Efrén García Villalvazo
Javier Morlet: agonía de tiempo completo
Me dieron a leer una entrevista que hicieron a mi primo Javier Morlet la semana pasada. Impresionado por el mensaje, le pedí que me permitiera escribir un artículo acerca de él, de la próxima marcha con Javier Sicilia en el puerto y demás etcéteras. Siendo hombre modesto y sencillo, al principio se negó. Después lo pensó y quizá creyó que cualquier ayuda podía servir en su cruzada personal. La desgarradora cruzada en busca de su hija Adriana.
En la entrevista publicada en este periódico el 26 de agosto pasado mi primo hace una valiente denuncia de lo que todos sabemos, de lo que todos murmuramos, de lo que todos nos lamentamos. Habla de esa violencia y de esa alta vulnerabilidad que con aterradora equidad social vivimos a diario, que no hace distingo entre ricos y pobres, ni hombres de mujeres ni adultos de niños. Habla de la impunidad total y de la enojosa e indignante colusión de cuerpos policiacos, irónicamente armados y pertrechados para defender a la ciudadanía, pero convertidos en defensores de facto de la delincuencia que hoy por hoy es la autoridad en nuestras ciudades. ¡Qué valiente es Javier! ¡Cuánto se expone! ¿No teme por su vida?
No. Tuvo el valor de colocar su denuncia con todas sus letras porque hace tiempo que está casi muerto. Once meses van que su querida hija Adriana no aparece. Ni siquiera sabe si vive o no. En la mesa del café le comparamos con gran distancia por sobre su tocayo el Sicilia y reconocemos que su pena es mayor y más viva: el poeta tuvo a su hijo muerto en los brazos y vive su luto a plenitud. Mi primo vive la agonía de tiempo completo de no saber hasta ahora nada de ella. Ni siquiera puede llorarle, pues llorar sería como darse por vencido y eso para él es un rotundo jamás.
Difícil imaginar esas noches, de seguro llenas de recuerdos. Difícil imaginar esos días, en que la esperanza debe renacer con el primer rayo del sol y se va desgranando conforme pasan las horas. Vuelve la noche y la derrota de un día más y una esperanza menos se instala seguramente en sus fuertes hombros, que a la fecha han mostrado ser a prueba de todo.
Lo observo instalado en su lugar en el café, allá al otro lado de la mesa. Inteligente y analítico, junto con sus hermanos Ricardo y Alejandro conforman la autoridad en la opinión del grupo. Humor ácido, respuestas rápidas, temas de actualidad, toros, futbol y bromas pesadas son el festín de a diario en nuestro lugar de reunión. A ratos lo veo participando como siempre, atento y dispuesto. Luego su mirada escapa, se sumerge en el río de carros que pasa por la Costera y su espíritu nos abandona buscando quizá a su Adriana. Hoy trataba yo de penetrar en esos ojos apagados y esas ojeras que no le permiten mentir acerca de su estado de ánimo. ¿Qué pensará? ¿Estará recordándola? Quizá dando sus primeros berridos al respirar de recién nacida; puede que la vea viniendo hacia él cuando era bebita con pasos vacilantes y llamándole papá; quizá sea correteando para mostrarle un dibujo hecho con crayolas donde lo tomaba de la mano bajo un sol hecho con un círculo erizado de rayos vacilantes; casi creo que la imagina llegando de vacaciones de la universidad contándole qué materias había pasado y que ella y su novio habían peleado por nada.
Vuelve del ensueño y le cuesta trabajo enrolarse en el ritmo de la plática. Sí, sí estaba pensando en ella, pero ¿podría ser de otra manera? Que otra cosa podría importarle más que esto ahorita. Ha dejado atrás trabajo, vida, sueño, tranquilidad. Sólo le sostiene la tozuda y paternal decisión de alguna vez encontrarla.
Hombre de leyes y de confianza absoluta en su país y en las instituciones que lo conforman, ha dado la batalla siempre en el marco de la legalidad. Con su mente privilegiada ha llegado a donde nadie más habría podido hacerlo. Ha bajado a los círculos más profundos del infierno y se ha estrellado repetidas veces contra la muralla de negligencia, simulación, corrupción y vileza que constituyen el núcleo más esencial de la corporaciones policiacas y el sistema de justicia de nuestro país, siempre dispuesto a defender los intereses de quién sabe quién poderoso, pero que definitivamente está ausente para asistir al ciudadano común y corriente. Javier no es hombre de armas y de ataques rápidos, cobardes y devastadores como los que ahora nos atemorizan. Él es de creencias y convicciones más profundas, aquellas que le llevan a cuestionarse la existencia de Dios y de su país, que le llevan a cuestionarse públicamente del destino en las circunstancias actuales de toda una nación a fuerza de arriesgar el suyo propio.
La excelente foto que acompaña la nota de la entrevista resume un final no escrito. En ella aparece Javier en una mesa del café Astoria en una actitud franca de reto. Con la cabeza en alto, inclinada hacia un lado con gesto inquisitivo y con el mentón levantado como dando a entender que ha dicho lo que tenía que decir el hombre de la calle, el ciudadano, el padre de familia herido por la delincuencia sin freno, el que no tiene nada que perder. Cuestiona a la autoridad que ha hecho un mal trabajo en la sociedad y que tiene que exigir a la gente que hable bien de su ciudad para señalarle como traidor si se llega a quejar de lo que le parezca mal, así sea falta de agua, vialidades destrozadas, una policía inútil y corrupta o un ayuntamiento sin recursos para atender la demanda ciudadana. Los que en verdad amamos a Acapulco nunca hablamos mal de la ciudad: hablamos mal de los que la tienen como está. Cirugías plásticas, poses dignas, declaraciones optimistas, banderas de lucha absurdas y eventos con famosos no son suficientes para borrar de los medios nuestros cinco o diez muertos diarios ni siquiera de la prensa local. Discotequeros, restauranteros, escuelas particulares, empresarios diversos y taxistas hablando por sus bolsillos confirman esto al hacer el recuento de los desastrosos efectos en la vida económica del puerto. El toque de queda en nuestro añorado Acapulco nocturno no es convocado por la autoridad: es impuesto a fuerza de infundir miedo por los que han demostrado ser más efectivos que el proyecto de gobierno que alguna vez deseamos.
Cuando venga Javier Sicilia a Acapulco de seguro irá al lado de mi primo Javier Morlet en esta ya cada vez más frecuente tipo de marchas. Los une una pena común, al igual que la de miles de otros mexicanos que han sufrido de pérdidas y desapariciones de familiares y que no por ser un evento repetido decenas de miles de veces ha dejado de ser una afrenta dolorosa. Estoy seguro que la foto de entonces será dura y en ella la pregunta muda que lance Morlet estará a la espera de lo que respondan las autoridades. Ahí veremos si están a la altura de lo que él, Acapulco y México merecen.




