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Jesús Mendoza Zaragoza

¿Quién dignifica a quién?

“Voy a dignificar a Iguala”, ofreció un candidato a la gubernatura de Guerrero a sus oyentes igualtecos. Esta pretenciosa promesa de campaña retrata a muchas más que los candidatos hacen en estos días y que nosotros nos tragamos sin más. Esta promesa es pretenciosa porque no puede ser cumplida por su propia naturaleza. Nadie dignifica a nadie; cada quien se dignifica a sí mismo. La dignificación es un proceso que se desarrolla en el ámbito de la subjetividad y que cada quien decide.
La dignidad es una característica propia de los seres humanos, que expresa un reconocimiento de su valor como persona capaz de valerse por sí misma y de ser sujeto de su propio desarrollo. La dignidad –al igual que los derechos humanos– nadie nos la otorga, sino que se reconoce y se respeta. Por analogía, decimos que la dignidad es una característica de los pueblos como sujetos colectivos que toman sus propias decisiones. En este sentido, ¿quién ha dicho que Iguala perdió su dignidad?
Entonces, ¿qué pueden hacer los gobiernos al respecto? Hay que entender que no pueden dignificar a los pueblos o a las personas. Muchas mentiras están diciendo los candidatos en estos días cuando prometen que van a sacar a los pueblos del atraso económico y social, o que les van a resolver sus problemas ancestrales. Este discurso paternalista ha sido dañino en el pasado y sigue haciendo daño a la población que responde con actitudes infantiles e irresponsables.
Lo que a los gobiernos les toca es poner las condiciones necesarias para que las personas y los pueblos se dignifiquen a sí mismos. Hablamos, por ejemplo, de condiciones económicas como empleo bien remunerado para todos, o de condiciones políticas como la transparencia y la rendición de cuentas, o de condiciones sociales como la inclusión y la no discriminación. Aquí es donde está la responsabilidad de los gobiernos. Y estas condiciones se ponen cuando reconocen la dignidad de las personas y de los pueblos. Por esto, hay que decir que si no existen estas condiciones hasta ahora es porque los gobernantes no han reconocido esta dignidad y no han trabajado para que pueda resplandecer.
Por su parte, la dignificación es un proceso que cada persona y cada pueblo construye de una manera libre y responsable. Cada quien decide si vive con dignidad, reconociéndose como persona y asumiendo la responsabilidad que le toca en la familia y en la comunidad, lo mismo que en la sociedad. La dignificación es un proceso educativo en el que cada quien se va haciendo persona como consecuencia de una decisión libre. Esta es la gran tarea de la educación a la cual hay que apostarle. A esta educación tienen que contribuir la familia, en primer lugar, la escuela y demás espacios que generan cultura como los medios.
Para la solución de los graves problemas de Guerrero como la violencia, la pobreza extrema y la corrupción política, es decisiva la participación de las personas y de los pueblos conscientes de su dignidad. La dignidad es algo así como un motor que empuja a vivir mejor, a construir espacios de justicia y a vivir fraternamente. La dignidad es un dinamismo ético que activa desde dentro a las personas y a las comunidades a vivir en fraternidad y en paz. Conozco comunidades pobres que viven con gran dignidad porque así lo han decidido.
En este sentido, es indispensable el desarrollo humano entendido como la expansión de la responsabilidad personal hacia la comunidad y hacia la sociedad misma. La persona se hace responsable de sí misma y, de manera derivada, de su familia, de su comunidad y de la sociedad entera. Este es un proceso de humanización de la sociedad que, en nuestro caso, está tan debilitada y herida, tan fragmentada y aturdida. Necesitamos una sociedad fuerte, compuesta de comunidades y grupos que asumen responsabilidades sociales comunitarias. Esto es, una verdadera sociedad civil que tenga en sus manos el control de los poderes públicos.
La democracia es tal cuando está sustentada sobre la participación libre, consciente y responsable de personas y comunidades que han reconocido su dignidad. Esto no es utopía; se da en las pequeñas comunidades campesinas en las cuales hay mayores reservas de dignidad. La democracia es una condición necesaria para resolver los grandes problemas del país y de nuestra región. Sin el desarrollo democrático no hay esperanzas para que nuestros pueblos vivan mejor, sencillamente, porque siguen siendo tratados como objetos de beneficios y meras clientelas políticas. Si queremos afrontar la violencia con contundencia, hay que avanzar en el camino hacia la democracia, así, sin adjetivos.
El proceso electoral que estamos presenciando es una mera simulación democrática promovida por partidos que no son democráticos y por un sistema político que no reconoce la dignidad de las personas y de los pueblos. No dudo de la honorabilidad de algunos de los candidatos que contienden, pero están sometidos a instituciones poco confiables.
El mensaje del proceso electoral no está poniendo las condiciones para que nuestros pueblos se dignifiquen. Es un mensaje que no respeta la dignidad de las personas (compra de votos, regalo de despensas u otros enseres, acarreos, etc.) ni reconoce la libertad de los ciudadanos. El proceso electoral sigue planteando que el gobierno va a resolver los problemas de la sociedad, lo cual es una gran mentira. Sigue diciendo a los ciudadanos que somos unos inútiles que sin el gobierno nada podemos hacer. Es una embestida antidemocrática que tenemos que soportar y sostener.
Por ello, señor candidato, reconozca que usted no puede dignificar a nadie y que tiene que empezar a reconocer la dignidad de las personas y de los pueblos si quiere contribuir a su dignificación.

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