Se festeja el PRI a sí mismo a diez años del “no nos falles” que los sacó de Casa Guerrero
Aurelio Peláez
La primera plana de la edición de El Sur del lunes 7 de febrero del 2005 abre, entre otras, con la foto del candidato del PRI al gobierno del estado, Héctor Astudillo Flores, en una conferencia de prensa a eso de las 3 de la tarde en Acapulco, como para contrarrestar lo que ya entonces se sabía en los corrillos políticos: las encuestas de salida daban la ventaja al candidato del PRD-PT y Convergencia, Zeferino Torreblanca Galindo.
Era una conferencia como para exorcizar el pánico, a la que Astudillo va como obligado por el entonces presidente nacional del partido, Roberto Madrazo. En la imagen el candidato aparece prácticamente solo, y a falta de que alguien le levante los brazos en señal de triunfo, él lo hace también solo, la cabeza recostada sobre el pecho, la mirada apesadumbrada, y el adiós al PRI.
Ayer por la noche, manos sobraban para levantarle los brazos, decenas de apuntados para el regreso del PRI, dinosaurios de la política que reaparecen de pronto, como Guadalupe Gómez Maganda y Efrén Leyva Acevedo, que conviven con los juniors que tienen como picaporte para su ingreso al gobierno, a los propios hijos del candidato, Héctor Javier y Ricardo, solicitados para selfie, para el abrazo, felicitados tanto como el candidato y su esposa Mercedes Calvo. El PRI de vuelta, señores.
–Regresamos a Casa Guerrero –gritaba el maestro de ceremonias, Roberto Pastor, en el festejo priista del triunfo ante unos mil en La Diana, pasadas las 9 de la noche, aunque esta residencia emblemática de los gobernadores sea ahora la llamada Casa del Pueblo y para nada que ahora un gobernador en turno se vaya a rascar la panza tras una extenuante jornada de trabajo.
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El día amanece nublado, pero hace un calor tibio. En la parte urbana de la ciudad, la gente sale a votar como a medio gas, sin la pasión de otros procesos electorales, cuando en forma paralela a las escaramuzas discursivas de los candidatos, se daba la guerra en las calles entre los ciudadanos, cuando se presentaban esos procesos inéditos de que los ciudadanos se movilizaban motivados por esa palabra llamada cambio. Cuando era como imperativo votar contra el PRI para ver qué pasaba. En 1999 se da el primer gobierno no priista en Acapulco, con Zeferino Torreblanca como candidato del PRD, y luego sucesivamente suceden tres experiencias de gobierno no priistas, con una interrupción del 2011-2014 con el priista Manuel Añorve. En el 2005 se presenta el primer gobierno estatal no priista con Zeferino Torreblanca, y la experiencia no priista se repite en el 2012, con el priista Ángel Aguirre Rivero como candidato del PRD-PT y Convergencia. Ya será otra cosa que ni Zeferino ni Aguirre hayan sido realmente políticos de izquierda, pero eso el votante no lo sabía.
Por eso quizá ahora, los reporteros veteranos salen en busca de la nota que no encuentran: la de ciudadanos movilizados persiguiendo a quienes compran votos, los caza mapaches, les llamaban. La de otros cuidando casillas hasta que se recuente el último voto y viajando con la bolsa de boletas ante el Instituto electoral, no sea que se la roben o cambien los resultados en el camino. Y algunos más, enfrascándose en el pleito a pie de urna porque el señor ese que está ahí, está coaccionando el voto porque trae puesta la camiseta del partido del gobierno. Para los reporteros, era un correr de aquí par allá cubriendo los incidentes. Nada de eso pasó ayer. Algún añorante del viejo orden pudiera decir incluso que las elecciones transcurrían en paz, salvo porque en muchas casillas fue notoria la presencia –intimidante– de gendarmes y policías fuertemente armados. Y por la noche, a eso de las 10, al contabilizarse las casillas, estaba sucediendo lo inesperado: con el 15.20 por ciento de los votos, el PRI estaba ganando la elección de presidente municipal.
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El PRI instaló su oficina de prensa para este domingo en un pequeño salón del hotel Crowne Plaza, que al final fue insuficiente cuando a eso de las 8 de la noche Héctor Astudillo salió a anunciar su ventaja de hasta 14 puntos, según encuestas de salida, y aunque no lo dijo, era sobre la candidata del PRD-PT, Beatriz Mojica. En algún lugar, apretujado, estaba el candidato a la presidencia municipal, el médico oncólogo Marco Antonio Terán Porcayo.
“Y en Acapulco llevamos una ligera ventaja”, dijo Astudillo, asunto que los priistas aplaudieron con diplomacia, con algo así de venderle una mentira piadosa al candidato que no hizo campaña y que por lo que se vio, tampoco tuvo presupuesto para hacerlo. El no-candidato que llegó por default, tras un pleito a cuchillo entre el priismo, que dejó fuera de la candidatura a Rubén Figueroa Smutny, del clan de los Figueroa y quien hasta trascendió que su despecho lo llevó a situarse del lado del candidato perredista Evodio Velázquez. Antes, fueron apartados de la contienda Fermín Alvarado, Julieta Fernández, César Flores Maldonado y otros. Inesperadamente, el PRI de Astudillo se decidió por Terán Porcayo, cuya vida como priista era nula y su fama como político estaba en ceros.
