Anituy Rebolledo Ayerdi
Alcaldes de Acapulco (XIV)
José Irrigaray
El teniente coronel Pedro José Irrigaray, autor de la idea de tomar la isla de La Roqueta como única forma de cortar los suministros a la fortaleza de San Diego, y así abatirla, se queda al frente del gobierno acapulqueño cuando el general Morelos viaja a Chilpancingo para preparar el Primer Congreso de Anáhuac.
Según el libro de intendencia de la fortaleza, don Pedro José recibió, por instrucciones del jefe Morelos, suministros para el sostenimiento de la fuerza militar. Entre estos, 11 pesos con 6 reales para la adquisición de 23 y media varas de manta para la tropa. El propio Irrigaray devolverá 4 pesos con 6 reales que correspondían a los haberes de dos soldados caídos en batalla.
José Gabriel Armijo
Originario de San Luis Potosí, al servicio del rey de España, gobernó a Acapulco solo unos cuantos meses de 1814 y lo hizo desde el fuerte de San Diego. Su arma preferida era el machete, siempre bien “amolado”, con el que tasajeaba a sus enemigos sin dejar nunca de sonreír. Su más dolorosa derrota se la propina el general Vicente Guerrero en la batalla del cerro de “Barrabás” (Zirándaro). En la batalla de Texca, municipio de Acapulco, el general Álvarez le pega una “corretiza de cuche en callejón”. Pero no llegará muy lejos. Es alcanzado en la ranchería El Ejido (hoy Ejido Nuevo), donde recibirá una sopa de su propio chocolate: los soldados del Patriarca lo harán picadillo con el filo del famoso machete suriano.
Hermenegildo Galeana
José Gabriel Armijo, a propósito, morirá sin haber cumplido su promesa de hacer cecina con el cuerpo del mariscal Hermenegildo Galeana, sin duda el soldado más valiente de Morelos. “La valentía en don Hermenegildo era su segunda naturaleza”, escribió don Carlos María de Bustamante, pintándolo de cuerpo entero: “Terribilísimo en una acción de guerra pero, por el contrario, un cordero en momentos de paz y fuera de acción”
Abogado, periodista, político e historiador, Carlos María de Bustamante fue editor por encargo de Morelos del periódico El Correo Americano del Sur. Siendo diputado al Congreso de Chilpancingo escribió el discurso de apertura leído por el Siervo de la Nación. Es autor de una fidelísima y amorosa semblanza de Galeana (Cuadro Histórico de la revolución de la América Latina, 1823), misma que no nos resistimos reproducir. Por estrictas razones de admiración personal y sin ninguna pretensión didáctica. Ora que si esta se da en el camino, bien y bueno. Dice así:
“Don Hermenegildo Galeana nació en el pueblo de Tecpan, se radicó en la hacienda de San José del Zanjón (hoy San Jerónimo de Juárez, con San José como santo patrono), propiedad de su hermano don Juan, y la administró por varios años. A instancias de éste, tomó parte en la revolución, y no fue necesario convencerlo, pues estaba muy mal dispuesto con la dominación española y orgullo de los naturales de aquella península, por las persecuciones que sufrió en su infancia de don Toribio de la Torre y de don Francisco Palacios”.
“Fue casado seis meses y cuando murió tenía cincuenta y dos años de edad. Nació con las disposiciones mejores para la guerra, y que jamás habría mostrado sino hubiera ocurrido la revolución… Este hombre en quien la valentía era una segunda naturaleza, que jamás atacó al enemigo en la retaguardia, y que era terribilísimo en la guerra, era, por el contrario, un cordero en los momentos de la paz y fuera de acción. Jamás hizo fusilar a ninguno aunque tuviera órdenes de hacerlo. Calculaba mucho, principalmente en el calor de la batalla. Entonces se le ocurrían medidas imposibles, al parecer, pero certeras e indefectibles.
