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Llanto, indignación y desconsuelo en el sepelio colectivo

Fernando Hernández

Coxcatlán, Buenavista de Cuéllar

En medio del dolor y la indignación, unas 200 familias de la comunidad de Coxcatlán sepultaron ayer por la tarde a 26 de las 28 personas que murieron en el accidente del autobús en el que viajaban a un mitin del PT en Buenavista de Cuéllar.
Coxcatlán no figuraba en las noticias en los últimos años; allí viven alrededor de 867 personas, según un letrero ubicado a la entrada del pueblo.
Es la primera comunidad de la sierra del municipio. Para llegar a ella hay que desviarse de la autopista de cuota y pasar una brecha de terracería, y seguir por la carretera cuesta arriba. Se llega en unos 15 o 20 minutos, y si se sigue derecho puede llegar hasta Juliantla, o hasta Taxco.
Al amanecer, los cuerpos de las víctimas del accidente estaban dentro de féretros de cartón, de los más baratos que se venden en las funerarias. Fueron los ataúdes que regaló el gobierno del estado.
Sobre cada uno se alcanzaba a observar el nombre respectivo, pero la tinta estaba corrida porque una noche antes la comunidad veló a sus muertos en medio de un aguacero que reblandeció la tierra.
Mientras unos lloraban, rezaban, prendían el copal o espantaban a las moscas, una cuadrilla de vecinos cavó 16 fosas de alrededor de uno por dos metros, en las que se depositaron los cuerpos. Los otros 10 fueron sepultados en panteones familiares del pueblo.
Las 16 fosas fueron abiertas con máquinas de trascabo como las que se emplean en la construcción y mantenimiento de las carreteras.
Fue el sacerdote de la iglesia de Buenavista de Cuéllar, José Uribe, quien ofició la misa de cuerpo presente.
En mensaje el sacerdote pidió a los dolientes tener fe y confiar, “hoy más que nunca”, en la misericordia de Dios.
Porque “sólo el Dios en su infinito amor es el que puede ayudarnos…”, decía. La voz del padre en la misa contrastaba con el llanto de las más de las alrededor de 400 personas que asistieron al velorio colectivo en la cancha de la comunidad.
La misa concluyó alrededor de la una de la tarde, y los ataúdes permanecieron bajo el techado de la cancha.
Sin embargo los féretros no podían ser llevados al cementerio debido a que sólo se habían cavado ocho tumbas.
Los niños y las niñas también lloraban; todo era una sensación de desolación que alcanzaba hasta a los extraños que llegaron a la comunidad, tanto a solidarizarse con los familiares de las víctimas como a consignar los hechos.
Para tratar de consolar a los niños les daban un vaso de plástico con agua bendita, y una flor con la que rociaban los ataúdes en los que yacían sus padres, madres, hermanos o hermanas.
Por parte del gobierno del estado acudieron la secretaria de Desarrollo Social, Beatriz Mojica Morga; la subsecretaria de Asuntos Políticos, Rossana Mora Patiño; el subsecretario de Desarrollo Social, Salomón Beltrán Barrera, y en representación del secretario de Salud, Lázaro Mazón Alonso, el jefe de la Jurisdicción Sanitaria 02 de la región Norte, Víctor Carranza Zamora.
Entre las 2 y las 3 de la tarde comenzaron a llevarse los primeros féretros.
Los dedos de los cuatro jóvenes que cargaron el primer féretro que abandonó el velatorio comunitario, todavía no tocaban la tela que cubría al ataúd cuando una mujer rompió en llanto.
Y el llanto se dispersó como una ola entre todos los familiares y amigos de las víctimas, y no ha cesado tampoco en los hogares.
Tres músicos deambulaban por las calles del pueblo, pero no se daban abasto para tocarle a tantos difuntos.
Macario Pantaleón Neri era un hombre de 59 años de edad al que la política no le interesaba, y su esposa no despegaba los ojos de la caja en la que reposaba.
“El no era de nadie, la política no le gustaba, nosotros siempre decidíamos al último por quién votábamos, pero ayer no sé bien qué fue lo que lo hizo subirse a ese camión”, recordó, “se subió al camión y se fue, teníamos 32 años de casados”.
“La gente de aquí casi no sale, para muchos era como ir de paseo, por eso muchos llevaron a sus hijos y esposas”, explicó un joven entre lágrimas.
Una anciana habló de su nieta que falleció en el accidente, Citlali Yamilet, quien tenía 13 años.
La mujer, que se cubrió la cara todo el tiempo con un rebozo, mencionó que “desde que era una niña dio mucho trabajo, se nos enfermaba a cada rato, pero pues es la voluntad de Dios, tenerla con él”.
Antes de que partiera Citlali Yamilet, su abuela abrió su ataúd, le hizo una caricia y dejó unos danoninos para que la acompañaran en el largo viaje que comenzaría a partir de esa tarde.
La noche de ayer de nuevo un aguacero cayó sobre el pueblito de la sierra. Parecía que el cielo se desplomara en llanto.

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