Tlachinollan
En Guerrero, el voto de la calamidad
La elección que viene nos deja entrever las luces y las sombras de unos comicios plagados de vicios añejos y prácticas fraudulentas promovidas por todos los partidos políticos. Lo que hoy experimentamos los ciudadanos y ciudadanas es un sentimiento de frustración, impotencia y coraje por la forma como impusieron las candidaturas, las mafias políticas enquistadas en las cúpulas partidistas. Como siempre sucede en este modelo de democracia representativa, son los partidos políticos y sus candidatos los que más daño le hacen a la sociedad, porque no están comprometidos con las transformaciones que demanda la población excluida.
El sistema PRI, a lo largo de más de 70 años, logró impregnarnos de una cultura autoritaria, centrada en el presidencialismo, en el partido hegemónico, en los cacicazgos regionales y en el uso patrimonialista y faccioso de las leyes. Esta cultura sigue vigente y actuante en las prácticas corporativas y clientelares focalizadas en la compra y coacción del voto, que implementan todos los partidos políticos. Los escándalos del fraude por parte del PRI, que rebasaron las fronteras nacionales y le dieron a México la fama mundial de ser un país corrupto, evidenciaron cómo desde las mismas estructuras del poder político se fue incubando la delincuencia institucionalizada, que en el ámbito financiero se le conoce como la delincuencia de cuello blanco, y en el ámbito político, como el poder de las mafias articuladas al crimen organizado.
Los crímenes políticos fueron la expresión del grave estado de descomposición en que se sumergió una clase política anquilosada que enloqueció ante la inminencia de perder el control de los hilos del poder y que optó por aniquilar a quienes serían sus sucesores. Se recurrió a la violencia como la formula más eficaz y devastadora para impedir que el monopolio del poder se diluyera de sus manos y cambiara de dueño y de partido.
En nuestro país esta transición ha sido muy dolorosa y se ha gestado con la fuerza y el heroísmo de sectores empobrecidos y marginados. Desde hace medio siglo la clase trabajadora ha empujado con gran determinación para desmantelar este sistema autoritario y clientelar que se ha empeñado en imponer un modelo de desarrollo basado en la economía de mercado, siguiendo las directrices de la banca multilateral y los intereses de las transnacionales. Han sido los movimientos de los médicos, los ferrocarrileros, los maestros, los campesinos, los jóvenes, los obreros y los indígenas que lograron desmontar las estructuras caciquiles y gansteriles de un sistema corporativo y corrupto.
La reforma política de López Portillo vino a ser la válvula de escape que logró amainar las aguas turbulentas de la lucha sorda, sanguinaria y desigual por la disputa del poder político. El sistema de partidos, elevado a rango constitucional, brindó la oportunidad a los institutos políticos para participar en las elecciones y erigirse como nuevas entidades de interés público para representar a los electores. Se trató de una reforma hecha a imagen y semejanza de la cultura autoritaria que aún persiste en el sistema de partidos. Estos cambios legislativos abrieron la puerta para que se ampliara y fortaleciera la partidocracia. Para que se nos vendiera la idea de que con la llegada de otros partidos políticos a los congresos locales, al congreso federal, así como a las presidencias municipales, gubernaturas y la presidencia de la República, nuestro país estaría en el paraíso de la democracia.
La clase política se olvidó que esta gesta por la democracia tuvo su génesis y sus protagonistas en los movimientos de trabajadores, en las luchas sindicales, con las organizaciones sociales, los movimientos juveniles y las luchas de los pueblos campesinos e indígenas. Este empuje desde abajo logró romper el monopolio del poder y ensanchó la puerta de entrada para hacer realidad el pluralismo político. En nuestro Estado se dio el primer triunfo político de la oposición con el Partido Comunista Mexicano (PCM) en Alcozauca. Fue una gran hazaña la conquista alcanzada a pulso en la Montaña, sobre todo porque había mística, entrega a la causa, sacrificio, cercanía y una identificación profunda con las luchas del pueblo. En aquellos momentos históricos las nuevas autoridades no perdieron piso, siguieron atados a las luchas, entregados a la gente e imbuidos de la combatividad y rebeldía de los campesinos e indígenas.
Han sido 33 años que las y los guerrerenses hemos constatado con desencanto y rabia de que la lucha político partidista, no ha representado un cambio profundo en las formas de ejercer el poder, ni se ha logrado avanzar en la lucha contra la desigualdad, la discriminación, la inequidad, la exclusión, el despojo y el engaño que secularmente padecen los pueblos originarios de Guerrero. Toda la herencia combativa se ha borrado de tajo en la memoria de la nueva burocracia política, que sin ningún mérito, hoy varios de sus miembros aparecen como candidatos del PRD. Sin ningún rubor se ostentan como los herederos de una lucha que ni siquiera conocen, mucho menos la han abanderado y asumido en algún momento de su vida, por el contrario, han estado en la trinchera del represor.
