Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Arturo Solís Heredia

Canal Privado

* La utopía posible

“Existen cosas mucho más importantes que atender en el estado que estar inventando distracciones”, opinó un broder-lector, vecino real de siempre y virtual reciente, acerca del proyecto de convertir Casa Guerrero en el corazón de un complejo cultural; “es un sueño utópico del gober (Rogelio Ortega), mejor que se concentre en su chamba”, opinó otro lector vía e-mail.
“¿Distracciones? ¿Vivir en una ciudad más disfrutable y menos sufrible es distracción? Entonces, quiero ser distraído”, le respondí al primero.
Entiendo que entienda la propuesta del gobernador Ortega como una distracción, tan acostumbrados como estamos a las cajas chinas de gobiernos mexicanos federales y estatales, cada vez que les asusta una crisis.
Pero en la idea del gober no veo nada cúbico ni oriental, tampoco le veo cara de paquidermo blanco, ni ocurrencia caprichosa del gober.
Entiendo que el segundo entienda ‘utopía’ como un sueño, por ende imaginario, inalcanzable, “demasiado” ideal para ser posible, tan sometidos como estamos por la cultura materialista del capitalismo globalizado.
Como predica Rush Limbaugh, el analista político más conservador y reaccionario de la televisión estadunidense (aliado del infame Tea Party, el grupo más retardatario del Partido Republicano gringo): “El capitalismo siempre es evaluado como lo contrario a los sueños. La utopía es un sueño. No existe”.
“Quizá”, piensa uno, y empiezas a ceder por temor, güeva, indiferencia y resignación, y a punta de desencantos. “No, pos sí es utópica la utopía”, terminas convenciéndote de que la realidad política es inamovible, imposible de cambiar, más. “Más vale malo conocido que bueno por conocer, ¿pa’ qué se afana uno en vano?”, y terminas sometido a una cultura no construida por nosotros, impuesta por otros.
Pero el término utopía, lo decía con erudición don Tomás Moro, “se refiere a una sociedad política ideal, y contiene una crítica implícita a la sociedad política realmente existente”. O sea, la utopía no es una idea onírica, optimista sí, por la esperanza; pero también crítica, por aspirar una sociedad mejor que ésta; y autocrítica por convocar a un cambio que exige la participación activa de todos los integrantes de esa sociedad.
O sea, la utopía real no es un sueño romántico ni una esperanza pasiva en que, algún día, las cosas cambiarán para bien y dejarán de estar tan de la rechingada, como en estos lares y en estos tiempos.
Si desde 1968 lo decía, otro don y erudito, Herbert Marcuse en El final de la utopía: “estamos en un momento histórico en el que es posible convertir la utopía del marxismo en un hecho real”. Su tesis partía de dos premisas: la primera, que toda transformación del entorno técnico y natural era una posibilidad real en la historia y, la segunda, que el desarrollo de la civilización en los sesentas permitía, dados sus niveles económico y científico, buscar la consecución de una sociedad libre.
No me acaben, sé que el marxismo soviético ya piró, y que El Capital dejó de ser la Biblia de la izquierda respetable; tan lo sé, que confieso que para mí y para hartos izquierdistas la hoz y el martillo se convirtieron en logotipo de la tiranía autoritaria y represiva, en un símbolo casi tan malo y gacho como la suástica hitleriana.
Pero la teoría de Marcuse sobre la utopía no hablaba de una sociedad sometida y violentada por el Estado, sino de una sociedad más libre y, por ello, sus premisas no perdieron prestigio como el nazismo, ni vigencia como el comunismo.
Obviamente, para la gran masa inconsciente que es víctima de la propaganda pro-capitalista y, principalmente, para la derecha, El final de la utopía supuso la derrota definitiva del socialismo, algo así como el reconocimiento de que su proyecto político era imposible. Lamentablemente para Limbaugh y sus afines, el título de su libro no representó para Marcuse una derrota, por el contrario, la certidumbre de haber entrado por primera vez en la historia, al momento en el que es realmente factible el advenimiento de una sociedad libre. Y si en los 60 fue factible, hoy es más, si entonces era necesario y propicio creer y buscar la utopía, hoy es más.
Si no me creen, na’ más chequen la milimétrica puntería del diagnóstico y la prospectiva social de don Herbert en 1968, cuando aún no existía el capitalismo globalizado, el consumo feroz, ni los nuevos medios y la tecnología digital.
