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Jorge Castañeda

El Piojo, el jefe chichimeca y el INE

La “corrección política” encierra un significado diferente en Europa y Estados Unidos, al que guarda en México. Aquí, el término tiene una connotación justamente… política. Se suele referir a posiciones, tesis y argumentos políticos de cierto tipo, que se consideran “correctos” (casi siempre de izquierda, nacionalistas, ortodoxos), mientras que otros no lo son.
En el Atlántico norte, la expresión designa posturas de índole más bien social o cultural, que son inaceptables, y por tanto “incorrectas”: el racismo, el sexismo, la homofobia, o el anti-semitismo, por ejemplo. Rara vez el término abarca posiciones políticas. Quizás por ello, el contenido o la sustancia de la dupla de adverbio y calificativo ha recorrido un camino diferente en esos países: de los medios, el ágora y el aula, a las salas, las terrazas y las alcobas. Esto explica también, tal vez, las desventuras del consejero presidente del INE, que quizás olvidó sus épocas italianas y actuó como buen mexicano.
En Europa y Estados Unidos, una serie de palabras, insultos o bromas no sólo se encuentran proscritas en público; tampoco se pueden utilizar en privado. En una cena de puros blancos en Nueva York, o de puros franceses de cepa en Paris, o de high-table en Oxford, es inimaginable que uno de los invitados hable de “pinches negros” o “pinches árabes” o “pinches indios (de la India)”. La corrección política lo impide, hasta en la cama. Se trata de una costumbre incómoda, en ocasiones odiosa, pero eficaz. Confieso que como mexicano especialmente malhablado y poseedor de un sentido del humor enclenque, me cuesta trabajo a veces acostumbrarme a esas peculiaridades del Primer Mundo.
Pero prefiero mi disfuncionalidad allá a la comodidad que impera en México. En nuestro país el antisemitismo se esgrime y se acepta incluso en público, y parte del rezago mexicano en lo tocante a los otros “ismos” indebidos, proviene de la tolerancia ante su uso en privado. Cuando a todos los mexicanos, incluyendo al Piojo Herrera, nos resulte inaceptable el grito de la torcida mexicana (conviene más esa palabra que “porra”, por el doble sentido en castellano), empezaremos a avanzar en nuestras conversaciones telefónicas, nuestros usos y costumbres, y nuestras metidas de pata, al final del día inconsecuentes pero sintomáticas.

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