Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Morris Silverman

La bomba atómica

Cuando su doctor le recomienda una temporada en el mar, con mucho sol y aire limpio, el neoyorquino Arthur Morris Silverman Raatner, con estudios de ciencias naturales, antropología y biología marina en la Universidad de California en Berkeley, ya ha escuchado hablar de Acapulco. Entonces, aquél joven treintañero no lo pensará dos veces para hacer maletas rumbo al sur mexicano. Corre el año de 1946.
La Segunda Guerra Mundial ha tenido un año atrás su inesperado y demencial epílogo con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. El viaje de Silverman a Acapulco estará relacionado de alguna manera con ese hecho.
Laborando en Los Alamos, Nuevo México, para el proyecto Manhattan, el secreto mejor guardado en la historia moderna, el neoyorquino padece como muchos de sus compañeros dolores de cabeza y otros malestares. Los médicos no se atreven a un diagnóstico preciso y sólo plantean sospechas de que se trate de los efectos de un contacto prolongado con materiales radiactivos. De ahí la recomendación de cambiar de aires pues por entonces se ignora casi todo sobre el particular.
Morris Silverman habría formado parte del equipo que armó las torres y soldó las bóvedas que contendrían el plutonio y demás componentes de Trinity, como se bautizó a la primera bomba atómica de prueba, estallada en Alamogordo el 16 de julio de 1945. De ahí que su viaje al puerto no lo hace sólo en busca de placeres, como lo haría cualquier otro joven de su edad, sino cargando aquella ominosa sospecha.
Pronto, sin embargo, apenas entre en contacto con la “gente buena y amable” de Acapulco dejará atrás todas aquellas prevenciones. Los perros persiguiendo como poseídos la camioneta pickup en la que viaja, los tumbos de la misma en las calles tapizadas con piedras redondas de río, marranos gruñendo mientras nadan en los charcos dejados por las lluvias y los sonidos, esos sí armoniosos, de las rockolas de las tabernas del centro, particularmente de La Marinita de Doroteo Lobato. Y cómo no, si dejan escuchar a Agustín Lara, a Luis Arcaraz, a Emilio Tuero y a Toña La Negra, entre otros.

La exploradora

La formación científica del Gringo, como empieza a ser conocido Silverman, le permitirá explicarse la existencia de las famosas pozas de “aguas blancas” del caudaloso río Grande, más tarde de La Fábrica y hoy confinado. La furiosa corriente se teñía de ese color por la desintegración a su paso de los depósitos de piedra caliza y mármol. El neoyorquino no resistirá imitar a los lugareños empeñados en la captura de camarón y langostino en el río del Camarón en cuyos alrededores se cazaba venado y jabalí.
Luego de un año de adentrarse a la naturaleza feraz de Acapulco, su fauna y su flora, Morris Silverman monta su pickup para emprender un azaroso viaje por la brecha que conduce a Zihuatanaejo. Aquí bucea en la playa Las Gatas y un buen día (así lo relata su hijo Arturo Morris Silverman García) se quita el visor dejándolo flotar en la superficie del agua. Luego, al recogerlo verá asombrado a través del vidrio el fondo marino. Era el principio de la lancha con fondo de cristal, su creación indiscutible, la que construye con madera de la región y los cristales de su camioneta. La bautiza como La Exploradora.
Sucederá, sin embargo, que cuando pretenda botarla en la bahía de aquél puerto no podrá hacerlo porque su principal atractivo, esto es, el fondo de cristal, ha sucumbido ante un presumible sabotaje. El mismo lo rechaza aceptando el asunto como un simple accidente. Conseguir los nuevos cristales le llevará varios días y entonces sí se consuma la botadura de La Exploradora, impulsada por remos por desconocerse aquí los motores fuera de borda.
Operada por el propio Silverman, la primera lancha con fondo de cristal en el país inicia excursiones precursoras de lo que se conocerá más tarde como ecoturismo. Las ocho personas de cada viaje no solo disfrutaban del paisaje submarino de la rada; además recibían del biólogo una explicación profesional sobre la flora y la fauna del litoral. La cuota, apenas de recuperación.
El destino del científico neoyorquino cambiará radicalmente la ocasión en la que el capitán Carlos Carrillo Valenzuela, al mando de una nave anclada en la bahía, le contrate un viaje junto con su oficialidad. El marino sinaloense le hará ver que Zihuatanejo le queda muy chico a su creación y le ofrece apoyarlo para instalarse en Acapulco. Aun más, él mismo trasportará en su barco a La Exploradora.
(El Capi Carrillo Valenzuela formará una familia acapulqueña con Georgina Bermúdez Fernández, hoy asesora de esta Contraportada, y ocuparía por muchos años la Capitanía de Puerto de Acapulco).

