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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Arrebatos carnales / 6

Conociendo a Sor Juana Inés de la Cruz

Toca a María Luisa Manrique de Lara Gonzaga y Luján, mejor conocida como la condesa de Paredes, contar la historia de Sor Juana Inés de la Cruz, que tan íntima y destacadamente la incluye. De hecho, se supone que se animó a escribir su testimonio “para dejar constancia, de cara a la historia, por lo pronto en el más hermético de los secretos” (ya que su escrito deberá ser abierto veinticinco años después de su muerte), de sus relaciones con La Décima Musa. El fondo oscuro de semejante amistad es la batalla que Sor Juana y sus escritos tuvieron que librar contra la Iglesia, representada por dos o más envidiosos, intolerantes y misóginos curas con rango y excesivo poder.
La condesa de Paredes llegó a Nueva España en 1680, con su esposo, Tomás Antonio de la Cerda y Aragón, que acababa de ser designado vigésimo octavo virrey por Carlos II. De inmediato la virreina muestra sus amplios conocimientos literarios y su noble y avanzada catadura: en Xochimilco leyó algunos versos que aparecían en un arco florido y, como “nunca imaginé encontrar en estas latitudes a un poeta de semejantes dimensiones literarias, un gigante de las letras, menos supuse que se trataría de una mujer, siendo que a nosotras… se nos tenía y se nos tiene prohibido pensar y hablar, para ya ni intentar el paso temerario de atrevernos a publicar nuestras ideas”, sintió curiosidad y quiso conocer a Sor Juana. Ésta vivía en el convento de San Jerónimo, donde había decidido vivir enclaustrada hasta que entregara “su último aliento al Señor”.
“Si bien me habían dibujado sus cualidades físicas, antes de referirme a las intelectuales –anuncia la virreina–, nunca supuse los alcances de su belleza”.

Una amistad de 38 poemas

Trasluciendo la emotiva lectura que hizo del retrato de Sor Juana, el autor de Arrebatos carnales, Francisco Martín Moreno, le atribuye a la virreina María Luisa la minuciosa descripción física de la monja, empezando con sus ojos negros como de obsidiana y “su mirada intensa, penetrante, viva, un contraste con la suavidad de sus versos y sus calculadas rimas”, terminando, sin terminar, con las suavidades de su piel, “su cuello espigado” y demás detalles visuales. Como si el lector necesitara más adrenalina, la condesa se adelanta “al lector mordaz y cáustico que estará pensando cómo conocí la forma de su cuello y la textura de su piel si invariablemente lo llevaba oculto y, además, nunca la pude haber acariciado”. La impresionan “su humilde indumentaria, su hablar pausado, apenas audible, su mirar caritativo e inofensivo… su dominio del idioma, su humildad o más bien falsa humildad, o su humildad tan honorable y auténtica que parecía falsa en este mundo de hipócritas”.
María Luisa tenía 31 años de edad y Sor Juana tres más. Se hicieron amigas, tanto que, con el tiempo, la monja dedicó a la condesa nada menos que 38 poemas.

