Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Alcaldes de Acapulco (XVI)

El Plan de Ayutla

Acapulco será un primer escenario donde descuelle el talento, la habilidad y la perspicacia de don Ignacio Comonfort. El famoso Carolino, por ser egresado del colegio poblano así conocido, se convertirá aquí en el alma del Plan de Ayutla desconociendo la dictadura de Antonio López de Santa Anna. El coronel da forma aquí al texto redactado en La Providencia, a la sombra de don Juan Álvarez.

Comonfort, cesado

Enterado, Santa Anna ordena el cese de Comonfort como administrador de la Aduana Marítima de Acapulco. Lo acusa de malversación de fondos de la nación, ordena su detención y le manda decir “que se cuide”. El Carolino, por su parte, convertido en líder de la Revolución del Sur responde: “El es quien debe cuidarse, pinche Quinciuñas (uno de los muchos apodos de Santa Anna, por faltarles las cinco de un pie).

Dolor por Guerrero

El 4 de enero de 1843 llega a la hacienda de La Providencia un cofre conteniendo cenizas del general Vicente Guerrero. El general Juan Álvarez las recibe acompañado por soldados y trabajadores de su hacienda. Aquel contenido funerario será reverenciado por todos y cuando don Juan intente un panegírico de su amado jefe, no podrá hacerlo acometido por agitados sollozos. Y cómo no, carajo, pensarán los presentes, si tenía al tixtleco como a un auténtico dios.

“¡No vaya, jefecito!

A pesar de haber pasado tantos años de aquel drama, Álvarez se culpaba de no haber podido hacer nada para salvar a Guerrero, si bien le había advertido sobre los peligros acechándolo. Columbrando que se trataba de una celada, le había aconsejado no aceptar la invitación de Picaluga. Llegará incluso a rogárselo –¡no vaya, jefecito, por lo que más quiera, no vaya!–, pero el ex presidente le contestará: “No vea moros con tranchete en todas partes, mi querido general, todavía hay gente buena en este mundo.”
Desde aquel momento Álvarez mantendrá desde el fuerte de San Diego una vigilancia permanente sobre el Colombo, surto a la mitad de la bahía. Cuando ha escuchado un exceso de salvas saludando el abordaje de Guerrero, piensa que más que honores son avisos para sus cómplices. No se equivocaba. Al tercer cañonazo un jinete partirá con rumbo a Chilpancingo. Lleva un mensaje para don Nicolás Bravo: “el pájaro va en su jaula rumbo a Huatulco”.
La desazón se apodera de Álvarez cuando se percata del movimiento del bergantín ¡y sin haberlo abandonado don Vicente! Advierte, además, que ha levado anclas con rumbo al N.O. y no al S.E., como debiera. Le aterra pensar que se esté cumpliendo su premonición, significando ello una muerte segura para su jefe. Y lo desespera no poder hacer nada para salvarlo.

Ni tu ni yo

Con un adeudo enorme por concepto de derechos aduanales, que le hacen peligrar la tenencia de su bergantín, Picaluga gestiona en la ciudad de México una rebajita de impuestos. Al ministro de Guerra, José Antonio Facio, con ojos y oídos en todo México, le viene de perlas la tremenda “juaneación” del genovés. El hombre indicado para su plan siniestro. Lo llama para ofrecerle sus buenos oficios. Tu adeudo y diez mil pesos en efectivo, le ofrece. Se trata de algo tan sencillo como llevar a un prisionero de Acapulco a Huatulco, le propone.
A Picaluga se le iluminan el rostro pues nunca ha ganado tanto dinero y tan fácilmente. Sin embargo, cuando escucha los detalles del plan se pone de pie y habla fuerte: “¡Señor, usted ofende mi delicadeza y mi moralidad! ¡Por si usted no lo sabe, el general Guerrero es un querido amigo! ¡No permita Dios que yo haga tal cosa! El ministro de Guerra conoce bien a esta clase de bribones, tan parecidos a sí mismo. Si es por razones de ética –le dice con sorna–, ¡ni tu ni yo: ¡sesenta mil! La respuesta no esperará mucho y será escueta: ¡Va! Tus tres mil onzas las recibirás en Acapulco de manos del general Gabriel Durán, ofrece el militar.

