Margarita Warnholtz
En Guerrero, un ejemplo de que detrás de los movimientos sociales está la solidaridad
Mañana llega al Zócalo de la ciudad de México la Caravana Nacional por la Defensa del Agua, el Territorio, el Trabajo y la Vida, después de 11 días de recorrer el país. Poco han registrado los medios nacionales sobre este esfuerzo de protesta y de lucha encabezado por los yaquis, al que se han unido cientos de organizaciones, sin embargo, dejó huella a su paso y por lo que he visto y leído, la gente respondió positivamente.
Por casualidad, me tocó estar en Marquelia, Costa Chica de Guerrero, desde un día antes de que pasara la Caravana por ahí, y fui testiga del acto de recepción y, previamente, de su organización. Hace poco, un empresario me preguntó que quién financiaba a los movimientos sociales, que “qué intereses o quiénes estaban detrás”, por lo que decidí compartir aquí mi experiencia para responder a los que se hacen esa pregunta y, además, para mostrar una parte de Guerrero y del país que solemos olvidar.
No recuerdo los nombres de todos los que participaron, así que, para no dar créditos solamente a algunos, no mencionaré a ninguno.
El dueño del lugar donde me hospedé me invitó a acompañarlo, pues formaba parte de la comisión que estaba preparando el recibimiento. Llegamos a su reunión y comenzaron a ver qué faltaba y qué había. La comida estaba solucionada: unos pescadores donaron más de 50 kilos de pescado, un señor aportó 100 kilos de tortillas, alguien puso los cocos para hacer agua, otro dio al costo varios garrafones y el que sabía cocinar mejor se ofreció a preparar los alimentos con ayuda de cinco mujeres que aparecieron de algún lado para apoyar.
Faltaban vasos, sillas, el sonido, la manta de bienvenida y otros detalles. En menos de 20 minutos, se repartió el trabajo y surgieron los voluntarios para encargarse de lo necesario. Llamaron al del sonido que lo dejó a menos de la mitad de precio, y un señor dijo que lo pagaba, llamaron al comisario ejidal para que prestara las sillas, apareció una camioneta para lo que hiciera falta, cooperamos para la gasolina, unas señoras se fueron a vocear para invitar a todo el pueblo, etcétera. A mi amigo le tocó encargarse de la manta, así que me fui con él.
Empezamos por comprar la tela, nos hicieron un descuento porque era para el movimiento. De ahí nos dirigimos a buscar al sastre para que la cosiera, ya había cerrado pero cuando supo que era para la Caravana se regresó y transformó la tira de manta en un rectángulo, a cambio de nada. Después fuimos a buscar al rotulador a ver si cooperaba o hacía una rebaja. Cuando le explicamos de qué se trataba, aceptó hacerla gratis, solamente nos pidió un foco grande “porque vamos a trabajar toda la noche y el mío no alumbra bien, pero no tengo para comprarlo”. De ahí fuimos a hacer y repartir las invitaciones al presidente municipal y otras autoridades locales (“seguro no vienen, pero por cortesía hay que invitarlos”, dijeron). Así, con el apoyo voluntario de muchas personas, en menos de 24 horas estaba todo listo para la recepción.
Llegaron los integrantes de la Caravana y después de comer iniciaron los discursos. El mensaje principal fue la convocatoria a organizaciones y personas a unirse en un solo movimiento nacional. Se habló del problema yaqui en particular, de lo que implica la posible privatización del agua, del despojo de territorios indígenas para la implementación de los proyectos mineros y de la contaminación de agua y suelo que éstos conllevan; de la falta de empleos y la situación de esclavitud en los campos agrícolas, así como de la violencia, los muertos y desaparecidos, incluidos los 43 estudiantes de Ayotzinapa.
Cuando tomó la palabra uno de los coordinadores de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), organización que se adhirió desde el inicio a la convocatoria de la caravana y responsable de la misma en su paso por la región de la Costa Chica, ni siquiera hizo mención de la UPOEG, menos aún de sus candidatos para las próximas elecciones, sino que se refirió a los temas de la Caravana. Después hablaron algunos de los asistentes al acto, unos convocaron a los presentes a organizarse y unirse, otros mencionaron ciertos problemas locales. A pesar de que estamos en plena campaña electoral y había personas, incluso candidatos, de varios partidos políticos, nadie intentó aprovechar el evento para hacer proselitismo.
Casi al finalizar el acto, una anciana entregó discretamente a uno de los de la Caravana un billete de 20 pesos (probablemente su comida del día o más que eso). “Es poquito, pero aunque sea para que se compren un taco o agua”, le dijo. El gesto sacó las lágrimas de más de uno de los presentes.
Me parece que con lo anterior se demostró, una vez más, la capacidad de organización y la solidaridad del pueblo guerrerense. Y, para quienes no lo entienden, creo que esta experiencia (que seguramente fue similar en todos los puntos que tocó la Caravana), es la respuesta a la pregunta de “quién está detrás de los movimientos”.