Las mujeres en Nueva España

“Si la vida en la Nueva España a finales del siglo XVIII era particularmente difícil para cualquier humilde mortal, en razón del poder omnímodo de la Iglesia católica y del gobierno fusionados en una mancuerna siniestra en la que los arzobispos llegaban a ocupar simultáneamente el cargo de virrey y, por ende, ostentaban y ejercían al unísono la autoridad política y la espiritual en contra de los gobernados y de la propia grey, la situación de las mujeres que, según ellos, encarnan todos los males, no era, ni mucho menos, transitable ni cómoda ni segura”. Al poner en labios de la condesa de Paredes síntesis y críticas como la anterior, Martín Moreno plantea también las cualidades humanas, el conocimiento de las artes, el afán cultural y la grandeza de espíritu de la propia virreina narradora. Ella señalará a la Inquisición de intolerante, falsa y convenenciera, lista para juzgar a los acusados de cualquier falta de herejía, particularizando en “las blasfemias, la bigamia, la brujería y el curanderismo” como los “delitos” más buscados. Una herejía más era tener o haber leído libros que estuvieran prohibidos por la Iglesia.
A las mujeres, “los códigos de comportamiento establecidos por el Santo Oficio nos dejaban a salvo, siempre y cuando respetáramos nuestra posición como súbditas del hombre”. El propio confesor de Sor Juana, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, “definió la obediencia de las mujeres como ‘la renuncia de la propia voluntad para sujetarse a la de los prelados’”. Sor Juana presenció dos autos de fe, “las manifestaciones más grandiosas del poder del Santo Oficio”, con los que la Iglesia aterrorizaba y controlaba a la gente, y “la incineración de la varios escritores reacios a aceptar el dogma católico”.
Según la Paredes, Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana sabía poco o nada de su padre, “un tal Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca, tal vez un caballero vizcaíno”, aunque “ni siquiera estaba segura de la ortografía de su apellido: Asbaje, Ascaje o Azuaje…” Ella, que descubrió el gusto y los beneficios de la lectura a los tres años, decidió que su vida no sería como la de su madre, “procreando tres hijos con un hombre y otros tres con otro”. Como las puertas de la universidad estaban cerradas para las mujeres y tampoco podía conseguir un empleo digno, Juana optó por el convento. Ahí podría seguir leyendo… y escribiendo. Tenía 19 años cuando entró al monasterio de las Carmelitas Descalzas, bajo el amparo del jesuita Antonio Núñez de Miranda.

La libertad por la ventana

Como “ahí sólo… permitían leer libros de devoción”, Sor Juana salió del convento de las Carmelitas. Al entrar, en 1699, al convento de San Jerónimo, Juana sabía que de ahí ya no podía salir. Permanecería enclaustrada 28 años, desde 1667 hasta su muerte, ocurrida en 1695. En dicho convento la encontró María Luisa y ahí iba a visitarla y, si no, se carteaba con ella a través de un lacayo. “He aquí la evidencia”:

El paje os dirá, discreto,
cómo, luego que leí,
vuestro secreto rompí
por no romper el secreto.
Y aunque hice más, os prometo:
los fragmentos, sin desdén,
del papel, tragué también;
que secretos que venero,
aun en pedazos no quiero,
que fuera del pecho estén.

La amistad entre Sor Juana y la condesa es redimensionada por la coincidencia de pareceres culturales, la oprobiosa situación de las mujeres en el régimen colonial y la belleza. Cuando, en cuaresma, María Luisa no pudo visitar a Sor Juana, ésta le envió un romance que “la definía en cuerpo y alma”:

… pobre de mí,
que ha tanto que no te veo,
que tengo de tu carencia,
cuaresmados los deseos,
la voluntad traspasada,
ayuno el entendimiento,
mano sobre mano el gusto,
y los ojos sin objeto.

De veras, mi dulce amor;
cierto que no lo encarezco:
que sin ti, hasta mis discursos
parece que son ajenos.

Sor Juana dedicó unos seis romances al hijo que María Luisa tuvo en 1683. Siguió dedicándole poemas a la virreina, a la que suele llamar Lysi, la divina Lysi, “seguramente derivado de Lysis, el tratado de Platón sobre la amistad”. Por ejemplo aquello de no quiero, Señora, / que con piedad inhumana / me despojéis de las joyas / con que se enriquece mi alma, / sino que me tengáis presa; / que yo, de mi bella gracia, / por vos arrojaré mi / libertad por la ventana. Cuando la dejó de visitar, la monja enclaustrada le mandó decir: ¿Que no he de ver tu semblante, / que no he de escuchar tus ecos, / que no he de gozar tus brazos / ni me ha de animar tu aliento?… “¿Nos queríamos, nos necesitábamos, nos admirábamos?”, pregunta la condesa, llena de Juana, llena de sí.

