Arturo Solís Heredia
Canal Privado
* Como jamelgos de Playa Revolcadero
(Segunda y última parte)
*La tragedia de Iguala y la alarmante reacción del Cártel Jalisco Nueva Generación son pruesbas evidentes de la derrota de la guerra contra el narco basada en la política prohibcionista impuesta por EU, donde el consumo se ha triplicado en los últimos 30 años.
“La pregunta hoy no es por qué perdimos la guerra contra las drogas, sino por qué seguimos en esa guerra”, dice el documental de HBO American Drug War: The Last White Hope, sobre la derrota del gobierno estadunidense en su guerra contra el tráfico y consumo de drogas.
En síntesis, el documental precisa los ingredientes de ese fracaso: primero, la política oficial en contra de algunas drogas ilegales (porque las de mayor consumo ciudadano son legales y se venden en las farmacias), ha estado cargada de prejuicios, verdades a medias, mentiras y racismo.
“La mariguana es tan adictiva que puede llevar a un joven, desesperado por conseguir su dosis diaria, a asesinar a sus propios padres”, advertía una campaña oficial en la tele gringa en 1957. “El crack es cocaína 10 veces más poderosa y adictiva, y provoca en los consumidores conductas antisociales y criminales”, advertía otra en 1980.
Segundo, a pesar de que el crack es la mezcla de base libre de cocaína con una parte variable de bicarbonato de sodio, las penas por posesión, consumo y tráfico de crack son ridículamente más severas. Cadena perpetua a reincidentes de venta de crack; 10 años, con posibilidad de pre liberación, a reincidentes de venta de cocaína.
Tercero, a pesar de que el consumo de cocaína (en cualquiera de sus presentaciones) es igual entre blancos y negros, ricos y pobres, el 98 por ciento de los presos en las cárceles gringas por delitos relacionados con esa droga son negros pobres.
Desde que el entonces presidente Ronald Reagan le declaró la guerra al narcotráfico y privatizó el sistema penitenciario, a mediados de los ochenta, el número de presos en las cárceles de ese país creció al quíntuple. Es decir, negocio redondo para los amigos del poder: más guerras, más venta de armas, más detenidos, más cárceles.
Cuarto, la obsesión anti-cocaína del gobierno gringo, impuesta a todos sus vecinos y socios comerciales, provocó la creación y proliferación de drogas sintéticas más poderosas, adictivas y peligrosas que la coca.
Quinto, en los últimos 30 años, el tráfico y consumo de drogas ilegales en Estados Unidos no sólo no disminuyó, sino que se triplicó.
Y como en México ese balance arroja saldos tan malos y peores que el gringo, la pregunta aquí tampoco es ¿por qué perdimos la guerra anti-drogas?, sino ¿por qué seguimos el mismo caminito?
Y digo la perdimos porque si hoy hay más armas, muertos, violencia, crimenes, secuestros, soldados, policías, marinos, gasto, cárteles, sicarios, corrupción y narco-política, que el día en que Felipe Calderón le declaró la guerra al narco… ‘tamos peor que antes, perdimos. La tragedia de Iguala y la alarmante reacción del Cártel Jalisco Nueva Generación son pruebas evidentes de la derrota.
Vuelvo entonces a la pregunta, ¿por qué seguimos el mismo caminito?
¿Será porque, como allá, los negocios son más lucrativos en la guerra que en la paz?
Porque a simple vista de éste su seguro escribidor, aparecen dos caminos aún no andados ni explorados, que parecen ser mejores que este.
El camino del dinero. El que lleva al corazón del narcotráfico, la lana y su amplísima red de lavado y complicidades en bancos, empresas, constructoras, gobiernos y autoridades.
¿Por qué no seguir ese camino? ¿Será porque en él se encuentran muchos nombres importantes, muchas caras y fachadas presuntamente honorables?
El camino de la gente. El que lleva al corazon del desamparo y la desesperanza, el de la falta de lana, de oportunidades, de empleos y salarios dignos, de descanso, ocio y convivencia, que no se limiten a la tele, las redes sociales, las plazas comerciales y el consumo sin freno.
¿Por qué no seguir ese camino?
¿Será porque a los políticos no les alcanza el ánimo, el valor, la inteligencia y la creatividad, para salirse del caminito inércico de los jamelgos playeros?
¿Será porque a la gente tampoco le alcanzan los propios para jalarle en serio la rienda pa’ que vea quien manda, pa’ que vea que hay más y mejores caminos queste?
¿Será porque pa’ eso se necesita mucho de parte de los involucrados? De unos, ganas de acercarse a la gente, de recuperar confianza popular, de escuchar y obedecer; de otros, ganas de organizarse, de recuperar autoestima, orden y unidad, para saber qué demandar y qué mandar.
Por lo pronto, el inminente debate sobre la apertura definitiva de Casa Guerrero, para convertirla en un centro cultural abierto al pueblo, será una estupenda oportunidad de demostrar ambos si sabemos y nos atrevemos a cambiar para bien la infame realidad que padecemos.
De demostrar que entendemos que lo que más nos urge y sirve a ambos no es buscar culpables de nuestros males, sino encontrar soluciones.
Pero de ese proyecto, queridos lectores, abundaré y opinaré en la próxima entrega.




