Día de Muertos en Ameyaltepec; festejo de una convivencia entre vivos y difuntos
Anarsis Pacheco Pólito
Chilpancingo
Como si cobraran vida los trazos del pintor indígena Nicolás de Jesús, Ameyaltepec se vistió de gala para recibir con cempazúchitl, atole, pan, incienso y distintos platillos, a sus fieles difuntos.
Esta comunidad nahua del municipio Eduardo Neri, ha cobrado fama por el trabajo de sus artistas en papel amate y que, como es el caso de artista Nicolás de Jesús, encuentra en esta festividad el sustento de su obra plástica.
Desde las primeras horas del 31 de octubre mil 500 personas que habitan la comunidad integrada únicamente por indígenas nahuas, comienza un ritual realizado anualmente y al que destinan sus ahorros de meses.
Las familias de la comunidad respetan con rigor cada uno de los pasos para la instalación de la ofrenda que pretende deleitar a las almas que visitan una vez al año a sus familiares.
A pesar de ser una de las zonas áridas del municipio de Eduardo Ner, con serios problemas de escasez de agua, y promesas incumplidas de los gobiernos, los habitantes buscan la manera de contar con los productos necesarios para adornar sus altares, productos básicos que no tienen a la mano, como frutas e ingredientes principales para la elaboración de la comida.
La ciudad de Iguala que se encuentra a una hora de Ameyaltepec, es el principal punto de abastecimiento para todos los insumos de la jornada del Día de Muertos. Ahí compran la fruta que en años anteriores se lograba cultivar en el pueblo como la sandía.
Debido a las pobres condiciones de vida que prevalecen en la comunidad, la mayoría de los productos que se utilizan para recordar a los muertos tienen que ser comprados fuera del poblado.
Los principales componentes de la ofrenda, son la flor aterciopelada, flor de cempazúchil, copal, pan, velas, veladoras, manzanas, mandarinas, ciruelas, plátanos y melones.
Las artesanas y madres de familia son las encargadas de la elaboración del primer platillo que se coloca en la ofrenda, el atole, que se hacecon masa de piloncillo y canela.
Las familias llegan a destinar más de 500 pesos en la compra del pan, que se colocará junto con el atole que durará 12 horas para las almas que lleguen con sed.
Es tanto el esfuerzo y el gusto por celebrar con los que se han ido, que las familias llegan a gastar un monto entre los mil 700 y 2 mil 500 pesos, porque ésta es la segunda fiesta más importante del pueblo después de la del 7 de diciembre que celebra a la patrona del pueblo, la virgen de la Concepción.
A pesar de que es una ofrenda familiar, son las mujeres las que llevan la mayor carga de trabajo, pues son ellas las que preparan todos los alimentos, además de colocar las flores, las velas y los platos de atole en la mesa dedica a la ofrenda.
En cada casa las familias colocan sus ofrendas mientras platican con los muertos, y les cuentan sus problemas y sobre los acontecimientos más importantes del año, creando una atmósfera en la que más que recordar a sus muertos conviven con ellos.
Después de este espacio íntimo entre el recuerdo y el presente, la madre de familia dedica un rezo por sus seres queridos.
Alrededor de las 4 de la tarde, los olores del copal inundan las calles del pueblo incrustado en el cerro que parece vigilar las comunidades del Alto Balsas.
A esa misma hora las familias visitan las casas de los amigos, familiares y vecinos en donde algún miembro ha partido antes y a modo de saludo dejan flores, velas y atole.
Los mayores del pueblo indican a las generaciones nuevas sobre la necesidad de dejar las puertas abiertas para que las ánimas puedan pasar, enfatizando: “Nene quítate de enmedio, para que pase tu abuelo”, obligándolos a salir del camino de la entrada.
La noche trascurre entre visitas de familiares que pasan a ver las ofrendas y dejar su regalo, además de velar hasta la una de la mañana los altares que son adornados con fotografías de santos, vírgenes y crucifijos sin ninguna foto del muerto, pues la mayoría refiere que no cuentan con fotografías de los abuelos porque anteriormente era más difícil tomarse fotografías y por ello colocan imágenes religiosas.
Contrario a lo que sucede en buena parte del estado y a pesar a estar a una hora de la capital, en las calles tranquillas del poblado no hay muestra de las tradiciones culturales importadas como el Halloween.
La característica principal del festejo es que en cada casa cada día se van cambiando los alimentos que decoran e integran la ofrenda, pues en el segundo día de haber colocado el altar, se cocina desde temprano caldo de gallina de rancho, “porque a los muertos les gusta más que la gallina de granja”.
Para acompañar el oloroso y perfumado caldo de gallina cocinado con leña, las mujeres se encargan de hacer tamales nejos que se preparan con masa de nixtamal y frijoles recocidos envueltos en hoja fresca de maíz.
A pesar de que se trata de una celebración llena de alegría por los recuerdos que rememoran las familias sobre sus muertos, son pocas las casas que ponen música para recibir a las ánimas.
En la mañana del segundo día se coloca el plato de caldo de gallina, que después de tres horas es acompañado por los tamales nejos de hoja de maíz sin retirar la fruta de la mesa de ofrenda y durante todo el día no se apaga el incienso.
También se repite la acción de platicar con los muertos, y hacer una oración, además de avisarles que se le retira el atole para que coman el caldo de gallina.
Como parte de la tradición van de nueva cuenta a las casas de los vecinos, amigos y familiares a recoger la ofrenda de atole y dejar en su lugar el caldo de gallina.
Por ser una festividad tan importante, regresan muchos de los migrantes del pueblo desde los lugares adonde llegaron a vender sus artesanías. Este año regresaron de lugares como Puerto Peñasco, Mazatlán, Cancún, Puerto Vallarta y Acapulco.
Regresar en esta fecha tan importante para ellos, significa un esfuerzo que se ve recompensado con el festejo a sus muertos, no importa lo lejos que estén de su tierra pues esta fecha está tan arraigada en ellos como la pintura a su artesanía.
La rutina del segundo día es similar a la del primero pues las familias conviven en los corredores o en las salas para recibir a los muertos, hasta la una de la madrugada. Para entonces las ofrendas se enriquecen con cosas que eran del gusto muy particular de los fallecidos como los cigarros, el mezcal y, aunque es poco común, algún refresco de cola.
Hoy será el último día de celebración en el que desde temprano se hace chocolate a la manera tradicional, moliendo en el metate el cacao con canela, para posteriormente cocer en leña la bebida y colocarla en la ofrenda permaneciendo hasta las 5 de la tarde.
En este último día cuando baja la intensidad del calor del medio día, las familias empiezan a salir de sus casas con la ofrenda compuesta por tazas de chocolate y pan, para llevarlas al camposanto que se encuentra justo en medio del poblado dentro del jardín de la iglesia de la patrona de la Concepción.
El panteón no cuenta con lápidas que puedan ayudar a ubicar a los muertos, sólo algunas cruces poco ostentosas que contrastan con la iglesia hecha de piedra, que parece emerger como una presencia omnipotente.
Los mayores son cuidadosos en enseñar las tradiciones y la costumbre de festejar a los muertos, con lo que esperan lograr que la tradición no se pierda y continúe incluso cuando ellos regresen para ser festejados.
“El muerto no muere mientras haya alguien que lo recuerde, como lo hacemos en esta fecha”, puntualizó Eusebio Díaz, rezandero y artista de la comunidad.