“Enfermo, asume en La Sabana el mando de la tropa insurgente abandonado por los generales Francisco Hernández y Miguel Ramírez, a El Florero. Lo hace a pedido angustioso de la tropa abandonada por sus jefes, no obstante que su encargo en aquel momento era la procuración de justicia. Entonces mostró su brío y lo que le reservaba la Providencia.
“A la vuelta de tres meses lanza del sur al general Armijo y reconquista todo lo perdido. Tenía sobre los negros un ascendiente poderoso: llamábanle Tata Gildo y lo que él decía se cumplía irrevocablemente y sin repugnancia: a su nombre siempre acompañó como correlativa la idea de un hombre de bien, y aun el mismo Calleja siempre lo tuvo en ese concepto.
“Amó al señor Morelos hasta la idolatría y lo respetó tanto que jamás le habló sin el mayor comedimiento. Cuando este supo su muerte se arrebató de dolor, dióse una palmada en la frente y dijo: ¡Acabáronse mis brazos, ya no soy nada!” (antes se había enterado del fusilamiento del cura Mariano Matamoros).
Siempre dispuesto
Don Hermenegildo Galeana –confirma Vicente Riva Palacio en México a través de los Siglos–, se hallaba siempre dispuesto a acometer las más peligrosas empresas, y su influencia sobre los pobladores del sur fue muy útil al esclarecido Morelos. Su nombre es inseparable de la fama del caudillo michoacano, y hoy las tradiciones que se conservan vivaces en los hijos del sur, unen en un mismo sentimiento de admiración a estos dos defensores de la independencia
El fin del guerrero
“Resuelto a poner fin a las correrías de Galeana , el comandante del batallón del Sur, coronel Fernández de Avilés, avanza hasta Coyuca y desde ahí envía una fuerte sección a Tecpan con orden de perseguirlo hasta su exterminio. El “teypaneco” no lo espera, por supuesto, marcha hacia el rancho de San Luis donde engrosarán sus filas los revolucionarios Montes de Oca y algunos efectivos enviados por Morelos desde Zacatula”.
“Creyéndose suficientemente fuerte, y cediendo a su sin par intrepidez, Galeana marcha desde El Zanjón contra Coyuca, el 24 de junio, y dos días más tarde acometía reciamente al coronel Avilés. Sus tropas, enardecidas por el ejemplo que él daba siempre a la hora del combate, cargaron reciamente sobre una gruesa avanzada realista que defendía las boscosas márgenes del río, y en un momento la destrozaron, lo mismo que al refuerzo que acudió a sostenerla.
“Avilés, que era un oficial valiente y entendido, comprendió la gravedad del peligro que le amenazaba y entonces envió tropas a atacar la retaguardia de Galeana. Este inesperado asalto produjo el resultado que Avilés había previsto, desconcertados, los independientes empezaron a flaquear y luego se desbandaron en todas direcciones. Galeana, que peleaba en la vanguardia, volvió la brida para detener la fuga de los suyos. Voló al otro lado del río y en vano se esforzó por detener a los dispersos.
“Mirando perdida por completo la acción y que toda la caballería se movía en su seguimiento, Galeana procuró ponerse a salvo pero dio con la cabeza dos fuertes golpes contra los árboles, que lo derribaron del caballo. Rodeáronle los soldados de Avilés sin que ninguno de ellos se atreviese herirle, hasta que un soldado del Escuadrón del Sur, llamado Joaquín León, le disparó atravesándole el pecho.
“Herido de muerte y cubierto de sangre, Galeana hacía desesperados esfuerzos por blandir la espada que tantas veces brilló vencedora. Entonces el mismo soldado bajó del caballo y le cortó la cabeza. Puesta en una pica fue llevada a Coyuca, a guisa de trofeo, y colocada en una ceiba en el centro del pueblo. Acercáronse algunos coyuqueños para insultar al resto sangriento. Avilés, indignado por tan cobarde acción, los reprendió diciendo: ‘Esta cabeza es la de un hombre honrado y valiente’, para ordenar enseguida su sepultura en la puerta de la iglesia. Pocos después, los soldados enterraron en un bosque cercano el cuerpo de su querido Tata Gildo”.
Pero esta es otra historia.
