidad) que verdaderamente condenan al atraso a México, pero que por lo demás le falló por no prever que dicha estrategia estaba expuesta al juego de otros actores (mundo árabe) que participan de la reestructuración mundial en curso (¡vaya omisión!), y que ha significado dejar sin oportunidad al crecimiento económico y el empleo como baluarte de la subsistencia de millones de mexicanos y sí, en cambio, no ha tenido empacho en dejar ver sus extravagancias en el suntuarios vivendi y el tráfico de influencias que, al final de cuentas, le representan el mayor descrédito que un presidente haya registrado en la historia contemporánea de México.
La transición a la democracia como corolario de la apertura democrática iniciada por el presidente Echeverria y el advenimiento de la llamada “pluralidad”, al paso del tiempo y a la par del neoliberalismo y la globalización en México, han sido desplazadas por el enquistamiento partidocrático y la corruptocracia como forma de gobierno.
Ahora, de cara a las elecciones intermedias que se llevarán a cabo el 7 de junio de 2015, se ha colocado una discusión que se dirime en diferentes espacios, públicos y privados, y el hecho no puede ser desestimado. Las personas se indisponen a votar y, como ya lo expresamos con anterioridad, no se trata de una abstención sino de un rechazo a las elecciones como institución, a los partidos como tales y al gobierno encabezado por el desacreditado presidente Enrique Peña Nieto. No es abstencionismo sino expresión contundente de crítica que presupone a la necesidad de nuevas instituciones electorales, nuevos partidos políticos y otro presidente. Que no se logra con dejar de ir a votar, por supuesto que no, y nadie se engaña con ello, pero se dice porque se piensa, y el recurso que está al alcance es ese y no hay otro.
Nadie está pregonando la violencia ni fórmulas alienígenas de cambiar las cosas, sólo se asiste a un acto de repudio a lo inservible de acudir a las urnas en la advertencia de una franca expresión de transformar las condiciones de la construcción democrática. De que no acudir a votar es dejar que se afiance el PRI es un argumento simple e inexacto, pues su triunfo no depende de ir o no ir a votar; de hecho, las experiencias de 2006 o de 2012 no dan cuenta de impedirlo o mermarlo, por el contrario, se sirvió del voto opositor para limpiar un procedimiento amañado desde los medios de comunicación y la compra de voluntades del sector popular. Andrés Manuel López Obrados, que fue su adversario más cercano, ya no pudo levantar la denuncia de fraude porque, en la práctica, era indemostrable cómo se había fraguado a la manera de un delito electoral; y ahora Andrés Manuel López Obrador-Morena ya no tienen la misma posibilidad que éste representó en 2006, ni tampoco las condiciones de 2012, porque se dedicó a crear el partido Morena denotando un interés casi personal que lo distanció de los movimientos sociales y lo apartó del sentir ciudadano que venía procesando su desapego del régimen peñanietista.
Muchas personas sin haber votado por Peña Nieto, o haciéndolo, acariciaron la expectativa de superar el aletargamiento pernicioso de dos sexenios panistas. El 1 de diciembre de 2012, en su toma de posesión, el evento y su alocución, impresionaron e ilusionaron a muchos a pesar de que los estudiantes lo protestaron en advertencia clara de lo que venía. Peña Nieto se embelesó en su triunfó, se obcecó en la tramitación legislativa de las llamadas reformas estructurales, y cuando iniciaba los festejos y recibía los reconocimientos por la hazaña legislativa, se presentó la desaparición de los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa y se desbordó el cauce del éxito ante la derrama de hechos infectos, pues se reavivó la denuncia de los crímenes de Tlatlaya por parte de las Fuerzas Armadas, y se revelaron sus contubernios con los proveedores de obra pública que le facilitaban aviones, casas y propiedades, creándole un descrédito que le dio la vuelta al mundo; y para su mala suerte, a la par de todo ello se venían abajo los precios del petróleo, con lo que caería toda expectativa de llevar a término lo expresado en el discurso del 1 de diciembre de 2012. Todo el mundo se dio cuenta de la falacia del régimen y del Presidente, rompiendo la fascinación del encanto primigenio, sumando sus ánimos al reclamo de justicia, y más por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, indignados por la Casa Blanca y hasta molestos por los lujosos desplantes de la primera dama y sus hijas.
