José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Arrebatos carnales / 4
El José Vasconcelos oculto
En la vida sentimental de José Vasconcelos hubo muchas mujeres, pero muy pocas significaron algo importante para él. Regresó a la ciudad de México, de Estados Unidos, donde pasó un trecho de su infancia y, tras egresar de la Escuela de Jurisprudencia, trabajó en una notaría y en un bufete de abogados y al poco tiempo ocupó la fiscalía general de Durango. En 1906, no muy convencido, contrajo nupcias con Serafina Miranda. Empieza, entonces, el relato de la vida interior profunda, la sensual y a veces amorosa, de José Vasconcelos, a quien Francisco Martín Moreno trajo a estas páginas para que nos contara lo más importante de su vida en primera persona o, como quien dice, de viva voz. Tan confesional resulta lo sentimental como el testimonio político de Vasconcelos, que –por la pluma de Martín– empieza revelando el interior de su envoltura y volviendo verdad más de una tremenda sospecha:
“Sí, debo confesarlo: efectivamente fui agente secreto al servicio de Alemania nazi. Asimismo debo reconocer que, de haber ganado Alemania la Segunda Guerra Mundial, yo hubiera sido el candidato idóneo de Hitler para ejercer el cargo de presidente de la República en lugar de Miguel Alemán, sin duda el peor bandido de todos los cachorros de la Revolución. Sólo que los Aliados aplastaron a las potencias del Eje y con ello volvieron, una vez más, a destruir mis esperanzas de ocupar la primera magistratura de la nación. ¡Cuánto hubiera ganado México si me hubieran permitido a mí, al Maestro de la Juventud, dirigir, mejor dicho, comandar el destino de la nación con el rigor y la disciplina de los teutones!… La única salida es militarizar la educación de modo que los maestros incumplidos o incapacitados puedan ser castigados indefinidamente en calabozos castrenses… ¿A dónde va una sociedad sin orden ni respeto?…”
“En países incapacitados para la democracia –prosigue– es saludable que una mano fuerte defienda la raza, las costumbres, las personalidad y la soberanía nacionales, así como las fuerzas latinoamericanas del hispanismo y la religión católica”.
El punto de vista de este supuesto Vasconcelos se pasa de ególatra y su tono de voz es insoportablemente presuntuoso. Su conservadurismo es ciego, abraza religiosamente la reacción y da por buenos sus acercamientos a Hitler, a Mussolini y a Franco. Éste, “caudillo de España por la Gracia de Dios”, lo invitó a la Península e impuso sobre su pecho medallas “nobiliarias”. “¿No fue una gran distinción? –pregunta–. Es obvio que soy el gran mariscal entre los pensadores latinos”. Y deja caer su ego como camión de volteo: “Mi obra educativa constituye una prueba irrefutable, de la misma manera que mis libros justifican sobradamente el exclusivo lugar en el universo intelectual que el mundo de las letras me ha otorgado. ¿No eduqué a millones de mexicanos rescatándolos de las tinieblas de la ignorancia? ¿No los convertí en seres humanos? ¿No Hispanoamérica toda me alabó por ello y me proclamó su Maestro?
“¿Qué trabé alianzas inconfesables? –regresa, el Maestro– Sí, sí, las trabé precisamente para lograr la superación de todos nosotros. ¡Claro que fundé la revista Timón con dinero proporcionado por la embajada alemana en México! ¿Dinero del Führer? ¡Por supuesto que dinero del Führer!: ‘el mandatario alemán es el hombre más grande que han producido los siglos… la verdadera grandeza está en los directores de hombres, y Hitler es el más grande de todos ellos… ¿Por qué negar su patrocinio?”.
No es gratuito que este episodio de Arrebatos carnales se titule: El Vasconcelos que siempre oculté.
Serafina Miranda, un gravísimo error
A lo largo de 70 páginas, José Vasconcelos alternará sus “confesiones” políticas y sus logros educativos con los principales pasajes o episodios de su vida amorosa. No será, por cierto, en éstos, donde pierda el estilo grandilocuente con que su ego se labra un pedestal. Adviértase el laconismo y el descaro con que pega la ficha de Antonieta Rivas Mercado (de quien hasta la vez se dice que se suicidó por él) en la tercera página de su testimonio:
“Respecto a Antonieta Rivas Mercado debo decir que la quise, la amé, la respeté y, lo concedo, viví eternamente agradecido por haber invertido cuantiosos recursos heredados de su padre en mi campaña presidencial de 1929. No, de ninguna manera fue mi responsabilidad que haya agotado y comprometido su enorme fortuna en mi causa política ni mucho menos lo es el hecho de que se haya quitado la vida en la catedral de Notre Dame, en París, en 1931, cuando faltaban sólo dos meses para que cumpliera treinta y un años de edad. ¿Qué nuestro amor empezó a parpadear como una vela una vez agotado el pabilo? ¿Qué la pasión se erosionó junto con la escasez de sus ahorros? En efecto, fueron coincidencias de la existencia. Culparme de su muerte es una canallada. No se me agotó el amor cuando escasearon sus aportaciones a mi causa. ¡Falso! Lamenté que se hubiera quitado la vida dándose un balazo en el pecho con mi propia pistola en la más sagrada de las casas de Dios de toda Francia. Aquí estoy todavía para esclarecer mis andanzas de tal manera que los biógrafos no tergiversen la realidad”.