Las Mamitas

El ex presidente Guerrero se hospeda en un hostal localizado a un lado de la plaza principal del puerto (luego casa de Las Mamitas González en la plazoleta Sor Juana, hoy intacta). Se levanta temprano y solo toma café y fruta. Tiene que verse en el muelle con otros invitados por el capitán Picaluga a “tomar la sopa”, a bordo del Colombo. Son aquellos el general Miguel de la Cruz, administrador de la Aduana y su ayudante el chino Atié; el diputado Manuel Primo Tapia (enviado del gobierno para proponer a Guerrero un exilio dorado en la ciudad del mundo por él escogida), el coronel Ignacio Pita, don Manuel Zavala (quien le trae al militar documentos secretos enviados por el gobernador de Jalisco). Varios mozos y remeros. Picaluga los llevará en una de tres lanchas.

La traición

Terminada la comida, a eso de las 4 de la tarde, empiezan las despedidas. Picaluga le pide a Guerrero que no se preocupe porque el barco no se detenga para desembarcarlos. Es que para enfilar hacia la Bocana, le explica, es necesario dar más bordejeadas. “Donde manda capitán no gobierna marinero”, bromea don Vicente.
Será en aquel momento cuando aparezcan sobre cubierta hombres armados con espadas y cuchillos. Al grito de ¡todos al piso! someten violentamente a los invitados. Al frente del grupo se identifica a un subteniente del grupo denominado “cívicos de Acapulco”. Ante Guerrero, Picaluga se llama tan sorprendido como él. Le ofrece ponerlo a salvo en un camarote mientras pasa el motín. Lo que hace es entregarlo a un sujeto de apellido Rico, quien lo derriba de un golpe en el rostro para mantenerlo caído mientras la nave abandona la bahía. Luego lo engrillan al igual que a los demás invitados “ a la sopa”.

La muerte

El Colombo llega a Huatulco el 20 de enero de 1831, donde Picaluga entrega su trofeo al capitán Miguel González. Guerrero es sometido a un amañado juicio sumarísimo que lo degrada y condena a muerte. Sentencia que se cumplirá en Santiago Cuilapan, Oaxaca.
El cuerpo es entregado para su inhumación al cura párroco Secundino Fundido. Este anota en el libro parroquial: “Habiéndoseme pedido local competente para encapillar al ex general Vicente Guerrero y asimismo le diera sepultura, hice que se hiciera un funeral con misa de cuerpo presente, todo esto en la iglesia de esta cabecera de Santiago Cuilapa, a mi cargo, el catorce de febrero de 1831” (Rúbrica).

Pobre Acapulco

Han pasado los años pero no tantos. Dos de los líderes de la revolución del Sur, Nicolás Bravo y Juan Álvarez, ambos con grandes intereses económicos en la región, ven preocupados la degradación de Acapulco por efectos de una violencia interminable. Todo ello en beneficio de puertos como San Blas-Tepic y Mazatlán, acaparando ambos el 98 por ciento del movimiento comercial hacia la Alta California y sus recién descubiertos placeres de oro. El restante dos por ciento se lo disputan ente Manzanillo, Guaymas, Acapulco y La Paz, en ese orden.
Bravo pide a Álvarez que juntos hagan algo por estimular la economía de Acapulco y entre otras cosas terminar con los focos de violencia. Le confía que conoce un proyecto del gobierno central para dejar a Acapulco como el único puerto del Pacífico abierto al extranjero. Es decir, como antes con el Galeón de Manila.
Pensamientos ingenuos e ilusorios expresados precisamente cuando Santa Anna viene con todo sobre Acapulco.
¡Pobre Acapulco!

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