Federico Vite
Protocolos
Animalia (Vanilla Planifolia y Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, 2015, 92 páginas), es un libro hecho a cuatro manos en el que Rafael Toriz se encargó de los artilugios literarios y Edgar Cano de reinterpretar los textos para generar el otro discurso de este documento: darle rostro a la mitología elegida por la acumulación de asombros.
La primera edición de Animalia fue en 2008, estuvo a cargo de la Universidad de Guanajuato. Ese volumen reunía 33 artefactos e igual número de ilustraciones. Ya en el segundo lanzamiento de este proyecto, el que ahora presentamos, los autores convinieron en aumentar el capital simbólico de la animalidad para incluir ocho piezas más al documento.
El lector de Animalia, al ejercer su trabajo como decodificador de artefactos, conocerá la singularidad de un zoológico elegido por la fascinación de lo animado en el orbe, el anima mundi en el paisaje interior de Toriz y Cano. El narrador se decanta por la brevedad y apuesta, casi enarbolando una bandera adánica, por dotar de pasado y presente esta colección de maquetas, una representación de la bestialidad hermanada con la poesía.
Aquí, como en las apuestas literarias de verdad, se trabaja la imaginación. El escritor, e ilustrador, ponen frente al lector la aspereza y la tranquilidad quebradiza de estas bestias. Trabajan con la mirada puesta en los artefactos, insisto, dialogan con sus autores de cabecera, los que edificaron sin saberlo la arquitectura de este libro, y divulgan en un tono renovado el pálpito de otras pieles, la rugosidad en ellas, las metamorfosis como argumento vital. Por ejemplo, La hiena: “La hiena es un animal inmundo e infame; carroñero como el marabú, se diferencia de aquél por su risa destemplada ante la desgracia ajena […] Cualquiera tiene la posibilidad de observar que una hiena que en el año presente es macho, al siguiente estará convertida en hembra; en cambio, si ahora es hembra, pasará a ser macho. Estos animales adoptan uno u otro sexo, cambiándolo cada año, y pueden ser esposo y esposa; de esta forma, no se comportan con actitudes arrogantes […]”.
En Animalia, la mirada, esa herramienta indispensable para consumar proyectos relacionados con la expresividad estética, no es requerida únicamente para bordear el paisaje desde la fauna, sino para entender cuál es la pulsión vital que anima las bestias. Toriz propicia en estos artefactos la aventura de la imaginación. Aunque vemos en el libro el tonelaje sentimental y el fenotipo de las especies, el trabajo de los textos va más allá, logra con engranes diminutos la insinuación del movimiento mediante el jazzeo de la reflexión, como es el caso de Cratilo: “En mi opinión, que no tiene mayor fundamento que la belleza del relámpago, el Cratilo era un dinosaurio retórico y esa capacidad natural cifraría su desgracia y posterior desaparición. El Cratilo, como el lenguaje, era un ser destinado a mudar la piel en cualquier clima y en cualquier época del año; un saurio enorme y poderosísimo pero a la vez frágil y evanescente como los juncos o la niebla. Se sabe que hablaba la lengua de los hombres, los árboles y los pájaros y que nunca pudo responder si los nombres de las cosas respondían a su forma, es decir, si imitaban a la cosa, o si por el contrario eran una convención arbitraria y por lo tanto moral y falible […]”.
Son 40 y un acercamientos al vaho, el tacto y el gruñido de lo salvaje. Toriz recurre, en su mayoría, al narrador en tercera persona; aunque algunos de los animales, entendidos como pasiones, dan cuenta desde su ronco pecho el delirio de su existencia. Toriz apuesta por el adjetivo poético, por el símil, por el tautagrama, por la comparación, por la analepsis y el humor para ensamblar las maquetas de este universo. Recurre a la brevedad para cincelar una estampa, aunque no fabula desde la inercia mecánica de un biólogo, sino desde el ensimismamiento del narrador que oye, gracias al eco de sus dudas, el movimiento que genera la fisonomía de lo bestial.
En Animalia, la ficción y el diálogo con otros autores de bestiarios propicia la comprensión de una realidad biológica, pero la esencia es el entramado mito-poético. El autor le canta al animal desde un andamio, está cerca de tocarlo, pero no consuma el hecho. Toriz crea los artefactos para saber en qué y cómo invierten el silencio ontológico los animales. Porque esa es la propuesta, el motor del libro, conocer más allá de las armaduras de piel y los fluidos de la sangre; indagar, por ejemplo, el ansia con la que el Dongui, el Alacrán, la Metáfora o el Marabú inciden en la realidad de quien lee, el mismo que habita la curiosidad por la existencia del otro que repta, vuela o nada. Nada.
Me resulta asombroso que por mas referencias que utilicemos para crear un libro, por más recursos o herramientas que usemos, siempre, al final de cada libro, lo que descubre el autor es su propio rostro sobre las páginas. Y bajo esa premisa, el clamor de las influencias, descubrimos que Animalia es la eternidad del instante en el que se encuentran Rafael Toriz y Edgar Cano ahora. Aquí comienza el otro ciclo, se abre la búsqueda del lector ideal. Alguien, sin duda, que disfrutará el asombro con el que Toriz y Cano hicieron esta selva, este wild, wild, wild west personal.