Ya se reunía con Alfonso Reyes, Antonio Caso y Pedro Enríquez Ureña para leer los clásicos cuando José casó con Serafina Miranda. Revela que se matrimonió “sepultado en un universo de dudas” y por presiones de su cuñado, y asegura que unirse a Serafina fue un gravísimo error. Y enseña sus cartas: “Muy cara se suele pagar esa hipocresía masculina que gusta del relajamiento y luego ambiciona el refugio de la exclusividad para conquistar el aburrimiento, cuando no la perpetua discordia… quizá era toda mi vocación la que traicionaba contrayendo compromisos incompatibles con mi verdadera naturaleza de eremita y combatiente. Sin duda, de aquella contradicción deriva la mitad del fracaso de toda mi carrera posterior…”. Esto, que parece filosofía de su personalidad, aterriza escandalosamente: “No podría describir la pena aguda, la sensación del fracaso, el remordimiento de responsabilidad, la repugnancia física que me produjo la noticia del nacimiento de un hijo mío. ¡Claro que bendije una y mil veces a la prostituta que da placer y no anda cargando a nadie con hijos! Serafina Miranda y yo procreamos a José y María del Carmen Vasconcelos. Debo aceptarlo en la estricta intimidad de estas líneas: nunca fui feliz con ella. Era un matrimonio arruinado desde el principio. Es cierto, nunca me ocupé de desmentirlo, sin embargo, tampoco me atreví a romper mi enlace, porque lo que Dios une sólo Él lo puede desunir. Preferí llevar una doble o triple vida antes de violar mi palabra empeñada ante el Señor frente al altar”.
Dejó de tener sexo con Serafina y “nuestra intimidad se volvió insoportable” y hasta a los hijos arrasó: “Falso que los hijos unan: o estrechan más la relación de quienes ya se aman con fascinación o separan irreparablemente a quienes se encaminan al divorcio”.
Adriana, la más amada
Entonces el joven y tormentoso marido se suelta: “Empezaron a desfilar ante mí… una pléyade de mujeres de diferentes nacionalidades, clases sociales, fáciles, difíciles, nobles, ricas y pobres, Adriana me proporcionó el goce estético, Charito, el material, y Valeria, el intelectual. Cada una me enriqueció de una u otra manera”.
Con frecuencia, el Vasconcelos de Francisco Martín cita al verdadero José Vasconcelos. “Adriana –presume el primero–, ‘una Venus elástica, de tipo criollo, provocativa, de risa voluptuosa’, me permitió recoger ‘el botín más grande de la Revolución Mexicana: la mujer más hermosa de México’”. Lo que va entre comillas solitarias lo escribió Vasconcelos en La tormenta. También en el Ulises criollo regó flores e incienso por Adriana: “Era una de las raras mujeres que no desilusionan en la prueba, sino que avivan el deseo, acrecientan la complacencia más allá de lo que promete la coquetería y lo exige la ambición… Si los hijos míos hubieran sido de ella, entonces habría reconocido el paraíso de la Tierra”.
José sufrió cuando supo que Adriana lo engañaba y más cuando supo que se casó con un “yanqui” riquillo en Nueva York. Antes que deprimirse, “fui presa de un ataque de furia durante el cual mandé cartas insultantes, terribles, unas injurias irrepetibles, de tal manera agresivas que facilitaron la expedición de una orden de arresto solicitada por el marido de Adriana”.
Cuando salió de la cárcel buscó consuelo en Sol, “una fascinante bailarina española”… “Vendrían otras, muchas otras, en efecto, las mujeres son mi debilidad, pero jamás podría olvidar a Adriana”, “la mujer que más quise en mi vida”.
Como caída del cielo
Se entretiene José contando cómo le fue con Villa, con Carranza, con Obregón, con Calles… De hecho, sus digresiones histórico-personales desde su inscripción en la política (cae Porfirio, llega Madero) hasta la grilla semiclandestina y los viajes que empezó por el mundo tras su derrota electoral y la muerte de Antonieta. Ahí encontrará el lector retratos de gobernantes y revolucionarios agujereados por dardos mortíferos y sorprendentes recuentos de la historia de México. Conspiraciones, negociaciones, traiciones, la revolución escobarista, la exitosa labor de Vasconcelos como secretario de Educación con Álvaro Obregón, su filiación sinarquista, el cálculo de José de que podría ser el primer presidente cristero de México, el mar de problemas que empezó a enfrentar cuando, en marzo de 1929, inició su campaña presidencial y, para su fortuna, su paisano Andrés Henestrosa le presentó a Antonieta Rivas Mercado, “la rica heredera de Antonio Rivas Mercado, el autor de la Columna de la Independencia…, el decorador del Salón de Embajadores de Palacio Nacional, el famoso constructor del Teatro Juárez y director de la Academia de San Carlos, un reconocido y próspero profesional porfirista”. “No era una mujer hermosa como Adriana, ni tenía el magnetismo de Charito”, reconoce José, pero no cabe duda de que Antonieta “me cayó del cielo”.
Sobre los arrebatos carnales José y los (más bien) espirituales de Antonieta platicaremos en la próxima pozolada. Gracias al maestro Felipe Aburto por la estimulante y pozolera carta que me envió.