La Mary Lou

Morris Silverman se instala con su Exploradora en Caleta y el éxito de su novísimo fondo de cristal será histórico. Ofrece tres excursiones al día y no son suficientes para cubrir la creciente demanda. El recorrido no excede las playas de Caleta y Caletilla y sólo en ocasiones especiales llega a La Roqueta. La cuota es de ocho pesos por persona.
Nuestro hombre acostumbrará jugar una broma a sus paisanos. Diseña una aleta dorsal de tiburón flotante manejada con una cuerda por su ayudante Enrique Jacinto. El terror de los pasajeros era mayúsculo cuando aquella aleta circulaba la embarcación y crecía hasta los gritos de angustia de las damas cuando Morris se lanzaba al agua y el escualo se le acercaba listo para echarse un bocado. Todo terminada en un carcajada general al descubrirse el engaño.
Cuando el siglo XX llega a su primera mitad, La Exploradora de remos pasa a la historia relevada por la Mary Lou, ésta ya con motor fuera de borda y capacidad para 14 personas. Las salidas serán las mismas tres –10, 12 y 14 horas–, con cuota similar. Vendrá dos años más tarde la Mary Lou I, un poco más grande, en la que el propio Silverman atenderá a personalidades de todos los ámbitos, nacionales y extrajeras, particularmente a invitados del presidente del Consejo Nacional de Turismo, Miguel Alemán Valdés, chaperonados aquí por el siempre jovial Ricardo Olvera
Por aquellos años, Arthur Morris verá llegada la ocasión para consumar un proyecto acariciado desde su arribo al puerto, la creación de un acuario y un zoológico con especies de la fauna local. Los vislumbra en la residencia del islote entre Caleta y Caletilla, construida contra cualquier consideración ética y legal por el general Maximino Avila Camacho, hermano del presidente de la República. El inmueble permanece abandonado desde su expropiación por decreto del presidente Alemán Valdés.

Zoo y acuario

Aprovechará su relación con el presidente de la Junta Federal de Mejoras Materiales, Santiago Mc Gregor, a quien da clases de inglés con sus principales funcionarios, para solicitarle el uso temporal de aquel inmueble. La respuesta tardará en llegar pero llegará en sentido positivo. Entonces Morris trabajará a marchas forzadas para hacer realidad ese nuevo sueño acapulqueño.
Construye varias jaulas dispuestas a lo largo de los pasillos del inmueble. Contenían tejones, monos araña, iguanas, mapaches, tigrillos, ocelotes, ardillas, loros, urracas, gaviotas, pelícanos, flamingos y cormoranes. Las peceras contenían diversas especies multicolores, moluscos, corales, y crustáceos.
El éxito de esta nueva empresa del neoyorquino despertará las naturales envidias. Se exalta el siempre trasnochado nacionalismo contra “el pinche gringo que hace un negocio redondo con un bien de todos los mexicanos”. Los vecinos, por su parte, se quejan de los malos olores del zoológico y de los chillidos nocturnos de los animales. Para acabarla de amolar –recuerda Silverman García–, un día de 1954 un mono araña muerde la mano de un niño y se desata un escándalo mayúsculo. Morris tendrá que emigrar con sus peces y animales a otra parte.
La mano amiga y generosa de don Raúl Walton salvará a la población del desalojado acuario y zoológico de una muerte segura. Le ofrece a Silverman la ocupación de un terreno aledaño al hotel Casa Walton, en la costera Alemán, y ahí permanecerá un buen tiempo.
A la vuelta de poco más de un lustro vendrá una nueva Mary Lou. La diseña el propio Morris y la construye el carpintero Anselmo Vela, cuyo taller se ubica en terrenos que luego ocupará el cine Río. Tiene capacidad hasta para 22 personas y luce los colores de la bandera estadunidense. Estará a cargo, por supuesto, del leal amigo y colaborador Enrique Jacinto.
Cuando la oferta de paseos en lanchas con fondo de cristal supere a la demanda, el hilo se reventará por lo más delgado. Morris será objeto de una guerra sorda en la que no faltarán las amenazas veladas e incluso las provocaciones físicas a las que él nunca responderá. La situación se hará insostenible al plantearse su presencia como la de un “pinche gringo que viene a quitarle el bocado de la boca a los mexicanos”. Será para el neoyoquino el momento de poner tierra de por medio.

Detener ecocidios

No obstante formar una familia acapulqueña y tener hijos mexicanos, el botánico no siente lo duro sino lo tupido por ser extranjero. Sin embargo, no todas las puertas se le habrán de cerrar. Primero será Bono Batani quien le ofrezca hospitalidad por varios años en su muelle de la bahía y más tarde los hermanos Morlet Sutter.
A la hostilidad competitiva se sumará la indiferencia. Así, en 1957, cuando se consume la inmersión del bronce de la Reina de los Mares, en la Yerbabuena, Morris no sólo no será mencionado en su calidad de precursor de las embarcaciones con fondo de cristal, propias para admirar la venerada imagen. Vamos, ni siquiera figurará en la lista de invitados.
Un día Arthur Silverman decide el retiro de la bahía acapulqueña para instalarse en Pie de la Cuesta. Ahora al frente de una empresa denominada Acapulco Safari que ofrece al turismo viajes recreativos y didácticos. Él mismo es el guía del recorrido, con paradas en las islas del Presidio y la Montosa, describiendo con gran autoridad la fauna y flora de aquél entorno.
Entrevistado poco antes de morir por el cronista de Acapulco, Enrique Díaz Clavel, Morris Silverman recordará a pasajeros célebres tanto de La Exploradora como de las sustitutas Mary Lou. Johnny Tarzán Weismuller, Mario Moreno Cantinflas, Teddy Stauffer y su esposa la actriz Hedy Lamarr, James Roosevelt, hijo del ex presidente estadunidense, Lady Bird, esposa del ex presidente Lyndon B. Johnson de los Estados Unidos, la actriz Paulette Goddard, las familias Ruiz Cortines y Eisenhower y muchos más.
El gringo que llegó para quedarse hará en la misma entrevista un llamado angustioso para que detengan los ecocidios perpetrados contra el cerro de El Veladero, las lagunas de Tres Palos y Pie de la Cuesta y de la propia isla de La Roqueta. La suya será una voz en el desierto. Su voz se perderá en el desierto.

PD: Agradezco a Arturo Morris Silverman García, la información para esta entrega sobre su padre.

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