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Jesús Mendoza Zaragoza

¿Que esperar o no esperar del 1 de julio?

Esta es una pregunta que da vueltas en la mente de mucha gente junto con otras más que se vienen en cascada. ¿Qué sí podemos esperar de la jornada electoral del próximo domingo? Y, al mismo tiempo, ¿qué no podemos esperar? ¿Vale la pena votar el domingo? ¿Cuál es el valor que puede tener un voto para el futuro de México? ¿Cuál es el significado que esta jornada electoral tiene en el contexto de un país convulsionado por flagelos tan dolorosos como la violencia y la pobreza extrema que agobia a gran parte del país? ¿Tiene esta jornada electoral la posibilidad de abrir una puerta de salida cuando para muchos mexicanos están clausuradas las puertas de la justicia y de mejores oportunidades?
“No hay a cual irle”, es la expresión de muchos, refiriéndose a los cuatro candidatos presidenciales que representan a los partidos políticos marcados por historias de honras y deshonras. Los candidatos a diputados, senadores y presidentes municipales, en general, han tenido un perfil muy bajo. La gente tiene, en este momento, más interés por lo que pasará en el país, más que por lo que pase en los municipios o en los estados. Hay una percepción de que está en juego la suerte del país y no tanto de cada una de sus partes. Por ello, el interés está más en la Presidencia de la República.
Duele mucho la actual situación del país y se busca una puerta de salida. Pero el sistema político no da señales en este sentido. El actual sistema de partidos no da para ello, pues no está configurado para el bien de México sino para beneficio de élites. Por ello, los partidos políticos han tenido una muy baja calificación en cuanto a confianza en las instituciones.
No obstante, en muchos ciudadanos hay una convicción firme en el sentido de ejercer el derecho al voto y a desechar las opciones de la abstención y de la anulación del voto, que perjudican a todos y, por el momento, no acarrean beneficio alguno. Pero la pregunta subyacente a esta convicción es: ¿qué podemos lograr con nuestro voto? ¿Cuál es su alcance real? ¿Puede, de veras, originar los cambios que necesitamos en el país? ¿Qué si podemos esperar y qué no podemos esperar de esta jornada electoral?
Es necesario hacer una valoración de este acontecimiento que dé pautas a los ciudadanos para participar con un sentido de la realidad muy responsable. Hay que tomar en cuenta que muchas promesas de campaña no son confiables y las motivaciones que vienen de los mensajes publicitarios son bastante frágiles e inconsistentes.
Tomando en cuenta que nuestro momento actual tiene un contexto de décadas caracterizado por el anhelo de la democracia, con sus altas y sus bajas, y teniendo en cuenta que estamos dentro de un proceso de transición democrática en el que hay avances y retrocesos, ¿qué avance se puede lograr en este momento con la participación en la jornada electoral?
Con la idea de que este proceso electoral signifique un avance real en el proceso de transición hacia la democracia, el hecho de que los ciudadanos participemos en la jornada electoral significa que creemos en el poder de nuestro voto y que creemos en nosotros mismos en tanto ciudadanos. Superar la tentación a abstenerse o a anular el voto implica un sentido de la realidad con todos sus condicionamientos y sus permisos. Sería ingenuo creer muchas de las propuestas de los candidatos y de los partidos, que no son más que recursos publicitarios puesto que no parten de análisis y diagnósticos realizados con la seriedad y la responsabilidad social que requieren.
Por ello, creo que la jornada electoral que viene es una buena oportunidad para empezar a creer en nosotros mismos y para acrecentar la confianza en las grandes posibilidades de la sociedad civil organizada. El movimiento universitario #yosoy 132 ha sido, en este sentido, una inyección de confianza, no en los partidos sino en los ciudadanos. Por ello, se ha presentado como apartidista, lo que significa un gran acierto.
Entonces, ¿qué significa darle un voto a un partido o a un candidato? Significa tener sentido de la realidad pues por ahora no tenemos más opciones. Pero también significa elegir la opción que abra las puertas para que haya un avance hacia la democracia y que no represente regresión alguna. El sistema político actual no puede ofrecer mucho pues está corrompido y no funciona a favor del país. Pero este sistema no es eterno y tiene que ser cambiado para que funcione democráticamente. Y esta es una tarea no de un proceso electoral sino de un largo aprendizaje en el que los ciudadanos nos convirtamos en protagonistas.
Esta elección hay que verla dentro del contexto de un sistema político que no permite mucho. Esta elección no arreglará los problemas del país, si se quiere ir a fondo. Pero sí puede ser la ocasión para que los ciudadanos nos valoremos como tales y demos señales de responsabilidad social y, además, ejercitemos nuestra ciudadanía para hacer contrapeso a la ineficacia del sistema político que no ha dado el lugar que nos corresponde.
La necesaria transición hacia la democracia requiere la participación hasta en las circunstancias nada prometedoras como la actual y requiere una madurez ciudadana para votar, a pesar de los pesares mirando a lo lejos. El nuevo gobierno que se instale seguirá anclado en los vicios del sistema político si se lo permitimos. Pero esta es la opción que tendremos los ciudadanos: permitir o no permitir élites instaladas en el mundo de los privilegios, insensibles ante los sufrimientos de la gente. Es de esperarse que siga emergiendo y fortaleciéndose una sociedad civil capaz de poner a la clase política en el lugar que le corresponde. Esto lo podrá hacer generando procesos que modifiquen las bases mismas del sistema político caduco que padecemos.

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