Jorge G. Castañeda
La evaluación de los maestros no es la panacea
Quiero suponer que la decisión del gobierno de suspender la evaluación en educación básica y media superior para ingreso, permanencia y promoción es una maniobra política, no una decisión definitiva. La pregunta es si se trata de una maniobra astuta –eso creo yo– o de un ejemplo de cinismo e ingenuidad –como temen muchos. Me explico.
Desde ningún punto de vista tiene sentido el anuncio de la SEP. Si se trata de ganarle tiempo a la CNTE, arrebatándole una bandera en Michoacán, Guerrero y Oaxaca a una semana de las elecciones y en la víspera de su llegada de nuevo al DF, creyendo que los radicales se la van a creer, o que van a cumplir algún tipo de palabra, me parece ingenuo. Si se trata de engañarlos, pensando que confiarán en la palabra del gobierno, para después violarla, me parece demasiado cínico.
Veo otra posible explicación, más inteligente. Con el entierro en vida de la semi reforma educativa, tal vez Peña Nieto –obvio: es su reforma, y su decisión– pretende provocar a la sociedad mexicana, en el buen sentido de la palabra, para movilizarla a su manera, y “echársela encima” a la CNTE. La idea sería acalambrar a distintos grupos, desde Mexicanos Primero hasta el INEE, pasando por los partidos, los medios, los empresarios, la comentocracia, los padres de familia y parte del SNTE, a que denuncien, se opongan o combatan desde abajo a la CNTE, por imposibilitar la reforma educativa no solo en tres estados, sino en todo el país. De ser así, nos veríamos ante una astucia tardía, pero pertinente y eficaz, para agitar a la sociedad mexicana en torno a la educación, agitación sin la cual no hay reforma posible.
Dicho esto, y refrendando mi apoyo a la evaluación con consecuencias como una condición necesaria mas no suficiente para mejorar el nivel educativo de los niños mexicanos, conviene revisar algunos bemoles. Hace diez días, The New York Times publicó un artículo sobre el creciente rechazo de los padres de familia del estado de Nueva York –el tercero de EU– a las evaluaciones de los alumnos, uno de los criterios decisivos para evaluar a los maestros y a las escuelas.
Uno de cada seis niños se negó a presentar el examen evaluativo (el equivalente de lo que era ENLACE). El movimiento es parte de una renuencia nacional cada vez mayor a centrar todo en la evaluación, sobre todo después del escándalo de las trampas en el distrito escolar de Atlanta, reseñado el año pasado por The New Yorker.
Seguir con lo que hubo de reforma educativa, sí. Evaluar a los maestros, y para ello, a los niños y directores, sí. Hacer de la evaluación una panacea, o incluso la (única) joya de la corona reformadora, no estoy tan seguro.