La Nao y la Feria
La economía de Acapulco, la del virreinato y la del propio monarca español sufrirá un duro golpe al suspenderse, con motivo del sitio de Morelos, el comercio de dos siglos y medio entre el puerto y Manila, Filipinas. El galeón Magallanes arriba en diciembre de 1811 pero ya no podrá entrar a la bahía, siguiendo su ruta hasta el puerto de San Blas. Un destino al que tardará en llegar dos meses a causa del mal tiempo.
Aunque Fernando VII decreta en 1814 la suspensión del tráfico del Galeón de Manila, todavía en 1820 llegará a este puerto una nave para comerciar mercaderías orientales. Pero ya sin la “feria más famosa del mundo” (Humboldt dixit), Acapulco estará desierto. Entonces las “chinerías” son llevadas al mercado de El Parián de la ciudad de México, donde se agotan rápidamente.
Para custodiar los jugosos caudales obtenidos con tal venta, con destino a Manila, por supuesto, se pide la protección del coronel Agustín de Iturbide, recién nombrado Comandante del Sur. Todo marchará bien hasta llegar a Chilpancingo. Allí, el propio coronel Iturbide despoja a los filipinos de su tesoro, equivalente a unos 500 mil pesos. “No es un robo –advierte–, es un préstamo para la causa de la independencia de México”. Tan convincente se muestra el moreliano que los asiáticos vendrán dos años más tarde por su dinero. Llegan al puerto a bordo del bergantín El Feliz, pero la comitiva no será atendida por el emperador. ¡Y háganle como quieran, pinches chales!, dictará una lección festejada y bien aprendida por los mexicanos.
José Joaquín de Herrera
Quien será tres veces presidente de México y quien al dejar el tercer encargo tenga que empeñar una cadena para llevar comida a su casa, el teniente coronel José Joaquín de Herrera gobernó Acapulco como comandante civil y militar de la región. Para aquel entonces, 1817, el veracruzano era capitán del regimiento de la Corona y había peleado contra Morelos en El Veladero. Luego se vuelve gente decente incorporándose al Plan de Iguala. Saldrá de malas con Iturbide nomás por llamarlo “emperador de pacotilla”. Entre las pequeñas genialidades de don Joaquín figuran el diseño de una nueva silla de montar para la caballería militar y el añadido de dos ramas, encino y laurel, sobre el lienzo tricolor. También saldrá mal con Santa Anna a quien no le bajará de “quinceuñas”, porque, en efecto, eran las que tenía.
Con los 15 millones de pesos pagados por los Estados Unidos por el despojo de más de la mitad del territorio nacional, el mandatario pagó religiosamente las enormes deudas de la nación. Tenía la austeridad de la honradez como marca de fierro. Su esposa, doña María Dolores Alzugaray, le llevaba diariamente la comida en una portaviandas hasta el Palacio Nacional. Sus ministros, en tanto, comían en los restaurantes franceses cercanos. El día de su renuncia a la tercera presidencia del país deberá empeñar una medallita de oro, obsequio de su esposa, para llevar el gasto a la casa. El estaba cierto de que colegas suyos de un siglo más tarde lo tildarían de “viejo pendejo”.
Las ferias de antes
Eje de todas las actividades económicas y comerciales de la región, Acapulco se quedará sin Nao ni Feria, esto es, “sin cosa alguna”, según el ordenamiento de La Magnífica. Igual cosa le sucederá cíclicamente a través de los siglos. “Ferias, las de antes”, sostenía un rabioso reproche cuando el evento decline. Era tanta la gente que venía al puerto se mataban más de 250 reses y 167 cerdos. Se consumían 57 cargas de frijol; 172 botijas de manteca; 756 arrobas de arroz y 732 cargas de harina. Tres mil 792 fanegas de maíz (fanega=55.5 litros); 346 cargas de azúcar; 460 cargas de panocha; 345 cargas de plátano; 820 arrobas de queso y 144 cargas de ocote para alumbrar las noches tibias y calladas que aquellas, sí lo eran.




