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Tomás Tenorio Galindo

OTRO PAÍS

* 1 de julio: un paso atrás o adelante

Enrique Peña Nieto es “heredero de la más retrógrada maquinaria política del Partido Revolucionario Institucional”, dijo el viernes el semanario The Economist en un editorial, por lo cual lo consideró el “menos peor” de los candidatos a la Presidencia. Según la publicación británica, “sus aliados incluyen antiguos caudillos y sus opositores lo involucran en prácticas sospechosas, tales como la compra de cobertura televisiva”. A partir de esas consideraciones y de las encuestas que colocan al candidato del PRI a la cabeza de las preferencias electorales, se pregunta: “¿Por qué México está a punto de dar un paso hacia atrás?”.
En el análisis de la revista británica, las siguientes son las causas del posible retorno del PRI a la Presidencia: “La decepción de 12 años de gobiernos panistas golpeados por la competencia china, la recesión estadunidense y la baja tasa de crecimiento apenas de 1.8 por ciento entre 2000 y 2011. Asimismo, el aumento de la pobreza (…) y la incapacidad presidencial por lograr las reformas estructurales”. Como parte de ello, recuerda que en los doce años de gobierno del PAN “el legado del PRI se mantuvo intacto, y los monopolios públicos y privados asfixian la economía y el sistema educativo”. Y concluye que “si los votantes se deciden por el PRI, es porque las alternativas son débiles”, pues “la campaña de la panista, Vázquez Mota, es un caos; y Andrés Manuel López Obrador se quedó empantanado en su discurso contra las instituciones democráticas”. Sin embargo, plantea que “este año le debió tocar turno a la izquierda”, pero con Marcelo Ebrard como candidato, quien “hubiera tenido el voto de The Economist”. (Proceso on line, 22 de junio de 2012)
La publicación desestima la información publicada también en Londres por el diario The Guardian hace un par de semanas sobre los contratos de Peña Nieto con Televisa para algo más que “compra de cobertura televisiva”, y en cambio sobreestima y da valor pleno a la campaña de desprestigio que durante seis años se abatió sobre López Obrador, según la cual el candidato de izquierda sostiene un “discurso contra las instituciones democráticas”, un mito creado al calor del conflicto postelectoral de 2006 para restar legitimidad y demonizar las protestas por la turbiedad de aquellas elecciones. Pero The Economist plantea con claridad el significado que tendría para el país el triunfo de Peña Nieto y el regreso del PRI al poder: un paso hacia atrás.
De producirse, esa regresión al autoritario y corrupto régimen priísta tendría su explicación en la vasta operación puesta en marcha por el PRI aliado con Televisa, en contubernio con los gobernadores priístas y sustentada financieramente en presupuestos públicos. En realidad, si las instituciones de la democracia mexicana funcionaran con rigor, la candidatura de Peña Nieto habría sido inviable desde el principio o en el camino habría sucumbido bajo el peso de los numerosos escándalos que la rodean. Que en lugar de ello el político mexiquense se encuentre en la cima de las preferencias electorales –si no se cuestiona la veracidad de las encuestas– no se debe a la existencia de una adhesión masiva y genuina de la población, sino a la eficacia del plan mercadotécnico creado para implantar su figura al estilo de la televisión. Esa gigantesca maniobra supone por sí misma una grave involución política en México, aunque se disfrace de modernidad, y no habría sido posible sin atropellar los mecanismos de la democracia.
El reportero Jenaro Villamil reveló en 2005 en la revista Proceso, y en 2009 amplió la información en el libro Si yo fuera presidente, el minucioso plan que llevó a Peña Nieto a la cumbre de la política y hoy a la antesala de la Presidencia. Es esa la información que el diario The Guardian retomó y le dio carácter de escándalo internacional. No es un plan para generar consenso en torno a Peña Nieto, es un plan para imponerlo con dinero a través de las pantallas de Televisa y sin reparos éticos de ninguna clase. El propósito era poner a la venta un producto de consumo masivo, “telegénico” aunque fuera “hueco”. El plan tuvo éxito. Otra cosa es que el próximo domingo toda la exposición que durante años condicionó al público televidente –lo que presumiblemente se manifiesta en las encuestas– efectivamente se traduzca en votos para Peña Nieto, aunque para ello el PRI dispone de herramientas más directas y más rudas, como la compra del sufragio.

El voto de los indecisos y
los jóvenes

Lo que podría descarrilar los planes de Peña Nieto es la posibilidad de que López Obrador atraiga el voto de los “indecisos”, que podrían promediar entre 25 y 30 por ciento del electorado, y el de los jóvenes menores de 30 años de edad, un sector que tradicionalmente se mantiene indiferente a las urnas pero que en esta ocasión podría mostrarse impulsado por el movimiento #yosoy132. Los jóvenes representan 25 millones de personas y el 30 por ciento del padrón electoral, una porción tan decisiva para cualquier elección como las de los indecisos. Si los indecisos, o votantes independientes, reparten sus votos entre López Obrador y Peña Nieto, como es factible que ocurra dado el hundimiento de Josefina Vázquez Mota –si hacemos caso a las encuestas, repitamos–, al candidato de la izquierda aún le queda la probabilidad del pronunciamiento de los jóvenes, el factor verdaderamente novedoso de esta elección y al que quizás le está reservada la tarea de enfrentar la maquinaria retrógada del PRI.
Estos dos factores no han sido reflejados en ninguna encuesta y se ignora cuál será su comportamiento el 1 de julio, pero lo cierto es que los jóvenes y los indecisos desafían a las encuestas y abren un margen de incertidumbre para el triunfalismo de Peña Nieto y conceden al menos la probabilidad de una victoria a López Obrador. Como si fuera un patrón preestablecido, esa esperanza le ha sido negada al candidato del Movimiento Progresista también en las últimas encuestas, pero eso no significa que la realidad deba obedecer esos números. Votemos por esa esperanza.

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