Curas cazamujeres

Ya entonces los versos de Sor Juana eran cuestionados por el arzobispo Francisco Aguiar y Seixas, quien tenía años dedicándose a “cazar mujeres” y de quien la monja recibía iracundos ataques. Sor Juana había ganado dos certámenes poéticos ocultándose bajo seudónimos masculinos. En el segundo se puso Juan Sáenz del Cauri, anagrama de Juana Inés de la Cruz, lo que irritó al intolerante sacerdote. “El prelado percibía burlas y sarcasmo en su obra poética, de cierto herética y saturada de dobles sentidos, que invariablemente le concedían a la jerónima una salida exhibiendo al doloso intérprete como un ser pervertido capaz de las peores blasfemias y pecados”. El cura esgrimía víboras de la boca y, con inteligencia e ingenio, Sor Juana, con sus respuestas, se las hacía tragar. Además, la religiosa era amiga y protegida de la virreina. De hecho, sólo el poder político contenía las ganas del rabioso arzobispo (y del confesor Núñez de Miranda) por mandar a la monja “rebelde” a la hoguera inquisitorial, con todo y sus escritos.

Que las almas ignoran distancias y sexo

En 1686 la Corona Española notifica a Tomás de la Cerda que su misión virreinal ha terminado e, impactada, puesto que tiene que regresar a España, la condesa va a contárselo a su amiga. En un abrazo que se dan, María Luisa jura que le escribirá desde la Península “constatando mi orfandad espiritual… y sintiendo el contacto indescriptible de sus senos apretados firmemente contra los míos. Había abrazado –dice– a muchas mujeres sin que la mente me traicionara con esa exquisita percepción”. Media página de delicados escarceos desembocan en los labios de Sor Juana apretándose con los de la condesa. Abrióse “una gigantesca compuerta de afectos retenidos”, y en la “caudalosa catarata” sus cuerpos se unieron y, como constata la condesa, se convirtieron “en una sola persona”. Para partir de casi nada, es valiente y audaz Martín Moreno al imaginar “su pubis, adherido al mío”, “los pezones rosados, jamás besados ni vistos por hombre alguno”, hasta que Juanita “giró, se retorció, se convulsionó en silencio…, gimió como una fiera herida antes de caer desfalleciente dando sus espaldas contra el tapete que amortiguó el golpe… Un homenaje a nuestra relación. Una obra maestra entre enamorados”.
Separadas, se recadeaban. Sor Juana cubrió a María Luisa de versos, que eran quejas (Ay, mi bien, ay prenda mía, / dulce fin de mis deseos! / ¿Por qué me llevas el alma, / dejándome el sentimiento?), elogios (Ángel eres en belleza, / Ángel en sabiduría… Reina de las flores eres, / pues el verano mendiga / los claveles de tus labios, / las rosas en tus mejillas), juegos conceptistas (Tu eres Reina, y yo tu hechura; / tu deidad, yo quien te adora; / tú eres dueño, yo tu esclava; / tú eres mi luz, yo tu sombra) y uno que otro suspiro esclavizante (¡Oh cuan loca llegué a verme / en tus dichosos amores, / que, aun fingidos, tus favores / pudieron enloquecerme!). Bien visto, los arrebatos sensuales que el autor atribuye a esta pareja se apoyan sólo en versos de la monja jerónima (que los lectores podemos encontrar en las Obras completas de Sor Juana editadas por Porrúa en la colección Sepan Cuántos). La condesa de Paredes de Martín Moreno asegura, por ejemplo, que en el siguiente cuarteto de Sor Juana, ésta contempla poéticamente las limitaciones de “nuestro amor”:

Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarte impedimento;
pues sabes tú, que las almas
distancias ignoran y sexo.

La próxima semana, en estas páginas la condesa de Paredes volverá a España y los siniestros Aguiar y Seixas y Núñez de Miranda, al que unirá el obispo de Puebla, harán todo tipo de trucos para intentar sentar a la talentosa monja jerónima en el banquillo de la Santa Inquisición. Aquí nos leemos.

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