“La instancia fundamental de formación de la conciencia humana está en la niñez, tal como se vive en el interior de la familia. En esta etapa, el hombre que se está formando adquiere sus categorías normativas y todo su marco de referencia para enfrentar el mundo. Lo que la sociedad industrial moderna ha trasmutado es precisamente ese ámbito familiar, en que la sociedad misma alienante se ha introducido a través de los medios de comunicación de masas, reemplazando a la familia, y formando a los hombres con categorías que no salen de él mismo, sino del capitalismo”.
Hoy, casi 50 años después, en México, esa transmutación de la familia es más que evidente y más dramáticos sus efectos negativos sobre la conciencia colectiva.
Esto decía Marcuse entonces, como podría decirlo hoy: “las necesidades del hombre, así como sus anhelos, sueños y valores, todo ha sido producido por la sociedad, y de esa manera se ha asimilado cualquier forma de oposición o movimiento antisistémico”.
Entonces, en un entorno como el nuestro, la utopía es una idea liberadora y motor del cambio social.
“¿Y eso qué tiene que ver con el proyecto de Casa Guerrero?”, se y me preguntarán seguro varios lectores de esto. “No mames, ahora resulta que es una idea revolucionaria, y que el centro cultural será el epicentro del cambio y la liberación social. Oooqueeey. Si no las controlas, no las uses escribidor”, me dirán sarcásticos seguro casi todos los varios.
“No jalen”, les respondo respetuoso, “claro que no sostengo que el proyecto es una utopía, hacerlo sería en efecto una honda fumada de mi parte”, agrégoles.
Pero sí sostengo que el proyecto me gusta, porque los motivos y objetivos de su propuesta son afines al pensamiento de Marcuse sobre los procesos de cambio y la búsqueda de la utopía.
Me gusta, porque que no es una obra pública cualquiera, sino una intervención urbana que busca mejorar la organización de la ciudad y el territorio en beneficio de sus habitantes, con la intención de que se apropien del patrimonio arquitectónico y de elevar su calidad de vida.
Me gusta, porque el proyecto de ciudad que bosqueja la obra se parece mucho a las ciudades mexicanas que más me gustan.
Me gusta porque, de lograrse, tendría un impacto social profundo y trascendente, similar al que sin duda tuvo el proyecto de la Ciudad de los Servicios en Chilpancingo, iniciado por el ex gobernador René Juárez. Para bien y para mal, esa intervención detonó un crecimiento veloz de la mancha urbana; se instalaron los grandes almacenes, la plaza Galerías, con Liverpool y Cinépolis de anclas; cambió la dinámica social, e impuso los valores y la cultura capitalista neoliberal. Semejante impacto exige y demanda otro que equilibre la oferta comercial con la cultural, deportiva y artística; que recupere espacios colectivos; y que reordene la vida comunitaria.
Me gusta por su potencial simbólico, como punto de quiebre, como punto de partida hacia un verdadero cambio, ese que tanto nos venden en las campañas electorales y que nunca pueden o quieren dirigir cuando los candidatos son electos.
Y me gusta porque, de lograrse, sería un una prueba contundente y esperanzadora de que queremos cambiar en serio. Porque para lograrse necesita del respaldo y la aprobación activos de las fuerzas políticas en el Congreso local, de las que se van y las que vienen, del próximo gobierno y, principalmente, de la gente de Chilpo.
Aunque Marcuse es reconocido por su pesimismo sobre la posibilidad de un cambio social verdadero, en diferentes pasajes es evidente su idealismo. Esta contradicción fue reconocida por él, quien vivió en una eterna disputa teórica acerca de la interrogante fundamental de si la sociedad tenía la posibilidad o no de cambiar desde adentro y por tanto de trascender el statu quo.
En este sentido, y para documentar optimismos, en una nota al pie de su libro El hombre unidimensional, Marcuse dice: “Todavía existe el legendario héroe revolucionario que puede derrotar incluso a la televisión y a la prensa: su mundo es el de los países ‘subdesarrollados’ ”.
¿Por qué no atrevernos a soñar y convertir la esperanza de cambio en un deseo activo? ¿Por qué no creer un rato que sí se puede, que sí podemos? Lo peor que nos puede suceder es que nada cambie, y las cosas sigan estando como estaban antes, peor que nunca.

[email protected]

468 ad