Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Vite

La tradición en sí mismo

(Primera de dos partes)

Muchas personas, desubicadas por supuesto, ven en la literatura un escalón social, un acceso con poco tráfico para la fama e incluso un pasaje para sentirse rebeldes o, de plano, para ganarse el respeto de los otros comparsas con quienes comparten el trabajo, la vida y el cotorreo. La mayoría de los oficiantes de la literatura saben perfectamente los escaloncitos que debe subir para iniciar su ascenso espectacular en la mal llamada ‘carrera literaria’, pero hay otros hombres, como William Gaddis, empeñados en mostrarnos que los libros con aportes literarios en mayúsculas son una rara avis, porque hacer un libro grande, no por lo cuantitativo sino por lo cualitativo, requiere del distanciamiento de la publicidad, de ésa que unge a los libros con brillantina para que los lectores extraviados se adhieran a esa historia. Aparte, claro, deben pelearse con los medios de comunicación consecuentes, los que no señalan el acierto o el error, los que tienen en sus filas a los reseñistas o reporteros que detallan los hechos de acuerdo con el humor del día. Pero pensemos en Los reconocimientos (Sexto piso, 2014, 1360 páginas), primera novela de Gaddis, un escritor que se relee no sólo por la singularidad de su obra, sino por el entusiasmo con el que desmenuza, recurriendo a la ironía, la existencia de los ensoberbecidos artistas de la copia, los maestros de la falsificación.
The recognitions, publicada por primera vez en 1955 por HarcourtBrace &Company, cuando el autor cumplía 33 años de edad, fue ignorada por los reseñistas y críticos literarios de su tiempo; aunque la editorial la anunció en 56 medios impresos, sólo hubo tres reseñas que salieron del rango habitual de estupidez para comentar un libro extraño en el que el autor invirtió ocho años de vida. No me explico cuál puede ser el motivo por el que algunos infaustos no vieron la valía de una novela fuera de lo común. Digo, tampoco es para asombrarse por la ignorancia manifiesta; basta con pensar que en las editoriales mexicanas del centro del país sólo hay un criterio editorial: libros simples, repetitivos, hechos al carbón de otros libros mediocres. No arriesgarse editorialmente también es una forma de construir la jaula de la expresividad literaria.
A partir de 1947 comenzó a escribir por rachas. Gaddis detalla en una entrevista (Paris Review) que hizo un relato basado en el mítico Fausto y de pronto comenzó a crecer el texto hasta llegar a las mil 360 páginas. El autor se confrontó con todos y cada uno de los motivos existencias de Wyatt Gwyon, un pintor que aún cree en el arte a pesar de su verdadero talento sea la falsificación. Parece exagerado que Gaddis invierta más de mil páginas para mostrarnos la paradoja de un artista que hace copias fieles de los maestros flamencos, pero su libro no es una obra excesiva, pesadona.
Asistimos en Los reconocimientos a la vida de un pintor, traumatizado por la violenta infancia que vivió junto a su padre, un artista que afina su talento para diversificar el engaño, con ello el mal, y aceptar que el mundo está diseñado para ignorar preceptos éticos. Gwyon hace planos de puentes, falsifica cuadros de pintores flamencos, crea ex-novo obras atribuibles a genios del Renacimiento que un multimillonario ‘descubre’ entre sus trebejos con la intención de venderlos a muy buen precio. El trabajo de Gwyon es excelente: ningún experto, tras la aplicar los análisis oportunos, duda de la autenticidad de las ‘nuevas obras’.
Veinte años después de la primera publicación de Los reconocimientos, el nombre de Gaddis comenzó a sonar en diversos ámbitos, no sólo como novelista extravagante, pues el tipo se había convertido en un mito, alguien al que se le atribuían proezas incontables.
Gaddis explica, en la entrevista referida, que él tenía la impresión de que la novela sería inadvertida, porque el mundo editorial explota justamente los aspectos que él disecciona en el libro. Sin duda, este escritor debe estar orgulloso con su novela, pues el 90 por ciento de los reseñistas no vieron en la trama y en los motivos que impulsan la vida del protagonista una inconformidad vital, casi adolescente, pero no por ello menos legítima.
Estamos reproduciendo el engaño, nos dice Gaddis, y en su discurso es minucioso, amplio. El autor no fue tan egoísta, no sólo observó lo artístico, sino que incluso se dio tiempo para retratar el negocio de la construcción de puentes y la religión como un ejercicio empresarial; por ejemplo, Gaddis nos detalla (casi a la manera de una guía) la gestión de recursos financieros para la canonización de una niña española a la que mató un pederasta.
La revista Time publica en 2005 la lista de las 100 mejores novelas de 1923 a 2005 y, por supuesto, aparece Los reconocimientos. Este libro que no es monumental por la cantidad de hojas, sino por el exquisito trabajo de la trama, lleva implícito, como si de un embarazo se tratara, el germen de una camada de escritores caracterizados por la irreverencia y el gran señalamiento de los errores que hacen de la vida en el siglo XX un maratón de la histeria: Thomas Pynchon, Jonathan Franzen, William H. Gass, Don DeLillo y David Foster Wallace. Pero de ese aspecto, el de la creación del universo personal desde un margen literario, será la siguiente entrega. Que tengan buen martes.

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