Los triunfos paulatinos que fue logrando en su primera etapa el PCM, posteriormente el PSUM y por último el PRD en los municipios de la Montaña, Costa Chica, Costa Grande, Tierra Caliente y Acapulco fueron perdiendo su identidad combativa y su cercanía con las luchas populares. Hoy este partido se ha mimetizado y tiene gran parecido con el PRI: por sus prácticas clientelares; por el discurso falaz y demagógico de sus candidatos; por sus acuerdos cupulares realizados a espaldas de su militancia y por las negociaciones turbias y mafiosas que establecen con los supuestos adversarios políticos. No cabe duda que en esta contienda por el poder sigue vigente el sistema PRI, por la manera en que se reproducen los vicios y las prácticas fraudulentas. Hoy todos los partidos se han especializado en tener su escuadrón de mapaches y en usar con suma perversidad los programas asistencialistas y los recursos financieros, para asegurar clientelas cautivas y mantener a un electorado sumiso y displicente.
Este panorama nos dibuja el riesgo de una regresión autoritaria que se afianza de manera fatídica con la fauna política que nos acecha y que aparecerá oronda en las boletas electorales. En Guerrero, desde el candidato y la candidata a senador o senadora, hasta los presidentes municipales y regidores, vemos una revoltura de personajes con trayectorias siniestras por su pasado como gobernantes o por su parentesco ominoso. Por sus flaquezas ideológicas, sus actitudes camaleónicas, oportunistas y convenencieras. Por su inautenticidad y veleidad, por no hablar con la verdad a la población excluida, por actuar de manera convenenciera y traidora. Por prestarse a arreglos perversos y turbios para defender los intereses mafiosos de sus jefes políticos y del capital trasnacional. Por tener planes económicos contrarios a los intereses de la población que se siente amenazada con los megaproyectos.
Las y los guerrerenses tenemos mayor conciencia de lo que representa esta coyuntura electoral. En nuestro Estado no vemos grandes diferencias entre los que hoy se asumen como candidatos del PRD, con los dinosaurios y caciques del PRI, y los que para sobrevivir políticamente, tuvieron que buscar refugio en el PAN, el PT o el Movimiento Ciudadano. Todos y todas carecen de una plataforma política construida desde los reclamos de la ciudadanía. Lo que une a todos ellos y ellas son sus ambiciones personales, sus propios proyectos políticos. Todos y todas se sueñan en un cargo de mayor jerarquía, pisoteando siempre la dignidad de los de abajo. Por eso en Guerrero para la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas la opción política es endeble y catastrófica, porque en una boleta se escribe y deposita nuestro futuro, votando por alguien que no representa cabalmente los intereses de las mayoría. Bajo estas circunstancias la votación será entonces por el menos malo. Será el voto de la calamidad.
A nivel nacional, la lucha por la presidencia de la República se vislumbra un horizonte incierto por las formas truculentas y prácticas viciadas con que los principales partidos políticos están cerrando sus campañas electorales. Cunde el rumor en varias regiones del país de que se implementan diferentes formas para hacer efectiva la compra del voto. El sistema PRI, experto en las prácticas fraudulentas, es ahora el fantasma que recorre al país a través de los diferentes partidos políticos y que amenaza con descarrilar la elección presidencial. Si la elección llega a ser muy cerrada, como ocurrió en el sexenio pasado entre el PAN y el PRD, el partido o la coalición que resulte perdedor o perdedora difícilmente estará en condiciones de reconocer el triunfo de su adversario.
Ante este escenario se vislumbra un conflicto poselectoral que puede desbordarse y rebasar a las instituciones encargadas de organizar y dirimir estos diferendos. La debilidad de estas instituciones y su obsesión por aparecer en los medios de comunicación declarando que para la elección del primero de julio, todo está bajo control y en orden, no es otra cosa que transmitir tranquilidad en el plano discursivo, pero que al interior de estas instituciones hay muchas situaciones que preocupan en los campos de la capacitación y organización electoral. Sin embargo, lo que importa es cumplir con las etapas del proceso y las metas programadas. No hay interés ni disposición para atender los planteamientos y preocupaciones de los supervisores y capacitadores electorales, que los obligan a violentar los procedimientos y a padecer los estilos autoritarios y nada transparentes de los funcionarios, como sucede en el quinto distrito electoral del IFE, con sede en Tlapa.
Ante esta difícil coyuntura electoral marcada por la violencia y la inseguridad, somos más bien los ciudadanos y ciudadanas los que hacemos un llamado a los partidos políticos y a sus candidatos para que actúen con responsabilidad y con respeto a la legalidad y a los derechos del electorado. Ya es suficiente el hecho de resignarnos a votar por el que menos cause daños a la sociedad. Por eso están en un momento crucial para reivindicarse y demostrar que son capaces de convertirse en verdaderos representantes del pueblo de Guerrero abanderando en los hechos las demandas y las razones por las que luchan y se movilizan los ciudadanos y ciudadanas de Guerrero.