Tras la conferencia de prensa, el grupo de priistas caminó hacia la glorieta de La Diana, al festejo, donde las fuerzas vivas, como se reclamó en sus viejos tiempos el partido heredero de la historia –por lo menos oficial– de la Revolución, se subieron a eso de las 8:20 a la base de dos tráilers. Astudillo llegó 40 minutos después y en el inter el maestro de ceremonias Roberto Pastor presentaba a media clase política y cuando vio a Terán Porcayo lo presentó casi ni siquiera como candidato, sino como un priista destacado. Nada de hablar que había ganado. El médico, que se colgó a los actos de campaña de Astudillo, apenas mostraba emociones, y es que tenía informaciones contrastantes: que ganaba, que empataba, que perdía. Demasiado para quien salió a la elección con el piso bien planchadito de la derrota. Casi casi, daban ganas de mandarle un doctor para que le tomara la presión.
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La casilla VIP (very important people), de Joyas de Brisamar, reúne a los votantes más distinguidos del barrio. Temprano vota ahí el ex gobernador priista Rubén Figueroa Alcocer –quien no llega acompañado de su hijo, de apellidos Figueroa Smutny– y a quien le sigue rebotando eso de que da consejos hasta a los que se mueven en el PRD. Más tarde, con una decena de guardaespaldas y policías locales, el candidato de Movimiento Ciudadano al gobierno del estado, Luis Walton Aburto. Votan ahí también el diputado federal Manuel Añorve, uno de los responsables de la campaña priista de Acapulco, y más tarde el candidato del PAN al gobierno estatal, Jorge Camacho. Este se hace acompañar por el candidato externo de ese partido a la presidencia municipal, Zeferino Torreblanca. Arribo discreto a eso de las 11:55 de la mañana. Camacho vota y tras él las grabadoras y los flashes y las cámaras de televisión de la prensa. Sólo entonces, muy solo, se queda Zeferino, el ex alcalde que navegó como democrático y terminó como gobernador autoritario, el que le dio los pisotones casi definitivos al “sí se puede” ciudadano que una vez apostó contra el PRI en la idea del cambio, y que hoy parece concluir que votar por aquí o por allá no tiene mucha diferencia.
A Zeferino en la mirada como que se le ve la nostalgia por el poder y los reflectores que no lo pelan, que quedará en el tercer lugar en la contienda por la presidencia municipal de Acapulco. Como que parece que no le queda ser un mortal común y corriente. Ay, el poder. Bye bye.
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En la elección del 2005 el gobernador del estado era René Juárez Cisneros, y el coordinador de la campaña de Astudillo, Manuel Añorve Baños. Las malas lenguas dentro del priismo les adjudicaron en parte la derrota. Al primero, porque como gobernador no hizo la suficiente operación de Estado para permitir el triunfo de su candidato, y al segundo, por no hacer bien su trabajo. Se dijo que el entonces candidato priista quedó resentido con ambos, aunque después ha matizado y aceptado que había una fuerte corriente ciudadana que apostaba por el cambio. A cualquiera del PRI que se hubiera puesto enfrente lo habrían repasado.
La temprana noche de este domingo, en el temprano festejo del ex diputado federal, ex senador, ex diputado local, tres veces alcalde de Chilpancingo y conocido por su vida austera –dicen que es dado al yoga y cosas naturistas así– se decantó por agradecer a René y Añorve sus trabajos de coordinación de campaña, uno como delegado del CEN para este proceso, y el otro como coordinador sin nombramiento. Hubo un saludo especial de Astudillo para René Juárez, y otro para Añorve: “Manolazo, esto también va por ti”. El priismo que se reconstruye de sus heridas internas.
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El festejo del priismo se da sin ciudadanos –entendiendo estos como quienes no tienen que ser forzosamente cuadros militantes del partido– y menos aún con la Sociedad Civil, los grupos de ciudadanos organizados para algo. El maestro de ceremonias se decanta en agradecer a la Sociedad Civil por ese festejo en La Diana, y en los 40 minutos de espera a la llegada del candidato, los priistas se colocan en el costado de la playa de la Costera y mirando hacia La Diana. La circulación vehicular en el tramo Caleta-Base no se interrumpe porque nunca llegan los ciudadanos ni esa Sociedad Civil invocada. Tras veinte y tantos minutos, los festejantes se voltean hacia plaza Marbella, como festejándose ellos mismos. El PRI ha ganado. Vaya a saber si lo hicieron solamente con su voto duro, o con parte de esa sociedad que hace diez años en reunión de miles en el Zócalo de Acapulco, le gritaba “no nos falles” a Zeferino Torreblanca. Vaya a saber, a estas alturas de la media noche siguen fluyendo los datos de las votaciones y no se sabe si votaron muchos o pocos, y cuántos de esos pocos lo habrían hecho antes por la oposición y regresaron a sufragar por el PRI, tras una noche previa de reflexión familiar que concluiría con un, “bueno, ya los conocemos”.