Y hoy, buena parte de los ciudadanos de todo México no se comen el cuento de las elecciones, ni lo ven como vía para medrar los poderes y controles de un régimen que se torna cada vez más vertical y autoritario, y cuya soberbia no le deja rubor ante el crecimiento de la violencia y la inseguridad, como no se duele del ensanchamiento de la desigualdad y la pobreza; empero, mucha gente tampoco mira a Morena como representante de sus desilusiones y coraje, y el mensaje de honestidad se torna flojo y distante, así como su amor por los pobres no suena porque no está en el lenguaje de las personas ni de los movimientos sociales. Para el Partido de López Obrador, Tlatlaya, Ayotzinapa, la Casa Blanca, Aristegui, etcétera han pasado de lado, porque él está haciendo un partido hasta que alcance la Presidencia construyendo una asíntota entre la historia de las sociedades de base y sus afanes políticos personales. Es un partido no alineado con el gobierno, es verdad, pero ello no basta, la institucionalidad democrática tiene como condición su emergencia y su correspondencia con la voluntad popular, que comprende a todos los sectores y clases sociales, y no se trata de una expresión populista sino de una exigencia de autenticidad en la representación, y la existencia de vínculos y mecanismos con las sociedades de base, sus individuos y colectivos.
Adolfo Sánchez Rebolledo hace una distinción entre la democracia como un complejo de la representación y una formalidad reducida al juego electoral. Diría yo, más allá de la dicotomía construida entre la democracia representativa y la democracia participativa, pues no es una manera simple de imaginar juegos de relación entre representantes y representados, como se ha abusado de asuntos como el de transparencia o rendición de cuentas que se les acomoda en el entramado del sistema sin mayor trasgresión, pues de lo que estamos hablando es diferente, se trata de responder no sólo a las aspiraciones materiales de las sociedades de base, que sin duda hay que procurarles, sino de reconocer los términos en que éstas deben de resolverse de cara a los fenómenos de las nuevas contradicciones con la naturaleza (cambio climático), la individualización y la deshumanización presupuestas por la era digital y que, sin renunciar al desarrollo tecnoproductivo, puedan limarse los picos de la centralización económica (sistema financiero por encima de la producción de bienes y servicios) y de la manipulación cultural, objetivos de la crítica práctica que, de alguna manera u otra, están en las decisiones de crítica a las instituciones (electorales, políticas y de gobierno) en su conformación actual y en las decisiones de cambio que cotidianamente la gente está tomando en y desde sus diferentes frentes de vida, y que se conectan no sólo en las redes sociales, como muchos suponen y desestiman, sino en los diferentes espacios de la vida diaria en el trabajo o en la escuela, entre amigos y en grupos, incluso en el encuentro fortuito, pero que hacen a la sociedad informada o dispuesta depositaria de los contenidos y fuerzas del cambio, que conscientes del peso de la adversidad se disponen a procesos constructivos sobre nuevas bases, y es desde ahí que hay que revisar, repensar la democracia como un campo fértil en el que se puede volver a sembrar.
No votar no es abstenerse, sino el inicio de una construcción democrática que privilegia el desarrollo de la información y la formación de un nuevo sentido común que sabe de la importancia de procesar desde la base, partiendo de no repetirse con lo que se cuestiona, siempre cierta de la contienda que todo proceso de cambio le representa, sin falsas morales ni juegos idealistas, conscientes de trabar acuerdos y compromisos con el otro, reconociendo en la discusión, el debate y la confrontación, la coexistencia con las fuerzas conservadoras y adversarias del cambio democrático, y si ello implica otro partido, otras instituciones y otro tiempo, todos están en oportunidad de reconocerlo y avanzar desde ahora.




